Los planes de un presidente convicto y agresivo

La estatua de la Libertad abandonando Nueva York./ IA en RR.SS.
La provocación descarada del convicto Trump y sus adláteres requiere una reacción clara y eficiente en todo el mundo, porque ha llegado el momento de cambiar sus bases y sus estructuras de relación social e internacional.

Desde hace un par de días el imperio supremacista que quiere resucitar el presidente electo de los Estados Unidos se ha ganado la indigna lacra de tener dentro de unos días como presidente investido a un delincuente convicto. Eso quiere decir que la que se considera a sí misma la primera potencia democrática del mundo (siempre salpicada de actuaciones dudosamente democráticas) va a estar regida por alguien que acaba de recibir 34 condenas judiciales que, aunque no hayan tenido consecuencias de cárcel, suponen una importante mancha en su propia personalidad como país ante la Historia. Todo un símbolo expresivo de lo que nos espera al menos en los próximos cuatro años.

Y cuando hablo del imperio no lo hago para comprar ningún tópico (que por lo demás los Estados Unidos se han labrado muy laboriosamente durante muchos decenios, desde sus victorias sobre España en las guerras de Cuba y Filipinas), sino para subrayar el ambicioso supremacismo que predica el convicto Trump que, antes incluso de tomar posesión ya amenaza con torturar a los otros dos países norteamericanos, con los que existe un Tratado de libre Comercio -el T-MEC-, a base de unos aranceles imposibles, desdeñando a uno de ellos, Canadá, a quien no lo considera más allá de llegar a ser el Estado número 51 de los Estados Unidos. Para alguien que, en condiciones normales tendría que estar camino de la cárcel, no resulta un propósito poco ambicioso y desafiante.

Pero no se queda ahí -igual que no parece conformarse con el título de convicto-, sino que manifiesta una desmedida ambición de cuatrero cuando amenaza con querer quedarse de nuevo con el Canal de Panamá, y cuando le pone precio y da por seguro que va a comprarse Groenlandia, aprovechando la extraña situación  geopolítica en la que se encuentra la antigua colonia danesa, que pasó de ser territorio autónomo danés a disfrutar de unas amplias competencias (todas excepto la defensa y la política exterior), y a tener el privilegio de poder convocar un referéndum de autodeterminación. Y en la que, tras decenios de gobiernos socialdemócratas, está regida actualmente por un primer ministro que defiende la independencia y que se muestra -tal vez inoportuna e imprudentemente- decidido a conseguirla.

No contento con todo eso, se está rodeando de un lobby de ambiciosos empresarios multi-milmillonarios, entre los que destaca el desaforado Elon Musk que, antes de haber asumido las grandilocuentes funciones imperiales que le promete Trump, ha comenzado una cruzada institucional contra una potencia como la europea, que se supone que es su primer aliado en el mundo, entrometiéndose en sus asuntos internos, y alentando descaradamente a los grupos de la extrema derecha: los xenófobos, homófobos, negacionistas, los que apoyan servil e interesadamente el desmontaje del Estado del Bienestar a beneficio de las multinacionales privadas. Y ahí no hace distinción entre la Unión Europea y el Reino Unido del Brexit. Y, para que no falte ni una sola amenaza, ha proclamado el convicto presidente electo que, si Hamas no devuelve a los rehenes, está dispuesto a destruir las propias ruinas de Gaza y a masacrar a un pueblo ya de sobra masacrado.

Y no se queda ahí, porque ha vuelto a su antigua amenaza de su mandato anterior, de desestabilizar la OTAN como alianza, exigiéndole a todos sus miembros que prácticamente dupliquen sus contribuciones económicas: que es lo mismo que decirles -en pleno conflicto con Rusia- que está dispuesto a prescindir de ellos, para mantener de tú a tú el pulso con China, y posiblemente los pactos, secretos o no, con la Rusia de Putin.

De algunas cosas en todo este catálogo, el Partido Demócrata algo debería reflexionar por lo que ha colaborado a desarrollar una política internacional regresiva y agresiva, a partir de la torpe política de Biden y del comportamiento de halcón altanero de su secretario de Estado Anthony Blinken.

Por cierto, hablando de la OTAN, con el tema de Groenlandia puede generar un galimatías de primer grado. Porque por mucha autonomía que tengan los groenlandeses, su defensa depende de Dinamarca, que es uno de los países fundadores de la OTAN. Y las pretensiones de Trump pueden hacer saltar por los aires los propios estatutos de la Alianza, si es que quiere sacar adelante su proyecto de compra que, dada la negativa de Dinamarca, y de la propia Groenlandia, supondría generar un conflicto, tal vez una agresión de un país de la OTAN a otro país miembro, que implicaría la obligada participación del resto de países europeos, incluido Reino Unido, que tendrían que responder con su apoyo a un país de la Alianza que, además, es miembro de la Unión Europea. Y para terminar de complicar las cosas, resulta que en Groenlandia existe la base norteamericana de Thule, que ha sido objeto de proyectos nucleares.

