Un capitalismo desregulado

En el capitalismo no todo es negativo. / bancayfinanzas.com
En el capitalismo no todo es negativo. / bancayfinanzas.com

Es sencillo de entender que la democracia no suele ser del agrado de los poderosos, ni de las grandes corporaciones o empresas, pues confiar el poder a los ciudadanos supone arrebatarles a ellos buena parte de su “libertad”.

Un capitalismo desregulado

No estoy en contra del capital, sino contra el capitalismo sin regular. Del capitalismo como abuso del capital.

Se suele utilizar eufemísticamente en lugar del término capitalismo, el de “libre empresa” o “libre mercado” para evitar interpretaciones que recuerden crisis económicas, guerras, expolios, hambrunas, paro, o depredación de la naturaleza.

Por esta razón quizá no se conoce ningún partido conservador, defensor del capitalismo, que se denomine: “Partido Capitalista”, sino: Partido Liberal, Demócrata Cristiano, de Centro, Partido Popular, etcétera. Nos lo recuerda Nicolas Sartorius.

Intentar regular el capitalismo por los gobiernos, es, para sus defensores, “asustar a los inversores y hundir el País económicamente”.

El capitalismo no necesita de la democracia política, es compatible con dictaduras de derechas y de izquierdas.

Es sencillo de entender que la democracia no suele ser del agrado de los poderosos, ni de las grandes corporaciones o empresas, pues confiar el poder a los ciudadanos supone arrebatarles a ellos buena parte de su “libertad”.

Los logros de los grupos de presión capitalista están a la vista: han conseguido muchos cambios legislativos y desregulaciones a su favor, tanto en materia fiscal como laboral. 

Es conocido en el anterior crac del 2008, que se inyectasen miles de millones en el sistema bancario mundial para estabilizar los mercados financieros.

En esa y otras crisis el mismo capitalismo que critica la acción del Estado y desea su reducción al mínimo, no deja de acudir al mismo para ser rescatado a cuenta del erario público, cuando las condiciones que provoca tienen consecuencias económicas graves.

El resultado es la continua impunidad de sus actos y responsabilidades, acompañados siempre de pobreza y desgracias para muchos ciudadanos.

En España, aún resuenan las palabras del ministro del PP, Luis de Guindos: “El rescate del sistema bancario no costará ni un euro al contribuyente".

Acudió el Estado una vez más al rescate de los disparates de varias de nuestras entidades bancarias y Cajas de Ahorro de las que seguimos y seguiremos esperando recuperar aquel crédito cifrado en más de 60.000 millones de euros.

El presidente del Gobierno de entonces, Mariano Rajoy, en junio de 2012, y durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso aseguró que era "un crédito a la banca que va a pagar la propia banca".

Mientras existió, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y hasta la caída del Muro de Berlín la amenaza del comunismo como modelo alternativo que pretendía ofrecer cotas de igualdad y bienestar, el capitalismo compitió con él en este terreno, y esta necesidad trajo importantes conquistas sociales a Europa.

Se consiguió, por ejemplo, que la sanidad, la educación o las pensiones, fueran derechos y no mercancías en casi todo el continente.

No sucedía lo mismo en Norteamérica donde apenas se han dado avances sociales y políticas en una sanidad privada cada vez más costosa e ineficiente, de una educación universitaria que endeuda por vida a muchas familias, o de unas pensiones que dependen del plan suscrito con entidades financieras, caso de poder costearlas.

El tiempo del Bienestar Social para Europa pretenden que llegue a su fin.

Los nuevos nichos de oportunidad que busca con codicia el “libre mercado” exigen desde hace años hacerse cargo de la sanidad, y la educación públicas, lo que requiere previamente ser transformados en servicios privados.

Es la vieja técnica de destrucción de un sistema público: primero llegan los recortes, después el deterioro de los servicios, luego el enfado de los ciudadanos que exigen cambios y estos cambios son… los servicios privados.

El derecho a estos servicios públicos se trasmuta entonces en una mercancía a la que ponen precio las nuevas empresas privadas.

Es el ABC del neoliberalismo, del FMI, del BCE, o de la Trilateral.

Llevamos años escuchando machaconamente las bondades y la eficacia de lo privado sobre lo público, y, acompañan a esta estrategia una fuerte propaganda en todos los medios de comunicación posibles.

