Plato del día

En boca cerrada, señora Montero, no entran moscas

María Jesús Montero, ministra de Hacienda y vicepresidenta primera del Gobierno. / RR SS.
La señora Ministra de Hacienda, en plena carrera de fondo de obstáculos electorales andaluces, le ha hecho un guiño al voto femenino en el que tiro le ha salido por la culata. Le ha hecho un canto a la desigualdad alentándolas a aceptar el rol de no ser consideradas exactamente iguales ante la ley.

Eso que aparece en la fotografía, sobre la que posa su mano derecha la vicepresidenta primera del gobierno, es la Constitución, o sea, el conjunto de derechos y deberes de las españolas y españoles que, por mayoría muy cualificada y hasta que en un referéndum se decida proceder a su reforma o su desguace, marca las reglas de juego de la actividad con más alto riesgo de los colectivos humanos: la convivencia.

Desde que uno tiene uso de razón democrático, asunto que en este país se hizo esperar más de cuatro nefandas décadas que, por cierto, siguen estimulando a unos a las sórdidas nostalgias cara al sol y a otros a seguir mirando hacia atrás con ira, cada día, cada mes, cada año le ha ido sorprendiendo más que el anterior pero menos que el siguiente el incremento de residuos sólidos constitucionales en los contenedores sociológicos de basura urbana y rural. Son tantos ya los artículos de la Carta Magna de desecho que, su estudio, sus orígenes, su razón de ser, tras el meteórico deterioro en el tiempo, va a ser ya más cuestión de paleontólogos  que de célebres y celebrados juristas de esos que, para mas INRI, cojean de sus pies derechos o sus pies izquierdos.

De estos polvos parece ya inevitable que acabemos lamentado su conversión en lodos. De salidas de tono como la de María Jesús Montero, consagrando la presunción de culpabilidad  como panacea en el ámbito femenino de la vida, en vez de un paso adelante en esa justa, deseable e imprescindible maratón de la igualdad, hemos asistido a un flagrante paso hacia atrás. Porque, no nos engañemos, no nos dejemos engañar, como hijo, hermano, pareja y padre de seres humanos del mismo sexo que Doña Chus, me duele cualquier intento de evitar que no sean iguales ante la ley; que las conviertan en un colectivo de seres adultos que, al traspasar las puertas de un tribunal, sean recluidas en una guardería regida por esa dama de ojos vendados a la que llamamos Justicia; que por codicia electoral, en aras de un pelotazo de votos, de mujer a mujer, de Ministra a mujeres, se intente que muerdan el anzuelo por el degradante método de la discriminación jurídica en positivo.

Hoy, en la foto de ahí arriba, aparece la señora ministra de Hacienda y Vicepresidenta de las cosas jurando cumplir y hacer cumplir La Constitución que, en su artículo 24.2, consagra la presunción de inocencia para todos y para todas. Pero podría aparecer igualmente Félix Bolaños, un flamante ministro de Justicia que se pasa por el arco del triunfo la separación de poderes o cualquiera de sus colegas del Consejo de Ministros que, con honrosas excepciones, da la sensación de que, sobre las mesas de sus despachos, no reposa un ejemplar de la Constitución, sino una edición del Libro Gordo de Petete. @mundiario