De la “aniquilación” simbólica a la esperanza frágil
Veinte años de asentamientos, bloqueos y espejismos de paz.
Aléjate del mal y haz el bien; busca la paz y persíguela. Tehilim 34:15.
Si bien no es posible comprender la complejidad de la génesis del “conflicto” sin analizar hechos históricos que tuvieron lugar a finales del siglo XIX y en las dos primeras décadas del siglo XX, no es menos cierto que en el transcurso de las dos últimas décadas (2005–2025), la disputa palestino-israelí ha dejado de ser una sucesión de “choques” para convertirse en un mecanismo de control y opresión permanente.
El desalojo parcial de colonos judíos de la Franja de Gaza en 2005, un gesto situado entre los “ecos de esperanza” y la demostración de los límites de esa política israelí, ideado por Ariel Sharon como “desalojo trampa”, no frenó la oleada de nuevas colonias en Cisjordania, sino todo lo contrario. Asimismo, el endurecimiento del bloqueo convirtió Gaza en una prisión a cielo abierto, mientras que la militarización de la seguridad —drones, puestos de control biométricos y órdenes administrativas de detención— pasó a ser la respuesta automática a cada lanzamiento de cohetes. El resultado es una lenta “aniquilación” simbólica y real (muy real) del tejido social y político, un desgaste que amenaza con colapsar cualquier base para la convivencia.
1. La geografía de la ocupación
La ocupación israelí combina dos procesos contrapuestos: encierro y expansión. En Gaza, tras la victoria electoral de Hamás en 2006, se instalaron cierres totales que interrumpieron la llegada de gasolina, medicinas y alimentos frescos. Según el Programa Mundial de Alimentos, cerca del 60 % de la población dependía de la ayuda humanitaria en 2022; y los índices de desnutrición infantil superaban el 45 % (Masalha, 2012). Mientras tanto, en Cisjordania, los datos oficiales registran que, a comienzos de 2025, había más de 300 asentamientos autorizados y cerca de 150 puestos de avanzada no reconocidos, con una población colona que rondaba los 700 000 habitantes.
Un vasto mosaico de infraestructuras —autopistas reservadas, muros de hormigón y vallas electrificadas— moldea la vida diaria. Para un palestino, ir de Ramala a Jerusalén Este (15–20 km) puede implicar horas de espera en controles, así como decenas de kilómetros añadidos; para un colono judío, el viaje de Ariel a Tel Aviv (40-45 km) transcurre sin obstáculos. Shlomo Sand denuncia que estas medidas no obedecen únicamente a la seguridad, sino que se diseñan para corroer la cohesión del tejido palestino y fragmentar toda posibilidad de Estado continuo (Sand, 2011).
Según el último informe de OCHA (marzo 2025), el bloqueo mantiene niveles críticos: solo el 12 % de las solicitudes de materiales de construcción recibe aprobación, y la pobreza en Gaza ronda ya el 80 % de la población. El Banco Mundial alerta de que el PIB per cápita gazaí desplomó un 45 % entre 2019 y 2024, situándolo por debajo de 1.500 USD anuales
2. El espejismo de la eficacia militar
En enero de 2009, la operación “Plomo Fundido” devastó barrios de Gaza y causó la muerte de más de 1 400 civiles. Cinco años después, “Margen Protector” repitió el patrón: más de 2 100 fallecidos y 18 000 viviendas destruidas. Analistas como Benny Morris reconocen su eficacia a la hora de reducir temporalmente los lanzamientos de cohetes Qassam, pero advierten de su carácter autorreforzante: cada bombardeo justifica represalias más cruentas, alimentando un ciclo sin fin (Morris, 1999).
Avi Shlaim subraya el impacto psicológico: «Tras cada intercambio, crece la convicción de que solo la fuerza asegurará la supervivencia», explica. De este modo, la diplomacia muere de inanición mientras proliferan las campañas de bombardeos y las maniobras de disuasión de gran impacto mediático. El condicional «si queremos paz» se reemplaza por el imperativo «primero venceremos»; en este vaivén, las esperanzas de un arreglo diplomático se desvanecen ante la brutalidad de la coacción.
Israel defiende que su entramado de muros, checkpoints y bloqueo obedece a una lógica básica de protección: tras la ola de atentados suicidas durante la Segunda Intifada (2000–2005), con más de 1 100 muertos y 6 000 heridos dentro de Israel, el Estado israelí reforzó sus barreras para impedir el tránsito de terroristas y de armamento ligero. Fuentes oficiales calculan que las barreras han reducido en un 90 % el número de infiltraciones de milicianos y explosivos en zonas civiles. Desde el punto de vista de la seguridad israelí, cada cámara de vigilancia, cada control biométrico y cada kilómetro de valla son un filtro contra la violencia indiscriminada que afecta también a poblaciones mixtas y colones pacíficos. Sin embargo, este “muro de defensa” opera al precio de aislar a millones de civiles palestinos y de normalizar un sistema de control masivo.
