El aliado que quería invadir a sus amigos: crónica de una OTAN con síntomas de extinción
La OTAN, ese club donde se entra jurando defender al socio hasta la muerte, vive hoy su momento más surrealista desde que existe el fax. Si Kafka hubiera diseñado una alianza militar, habría sido algo muy parecido: un tratado de defensa mutua donde el principal aliado insinúa que, quizá, conviene tragarse al vecino —que además paga cuota del mismo gimnasio geopolítico— porque el terreno es “estratégico” o porque allí hace frío con encanto.
El asunto de Groenlandia, más que una anécdota, es un diagnóstico. Cuando un miembro de la alianza coquetea con la idea de apropiarse de un territorio que otro socio considera suyo, no estamos ante diplomacia: estamos ante una junta de propietarios que acaba a sillazos. Dinamarca —que no es precisamente una finca desatendida— observa cómo el vecino mayor del bloque fantasea con ampliar el salón a costa de su ático helado. Y el artículo 5, que era el seguro de hogar colectivo, empieza a parecer la cláusula de letra pequeña que nadie lee… hasta que arde la cocina.
Canadá, por su parte, mira el espectáculo desde la grada, preguntándose si ser aliado de Washington implica también ser anexionable en caso de que a alguien le apetezca el paisaje. Hoy es Groenlandia, mañana puede ser el jardín del señor Rasmussen, y pasado quizá Portugal, que tiene costa y eso siempre da empaque imperial. La OTAN se fundó para disuadir a quien quisiera redibujar fronteras; ahora el riesgo es que haya que disuadir a uno de dentro, lo cual es como contratar a Drácula para cuidar el banco de sangre.
Trump y la OTAN: el dilema de liderar la alianza y tensarla desde dentro
Trump habla de fuerza, grandeza y destino manifiesto, conceptos todos ellos muy respetables si uno dirige una convención de superhéroes. Pero conviene recordarle —con cariño y un espejo— que ningún imperio en la historia fue dueño absoluto del tablero mundial, ni siquiera Roma cuando las sandalias eran tendencia. Ni el británico cuando el té se servía con flota. Ni el español cuando el sol no se ponía, aunque a veces se nublara. Y hoy, aunque se tenga portaaviones y red social, el mundo sigue siendo una comunidad de vecinos con gato en cada ventana, y no un solar disponible para ampliaciones unilaterales.
Groenlandia y OTAN: la frontera que hace toser el Artículo 5
La OTAN no se desmorona por falta de amenazas externas, sino por exceso de contradicciones internas. Porque si la alianza existe para garantizar que nadie cuestione el territorio de los socios, pero el socio principal lo cuestiona, entonces la OTAN no es un pacto de defensa: es una sesión de espiritismo estratégico donde se invoca la unidad mientras se practica el sálvese quien pueda.
Los aliados deberían preguntarse si compensa un compañero que, en vez de sostener el paraguas, calcula cuántas varillas puede quedarse. Y Estados Unidos debería entender que la OTAN no nació para celebrar su poder, sino para no padecerlo. Porque cuando el líder empieza a parecer amenaza, la alianza deja de ser escudo y se convierte en interrogatorio. Y, llegados a este punto, uno casi imagina a los socios votando en secreto si el problema de EE. UU. es tener enemigos fuera… o seguir teniéndolos dentro. Quién sabe: lo mismo, si le dejan fuera del club, hasta descubren que no era el mundo el que necesitaba a Estados Unidos, sino Estados Unidos el que necesitaba al mundo para sentirse imperio.
La OTAN quizá no desaparezca mañana, pero ya ha empezado a evaporarse por las esquinas, como esos imperios que se creían eternos hasta que descubrieron que la eternidad era un contrato renovable. Y a veces, ni eso. @mundiario