Los bares, qué lugares…

Colombo bar se traslada a Poblenou. :RR.SS.
Viendo el espectáculo, en las calles, trasmitido sin descanso por las televisiones y redes sociales, me he ido al bar.

Sí, lo cierto es que al ver que este escenario que insisten en dibujar como si de una catástrofe nuclear o de guerra mundial se tratase y que parecen anunciar como inminente en nuestro país, dan casi ganas de echar a correr. Pero si uno se atreve a asomarse y mirar por detrás de ese escenario, podrá ver que, aparte de las luces y el ruido no hay otra maldita cosa más que la búsqueda ansiosa, in extremis, para conseguir de cualquiera manera el poder por parte de un partido que se veía ganador con ventaja, y que de pronto se vio condenado sin remedio a sentarse en la bancada de la oposición a que llegaran mejores tiempos

Por todo ello decidí irme al bar. 

Los bares, que lugares

Tan gratos para conversar

No hay como el calor

Del amor en un bar

Pero también en los bares hay que ir con cuidado y no dejarse engañar. Desgraciadamente hay cada vez más bares que venden amnistías que rompen Españas mientras sirven patatas bravas recalentadas sin creer necesario hablar con el cliente salvo para tirarle en la mesa con poca gracia una cuenta inflada y poco honesta.

Incluso para eso también hay un remedio. Es cierto que no es infalible pero menos da una piedra

El remedio consiste en encontrar esos otros bares especiales. Sí, sí, claro que sí; esos bares irrepetibles. Esos bares que parece que ya no existen. Esos bares que nos sorprenden y que, al encontrarlos, nos permiten darnos cuenta de en qué medida los demás serían prescindibles. 

Mozo, ponga un trozo

De bayoneta y un café

Que a la señorita la invita Monsieur

Hace pocos días estuve unos días en Málaga, que conozco poco pero que me enamora cada vez que la visito. Estoy seguro que me he perdido otros lugares increíbles y la verdad es que no íbamos con nadie del lugar que nos llevase al sitio seguro. Pero alguien que sí conoce bien Málaga, le recomendó a un amigo, que no dudó en contarle a nuestro amigo que era imprescindible visitar aquel bar. ¡Bendita carambola y benditos amigos!

Lo siento, les juro que no recuerdo el nombre. Tendrán que confiar en mí y rebuscar por las calles malagueñas cercanas al mercado. Si tienen suerte, entraran en un curioso bar, donde detrás de la barra hay ¿veinte?, ¿treinta? Cuarenta barriles quizás de los que los camareros sirven, vermut, pajarete, vinos dulces, secos, negros, blancos. En el bar no hay tele porque el espectáculo es ver el desfile de camareros con cuatro o cinco vasos en cada mano que van llenando de los diferentes barriles. Es mejor que ir al cine. No acaba todo ahí. Cuando usted le pide al camarero dos vermuts, dos pajaretes y un Pedro Ximenez, después de servirlos con destreza y traerlos con rapidez, aquel barman patrio coge una tiza y apunta con ella en la barra lo que se debe. Vaya usted tranquilamente a disfrutar de sus vinos. Luego vuelva, ya saciado y al cobrarle, el camarero, borra con la mano la cuenta de tiza de la barra. Mientras, en otro rincón del bar, una cola de sabios clientes esperan para solicitar su plato de “gildas” o gambas saladas. 

-Oiga, le dije al camarero sin poder reprimirme, pero ¿de verdad este bar no recibe ningún tipo de subvención?

Pollo, otro bollo

No me tenga que levantar

No hay como el calor

Del amor en un bar

Para que no se aburran les cambio de tercio y los acompaño a tomar unos cócteles. Sí, ya sé que ahora vuelven a estar de moda. Han ido apareciendo una serie de locales, cada cuál de lo más chic, con luces, decoración, sillas y mesas modernas y sorprendentes y que, con suerte, también han conseguido elaborar combinados de una calidad que ha permitido llamar la atención de las revistas y listas especializadas. 