3. Ventanas secuestradas y fugaces destellos de confianza
La Hoja de Ruta del Cuarteto de Madrid de 2003 y la Iniciativa Árabe de Paz de 2002 dibujaron posibles trayectorias hacia un desmantelamiento escalonado de asentamientos a cambio de la normalización regional. Sin embargo, la debilidad de los mecanismos de verificación y la resistencia de los colonos —ilustrada por la campaña de boicot en Hebrón entre 2006 y 2007— abortaron cualquier verdadero avance. Ilan Pappé describe estos episodios como «ventanas de oportunidad sistemáticamente clausuradas por la retórica del miedo y el expansionismo colonial» (Pappé, 2008).
En 2007, la cumbre de Annapolis parecía retomar el relevo diplomático: por primera vez, un presidente de EE UU. (George W. Bush) y un primer ministro israelí (Ehud Ólmert) se comprometían públicamente a una solución de dos Estados. Sin embargo, la exigencia palestina de fijar las fronteras de 1967 chocó con la política de hechos consumados: la aprobación de 1 600 viviendas en Jerusalén Este en 2010 y la extensión de la barrera en el valle del Jordán actuaron como puntos de no retorno, sellando de facto las continuidades urbanas y rurales. Por otra parte, se excluyó al grupo Hamás de la cumbre, lo que restó legitimidad a la misma.
En julio de 2024, la periodista Lina al-Jaafari recorrió Hebrón y Ramala: «La gente habla de la ‘humillación cotidiana’ en cada checkpoint», relata. “Ayer vi a un padre explicarle a su hijo que debía madrugar para llegar a la escuela a tiempo; la desmotivación se huele en el aire”, añade. ONG locales como Al-Mizan resaltan que más del 70 % de los jóvenes palestinos sufren ansiedad clínica por el estrés de la ocupación.
4. Muros de la memoria y bifurcaciones irreversibles
Más allá de su dimensión física, los muros y las colonias se convierten en «muros de la memoria», para citar a Edward Said: inscripciones permanentes de un relato que fija posiciones irreconciliables. Cada kilómetro de barrera, cada valla erigida, no solo separa territorios: horada el imaginario colectivo y graba en el paisaje la inevitabilidad de la división.
Shlomo Ben-Ami califica estos momentos como «bifurcaciones políticas» que redibujan de facto fronteras sin pasar por la mesa de negociación (Ben-Ami, 2006). La construcción de la barrera, de más de 350 km, atravesó carreteras y campos agrícolas, cortó rutas centenarias de peregrinación y convirtió a los pueblos vecinos en islas apartadas, consolidando un statu quo que desafía toda reversión parcial.
5. El espejismo de la paz y la retórica conciliadora
A pesar de los reiterados fracasos, la retórica de la “tierra por paz” ha pertenecido al léxico oficial durante décadas. Shlomo Sand y Avi Shlaim advierten de que esta dialéctica a menudo encubre un statu quo excluyente: «El espejismo de la paz se alimenta de discursos conciliadores que evitan desafiar las estructuras de poder», escribe Sand. Entre promesas incumplidas y planes de desconexión parcial, el concepto se vacía de contenido y alimenta la frustración ciudadana.
La comunidad internacional ha oscilado entre condenas simbólicas —resoluciones de la ONU, , declaraciones de la UE o informes de ONG— y omisiones prácticas: sanciones tímidas, aplazamientos de boicots y escasos incentivos efectivos para revertir un sistema que se nutre de la pasividad global. Así, el discurso de paz se convierte en un placebo para una opinión pública exigente de resultados, pero impotente para forzarlos.
La experiencia de Sudáfrica tras el fin del apartheid (1994) y el proceso de paz en Irlanda del Norte (1998) indica dos elementos clave: comisiones de la verdad con plenos poderes de recomendación y paquete de ayudas económicas condicionadas a hitos de desarme. Incorporar un mecanismo similar, vinculado a incentivos reales —financiación de infraestructuras, programas de reconciliación escolar— podría transformar el “hasta aquí hemos llegado” en una hoja de ruta de cumplimiento progresivo.