Súmense a ello los avisos apocalípticos en esos medios escritos, en debates, en discursos conservadores, en las televisiones y radios, repitiendo sin cesar: la inviabilidad o insostenibilidad del sistema sanitario, o de las pensiones, mientras en las grandes empresas y entidades financieras se produce una fuerte la elusión fiscal; la economía sumergida o los ingresos en los paraísos fiscales campan a sus anchas, y se detraen miles de millones al País y a sus necesidades básicas.  

Seguros privados médicos, colegios “subvencionados o concertados”, o pensiones “a la americana”, se están intentando imponer en la práctica, sobre todo, en los periodos de gobiernos conservadores del PP y ahora de su socio VOX.

Casi 12 millones de seguros médicos privados fueron adquiridos por los españoles en los últimos años, mientras se dejaba deteriorar y decaer la sanidad pública.   

En Madrid más el 40% de la población suscribió un seguro médico privado.

Pronto, de seguir esta tendencia generalizada, se empezarán a dar en esos servicios privados listas de espera, incrementos en cuotas, y restricciones sobre el seguro suscrito según la edad del asegurado.

Se dice, de forma esquemática, que en nombre de la justicia el comunismo sacrifica la libertad, y el capitalismo, en nombre de la libertad económica sacrifica la justicia.

La definición más simple del neoliberalismo es “que gobierne el mercado”.

Uno de los grandes logros de este neo liberalismo capitalista es haber impuesto la idea de que “no hay alternativa” al sistema que intenta imponer.

Una de las preguntas recurrentes que se hacen sus críticos es: si el capitalismo es tan superior a la social democracia o a cualquier otro sistema, ¿por qué cada vez hay mayores desigualdades sociales?

Según Noam Chomsky, las dos vías que conducen a soluciones divergentes al respecto son: “O se reducen las desigualdades y se mitiga el problema o se reduce la democracia”.

Lo cierto es, advierte este intelectual, que la Comisión Trilateral, compuesta por poderosos financieros de la principales entidades capitalistas industriales de Europa, Japón y Norteamérica, les preocupa que se esté desarrollando un “exceso de democracia” y proponen desde hace años controlar la prensa y procurar la apatía y pasividad de la población mundial, para así desarrollar un tipo de sociedad “apropiada”.

Afirma también sobre este asunto, en alguno de sus artículos, Nicolas Sartorius que “o se profundiza en políticas sociales a nivel europeo y nacional o avanzarán los nacionalismos y populismos disgregadores que amenazan la existencia de la UE y de la propia democracia”.

Pues bien, ya están aquí, y vienen acompañados de los Bolsonaros, Trumps, Erdogans, Le Pen, y en casa, los Ayusos, Feijoos o los Abascales o los independentistas radicales catalanes.

Llegan nuestros conservadores de la mano del capitalismo español, oponiéndose a cualquier cambio de paradigma, votando sistemáticamente en contra de cualquier avance social, económico, fiscal, o regulador del mercado. ¿Les suena ese estribillo?

Y, si para ello es preciso deslegitimar las instituciones fundamentales del País, manipular las mismas, montar broncas continuas, o provocar enfrentamientos sociales, lo hacen con absoluta irresponsabilidad y cinismo, y sin tener en cuenta sus consecuencias.   

Cada vez que un representante de nuestra derecha insulta, miente, o enfrenta al País, obtiene más popularidad y más votos.

Es la estrategia de la “rabia y del odio”, basada en falsedades, miedo y una potente propaganda mediática, que encuentra gran aceptación en parte de las clases medias y trabajadoras que han sufrido con intensidad las crisis pasadas y presente.

Contra este panorama, los analistas honestos nos indican que no hay un remedio general, y solo si la población se organiza y defiende sus derechos podría darle la vuelta a la situación y habría algo de esperanza en el futuro.

Me temo que los apoyos a esta movilización a través de las formaciones políticas progresistas o de activistas, por convencer o informar a estos colectivos ciudadanos a base de razones, datos, y hechos concretos, empiezan a resultar insuficientes pues se dan actitudes irracionales en muchos electores que se movilizan contra sus propios intereses apoyando a políticos y formaciones políticas cuyo objetivo es perjudicarles.

Escribir estas obviedades tan conocidas y experimentadas en el tiempo no suele servir de mucho, pues se lee poco, se entiende mal, se razona menos, y no emociona ni despierta esperanzas.

 Y todos sabemos que la esperanza es un buen desayuno paro una mala cena. @mundiario

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