Ya vemos que las intenciones de Trump carecen de un rumbo coherente. Fruto de la exacerbación del populismo y del nacionalismo supremacista. Pero pueden descomponer una estrategia de lo que hasta ahora se ha conocido como Occidente. Y no me gusta ser tremendista, pero no deja de recordar -por sus planteamientos grandilocuentemente psicóticos- a los primeros balbuceos de aquel Hitler que fue capaz (ante la paralización y la incredulidad de una Europa casi siempre timorata y a medio camino) de potenciar el mismo nacionalismo populista, no nos engañemos, que en Estados Unidos y en Europa misma, tratan de fomentar y activar desde el tándem Trump-Musk. Además, se están dando prisa, porque ni siquiera han esperado a la toma de posesión para exhibir como línea ideológica, y como actitud insolente, la bárbara acracia desbordada del asalto al Capitolio de hace cuatro años.

Esperemos que en el Pentágono haya cabezas serenas y experimentadas capaces de corregir el rumbo. Y esperemos que, en las universidades, entre los intelectuales y entre las bases de los votantes demócratas y en los colectivos afroamericanos y latinos, haya líderes capaces de generar un movimiento que se oponga a los despropósitos que se anuncian como proyecto de país.

Dentro de la estrategia del imperio que quiere desarrollar Trump está jugando con un arma muy potente, y que va a utilizar como segunda oleada (la primera fue, en su mandato anterior la de Banon) de influencia ideológica. Para ello cuenta con la alianza de las compañías multinacionales más potentes en el ámbito de los servicios de comunicación de masas: las llamadas redes sociales. Algo que tiene una gran repercusión a nivel global, y que va a favorecer las concepciones retrógradas del mundo y de la vida: algo que cuenta con el poderoso manejo de los famosos algoritmos para controlar el tráfico de la opinión pública, además de las granjas o fábricas de bulos, y que se incrementará con la utilización de la llamada Inteligencia Artificial. Algo que va a afectar muy especialmente a Europa, que se debate en la actualidad con el incremento de los movimientos ultra y antidemocráticos; y que ya está dando señales de incertidumbre, pereza y debilidad en el tratamiento de este ataque desbordante a sus propios principios fundamentales y a un honesto y limpio ejercicio de la libertad de expresión.

Lo analizaremos en sucesivos artículos; pero el revulsivo que la sola presencia del convicto Trump y sus huestes en la Casa Blanca va a producir es algo que va a afectar muy seriamente en Europa, que tendrá que replantear muy seriamente tanto su política de defensa (futuro de la OTAN, la creación y orientación de una estructura militar común y eficiente), como su política de control sobre las llamadas redes sociales, para generar un escudo potente de defensa democrática de la opinión pública, de los derechos civiles y del Estado del Bienestar. Así como tendrá que replantear sus propias políticas comerciales y abrir un debate realista y esencial sobre el carácter multilateral del Planeta. Parece que se acerca el momento de que caiga el muro psicológico e ideológico del concepto de “Occidente”, y de abrir caminos de diálogos con otras civilizaciones y otras maneras de ver el mundo, cuyos seguidores superan en número, y se acercan bastante a igualar el PIB de ese primer mundo en el que nos hemos atrincherado.

Un campo (el de los BRICS) en el que se encuentran países democráticos que lideran el cambio social, como el Brasil de Lula, por ejemplo, que desdice cualquier escrúpulo o excusa a entenderse con dictaduras o países no democráticos. Por cierto: tener de aliado preferente a unos Estados Unidos donde impera el uso poco controlado de las armas, un sistema sanitario que posterga a los desposeídos, donde persiste la pena de muerte, que Trump amenaza con imponer al conjunto del país, donde a lo largo de la Historia son campeones en apoyar golpes de Estado en terceros países, y donde no han terminado de cerrar el descarado y cruel infierno de Guantánamo, tampoco es algo que se pueda considerar lógico y ejemplar.

Lo mismo que habrá que analizar cómo ese revulsivo del “nuevo imperio” que tratan de imponer puede remover muchos planteamientos geoestratégicos. Pues, aunque los Estados Unidos siga siendo la primera potencia militar del mundo, ya han cambiado muchas cosas: entre otras el crecimiento naval, y su capacidad de combate, y el crecimiento nuclear aplicado a la defensa por parte del ejército de la República Popular de China, que ha terminado 2024 con 600 ojivas nucleares, y que en pocos años se plantea igualar la potencia en ese terreno de Estados Unidos y de Rusia. O el crecimiento de su Armada, que se ha convertido en la de mayor número de buques y submarinos del mundo, y que dispone de un desarrollo de misiles balísticos antibuques de larga distancia.

Las bravatas del convicto Trump y su interesado séquito de negociantes con el sistema de información mundial tienen que hacernos reaccionar. La Unión Europea no puede quedarse de brazos cruzados, analizando si Musk o Zuckerberg son galgos o podencos, y dejándose desgarrar por los que mantienen principios xenófobos, negacionistas y antidemocráticos similares a los de los fascismos de los años treinta. La Internacional Socialista tiene que reaccionar, trazando una estrategia muy clara, muy activa y combativa en defensa de la democracia y de los derechos sociales; la Confederación Sindical Internacional tiene que lanzar una política de movilizaciones en defensa de los derechos sociales, de la igualdad y de la solidaridad.

La provocación descarada del convicto Trump y sus adláteres requiere una reacción clara y eficiente en todo el mundo, porque puede ser que haya llegado el momento de cambiar sus bases y sus estructuras de relación social e internacional.

Citadas sean estas referencias, tanto para anunciar temas de análisis en artículos posteriores como para que nos hagamos una idea del terreno minado en el que nos movemos, a partir del voto a Trump del 33% de ciudadanos con derecho a voto. Por cierto: somos muchos más que ellos. @mundiario