Pero yo soy más prosaico y si me disculpan, permítanme que los acompañe al Tirsa, una coctelería para no olvidar, cerca de lo que fue la cárcel modelo de Barcelona 

No, déjenlo. No busquen mobiliario y atrezzo de firmas epatantes. No lo van a encontrar. Pero no hay que preocuparse, es lo que hay. Tampoco pierdan el tiempo en buscar la carta de cócteles o de pedírsela a Enric, el camarero, barman, dueño y alma mater de este antro. Señores, aquí les dejo este descubrimiento a sus pies: en este curioso lugar, la carta es él. 

Sin miedo, rompan ataduras y atrévanse. Si uno viene pensando en probar un Gimlet de esos que ya no existen en ningún bar, pídanselo, pero han de saber que ya nunca volverán a probar algo así.  

Si en cambio van buscando aquel clásico cóctel que en tantos sitios les ha defraudado: el viejo old fashion; un negroni, esa margarita o aquel irreverente bloody mary, no lo duden. Aquí, no les va a defraudar. Si no es igual a aquel que aún recuerdan, es muy probable que sea mejor. 

Sin embargo, quizás no traigan en la cabeza ese combinado. Puede que necesiten algo de ayuda. No preocuparse: Enric no es sólo el camarero, barman, dueño y alma mater del Tirsa. Enric es un sabio y su ciencia y devoción son esas mezclas mágicas de alcohol que hacen pensar que no lo llevan. No sólo les va a ayudar a elegir el cóctel que mejor se adapta a usted. Casi con seguridad que además les cuenta la historia real de cómo surgió, de porqué tiene ese nombre tan curioso.  Les permitirá descubrir los intríngulis de la dama blanca, del singapur Slim o del sidecar. Y ya, cuando vayan conociendo con más confianza a Enric, porque estoy seguro que volverán al Tirsa, no dejen de pedirle en voz baja, como el que hace algo ilegal, que les prepare su Bette Davis. Una invención de la casa que, partiendo del Whisky sour, adereza con un licor de albaricoque. Sólo para iniciados.

Jefe, no se queje

Y sirva otra copita más

No hay como el calor

Del amor en un bar

Vaya, pero no les dije. Además de descubrirlos, a esos bares hay que cuidarlos. Se les ha de mimar. Están en peligro de extinción. Hay al acecho, cientos de montaditos, enriques tomases, tagliatellas, vascos fakes y tantas otras franquicias que sin rubor ocuparan su sitio, desplazarán su negocio, pero no aportarán ni una pizca de su glamour, su honestidad y buen hacer.

Les cuento el último y ya acabo. 

El bar Colombo está en una esquina privilegiada de la calle Pere IV, también en Barcelona. Justo enfrente de la sala Beckett, con una terraza en la que se puede encontrar el calor en invierno y la sombra en verano. No ofrece exquisiteces. Ni falta que nos hace. En cambio, podemos encontrar un rincón agradable y tranquilo en medio de la gran ciudad donde poder disfrutar de unas cañas o un vermut; degustar unas tapas sencillas y excelentes; conversar con el dueño que hace muchas veces de camarero. Ese camarero y amo que ya en la segunda ocasión en que te sientas en su bar, ya te pregunta si te trae los calamares y el vermut que pediste la primera vez o bien te puede ofrecer otra cosa. 

Bueno, pues esta pequeña reliquia que debería estar bajo protección, como es lógico no lo está y cierra a final de este mes. Veremos qué tendremos para sustituirlo, cuando sabemos que estos lugares con alma no pueden suplantarse. Esperemos que al menos tengan un mínimo de buena conciencia y sensatez y dejen intacto y en su sitio de siempre el cartel que rotula el bar: Colombo

En fin, sólo espero que esto no se siga repitiendo. Imagínense si acabamos teniendo que decidir entre sentarnos con un vermut aguado en un bar cutre o quedarnos en casa a ver la retrasmisión en directo de la rotura de las Españas

¡Qué horror por favor!

Me vuelvo al bar. 

Los bares, que lugares

Tan gratos para conversar

No hay como el calor

Del amor en un bar. @mundiario