6. Hacia un “orden de conflicto permanente”
Investigadores como Ian Black y Tom Segev alertan del peligro de que la conjunción de muros físicos y sistemas de vigilancia digital —drones, cámaras de reconocimiento facial, bases de datos biométricas— cristalice un “orden de conflicto permanente”. No se trataría ya de un estallido, sino de una guerra de baja intensidad normalizada, donde las fronteras internas replican las lógicas de un muro que atraviesa la vida cotidiana.
En paralelo, el Acuerdo de Abraham (2020) reconfiguró alianzas: Israel, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, primero, y Sudán y Marruecos, inmediatamente después, normalizaron relaciones sin resolver la cuestión palestina, generando una sensación de desamparo en Gaza y Cisjordania. Nur Masalha advierte que estos pactos, al eludir la justicia histórica, refuerzan la narrativa de abandono entre los palestinos y empujan a las nuevas generaciones hacia formas de protesta cada vez más radicales.
7. ¿Es posible revertir la “aniquilación”?
Frente a este panorama, voces como la de Shlomo Ben-Ami abogan por foros de mediación verdaderamente inclusivos: no solo Estados y organismos multilaterales, sino también sociedad civil —alcaldes de ciudades mixtas, líderes comunitarios beduinos, asociaciones de mujeres— con mandatos claros para restituir derechos básicos y redefinir líneas rojas de seguridad y soberanía.
Ilan Pappé reclama un “revisionismo crítico” de las narrativas fundacionales: desmontar mitos como el de la “tierra prometida”, “ una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, el “abandono voluntario de los hogares palestinos en 1948”, o el “zocar defensivo” para legitimar un relato compartido que sostenga un nuevo pacto de coexistencia (Pappé, 2008). Edward Said y Nur Masalha coinciden en que la justicia debe situarse en el centro: reconocimiento de agravios, devolución de tierras y reparación moral son condiciones ineludibles para cualquier fórmula de “tierra por paz” que aspire a huir del espejismo.
8. Reflexión final: del espejismo a la transformación
La política seguida por Israel en Gaza desde 2005, la han convertido en el peor lugar del planeta para habitar y en una enorme “escuela de odio” liderada, en este momento, por Benjamín Netanyahu (¿qué otra cosa podemos esperar, sino odio, de quienes llevan sometidos, atormentados, castigados, hambrientos, etc., estas dos últimas décadas? Cisjordania se configura como un territorio ocupado, colonizado y fragmentado en pequeños bantustanes. Israel ha sido definido como un estado de apartheid, debido a la existencia de un sistema institucionalizado de opresión y dominación sobre el pueblo palestino, sustentado por un entramado legal y político basado en la discriminación estructural.
La experiencia de Sudáfrica e Irlanda del Norte muestra que, tras décadas de violencia enquistada, es posible un viraje cuando se articulan algo que se aproxime a verdad, a reparación y a diálogo inclusivo. Israel y Palestina se encuentran hoy ante una encrucijada similar: gestionar solamente la seguridad ya no basta, no es suficiente; es imprescindible reconstruir la legitimidad política y restaurar la dignidad de ambos pueblos.
La alternativa es clara: perpetuar un ciclo de “aniquilación” —muros, bloqueos y bombardeos que desgastan la convivencia— o dar un salto cualitativo que combine seguridad con justicia, memoria con reconciliación. Solamente esta segunda vía ofrece la esperanza de reemplazar el espejismo de la paz por un contrato social duradero, capaz de sustentar un futuro compartido. @mundiario
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Referencias:
Ben-Ami, Shlomo. Cicatrices de guerra, heridas de paz: la tragedia árabe-israelí. Barcelona: Ediciones B, 2006.
Black, Ian. The History of the Present: The Past and Future of the Arab–Israeli Conflict. New York: Farrar, Straus and Giroux, 2017.
Masalha, Nur. Nakba: limpieza étnica, lucha por la historia. Buenos Aires: Ediciones Canaán, 2012.
Morris, Benny. Righteous Victims: A History of the Zionist–Arab Conflict, 1881–2001. New York: Vintage, 1999.
Pappé, Ilan. La limpieza étnica de Palestina. Traducido por Luis Noriega. Barcelona: Crítica, 2008.
Said, Edward W. Peace and Its Discontents: Essays on Palestine in the Middle East Peace Process. New York: Vintage, 1995.
Sand, Shlomo. La invención del pueblo judío. Madrid: Akal, 2011.
Segev, Tom. 1967: Israel, the War, and the Year That Transformed the Middle East. New York: Metropolitan Books, 2007.
Shlaim, Avi. El muro de hierro: Israel y el mundo árabe. 2ª ed. ampliada. Málaga: Ediciones Almed, 2015.