El asalto a la Moncloa del juez Peinado

Jueces. / RR SS
Peinado parece dispuesto a inmolarse por una causa a la que los sectores más reaccionarios de este país le incitan y le aplauden.

La desesperación es muy mala consejera. Y la mala fe -esa especie de bilis del alma- es capaz de envenenar conciencias y llevar el alucinamiento hasta cotas insospechadas. Montado en ellas, el juez Peinado, que con toda certeza no actúa solo, sino por cuenta de intereses muy determinados, ha decidido asaltar el palacio de La Moncloa en una obscena exhibición de atrevimiento.

El juez Peinado, en lo que atañe a Begoña Gómez, no tiene caso. Se lo ha dicho su propia policía judicial en dos informes de la UCO de la Guardia Civil que él solicitó. Se lo ha dicho la Audiencia Provincial de Madrid. Se lo ha dicho la Fiscalía que actúa en su intento desesperado de caso. Y, además, hay una legión de juristas responsables que le están diciendo que en gran medida está usurpando las funciones de la Justicia Europea.

A Peinado parece que le queda muy poco para jubilarse, y aunque viva en un entorno sembrado de minas cargadas de presuntas irregularidades (tan presuntas que, si alguien le hiciera un cálculo de sus bienes adquiridos y de los salarios de toda su carrera, posiblemente se iba a producir un llamativo descuadre de caja: pero los jueces gozan del privilegio de que nadie puede hacerles una investigación en ese sentido), parece que está dispuesto a inmolarse por una causa a la que los sectores más reaccionarios de este país le incitan y le aplauden. Y casi con toda certeza le van dictando. Y que el llamado “partido de los jueces” le tolera.

El juez Peinado tiene ante sí el ejemplo de la jueza Alaya, que de unos actos corruptos muy localizados fue capaz -a instancias entonces del PP- de armar una causa general, y de enredar a una ristra de jueces en diferentes niveles, que fueron capaces de desenvainar sus dagas con más facilidad que su criterio y su juicio crítico, y que no se atrevieron a rebuscar entre sus conocimientos legislativos y jurisprudenciales, porque el torrente de bulos, opiniones, presiones sobre la opinión pública, y me imagino que cobardías y traiciones procedentes del propio campo de los encausados, arrastraron sus convicciones y nublaron su propia independencia. Por más que ahora haya en el PP quienes traten de rizar el rizo con una respuesta de pega a los contundentes argumentos de Manuel Chaves diciendole que sigue condenado.

Tiene ante sí el caso Alaya que, tras haberla liado parda, y en falso, se va de rositas habiendo organizado una inquisitorial causa general que después se convirtió en un castillo de naipes. Pero el mal estaba hecho, y otra ristra de jueces, tanto en Sevilla como en el Supremo, también se va de rositas después de unas sentencias que se han determinado infundadas y fuera de ley y de competencias. Y tiene el regalo que le hizo el archicaducado poder judicial, de prorrogarle dos años sus funciones más allá de su edad de jubilación, tal vez para que pudiera entonar su canto del cisne montando una debacle sin pies ni cabeza, y tal vez pensando (no sé si con criterio o con indiferencia senil) aquella grosera y expresiva máxima de: “para dos años que me quedan en el convento, me … dentro”.

Así ha llegado -imposible pensar que él solito, sino siempre arropado por poderes interesados, y por abstenciones y omisiones de terceros, tanto interesadas como acobardadas (me refiero, sí, al ámbito judicial)- a organizar, en una pirueta más difícil y osada todavía, a organizar su propio programa de tele-espectáculo (cualquier persona sensata podría llamarlo también tele-basura), anunciando que se presentará en el palacio de La Moncloa a grabar una performance difícil de digerir: la declaración del presidente del Gobierno sobre una causa dirigida sobre su esposa, a sabiendas -supongo- de que el artículo 416 de la ley de Enjuiciamiento Criminal dispensa al esposo de declarar sobre la esposa. Pero eso sí: el juez Peinado ya ha advertido que va a grabar el acto, convirtiendo lo que debería ser algo sagrado, como una pieza judicial, en la que se arriesga la dignidad, el honor, y hasta la libertad de una persona, en un show, cuyo destino -como otras tantas piezas judiciales, y estamos hartos de comprobarlo- puede ser la filtración. ¿Para qué, si no, grabar un acto en el que van a intervenir diversas personas con variados intereses que lo convierten prácticamente en público?

Un circense salto mortal como el que pretende dar el susodicho Peinado en este intento, en un “caso” sin causa, agarrado como a un clavo ardiendo a un manojo de recortes de prensa de la peor especie, y a una suerte de artimaña o prestidigitación, basada en una acumulación mal fundada de imputados y testigos que salen cual conejos de una chistera, es un decadente recurso al truco más o menos ingenioso que hay siempre en este tipo de espectáculos: en este caso más burdo que ingenioso, y siempre caminando sobre la línea de la ley con el mismo titubeo que un conductor sobre la raya de una carretera a la salida de una discoteca.

La decencia democrática deberá encontrar algún camino estructural que impida este tipo de desgaste al que se somete tan irresponsablemente al ejercicio de la justicia. @mundiario