El paraíso es canino y está en Mar de Plata

Playa en Mar de Plata. / VR
Playa en Mar de Plata. / VR
En la costa de la provincia de Buenos Aires, en Argentina, la perla del Atlántico bulle. Y es que Mar del Plata es una ciudad balnearia que tiene historia.
El paraíso es canino y está en Mar de Plata

En la costa de la provincia de Buenos Aires, en Argentina, la perla del Atlántico bulle. Es que Mar del Plata es una ciudad balnearia que tiene historia. En siglos pasados fue el lugar de veraneo más aristocrático, donde solo las familias pudientes iban a sus casonas construidas frente al mar, copiadas de arquitecturas francesas o inglesas a pasar sus vacaciones. Como la que el gobernador Dardo Rocha hizo construir para su mujer, Paula Arana Medino, imitación de la que habían visto en París, al estilo pintoresquista. O la de los Ocampo, edificada para residencia de la familia con elementos de hierro y madera traídos de Inglaterra. Cuando la heredó Victoria, a principios del siglo XX, se transformó en lugar de reunión para tertulias de escritores. Su hermana Silvina se casó con el escritor Bioy Casares y compraron la mansión del nieto del General Urquiza, situada muy cerca de Villa Ocampo.

El Chateau Frontenac, construido hace más de cien años por Antonio Leloir para su esposa Adela Unzué pasó por varias manos hasta convertirse en un hotel que cerró hace más de veinte años y desde entonces cayó en un constante y triste deterioro. Sólo puede imaginárselo  habitado por ocupas, como lo hizo en la ficción el director de cine Armando Bo en su película Animal (2018). En increíbles tomas se vislumbran ambientes otrora magníficos en contraste con los más heterogéneos seres marginales.

La Villa Ortiz Basualdo, perteneciente a Felisa Ortiz Basualdo, casada con Federico de Alvear, tuvo un destino más feliz:  hoy es el espléndido Museo de Arte Castagnino.

Mar del Plata de antaño, época de oro. Inalcanzable para muchos sectores de la población.

Años después, gobiernos menos conservadores la hicieron accesible a la clase media: se levantaron hoteles para los sindicatos, y fue el lugar obligado de veraneo de los trabajadores. Fue entonces cuando se la apodó “la feliz”. En los sesenta, Juan y Juan cantaban: “Qué lindo que es estar en Mar del Plata, en alpargatas, felices y bailando en una pata… En Mar del Plata no tengo problemas, si no hay más camas me acuesto en la arena, no uso saco, no uso corbata, en Mar del Plata soy feliz.”

Muchos turistas optaron por cruzar el Rio de la Plata para buscar playas más exclusivas en Uruguay o por ciudades de la costa argentina más pequeñas y menos bulliciosas para veranear.

Con la pandemia, los viajes al exterior se restringieron y los argentinos invadieron sus costas hasta hacerlas explotar. Mar del Plata está que arde. Los balnearios del centro y el norte, tienen su capacidad de carpas y sombrillas alquiladas al tope y las playas públicas son un hormiguero de gente.  Yendo hacia el sur son más abiertas, pero es imposible encontrarse a solas con el mar ni escuchar su arrullo después de las nueve de la mañana.

Si uno busca relacionarse íntimamente con el mar, con una arena blanca, impecable, y pasar un día en armonía física y espiritual, es necesario poseer una mascota y alquilar por día o temporada un espacio en Yes, la playa canina. Se encuentra a cien metros del Faro, lugar privilegiado de las playas del sur.

Es la que frecuentamos este verano con Sancho, mi shitzu marino y sociable.

Le pedí a Sol, la encargada de atención al público y administración del balneario que me concediera una entrevista especial para MUNDIARIO:

—Hola, Sol. Me gustaría que  me contaras cuándo y a quién se le ocurrió esto.

—La idea surgió a partir de una familia que tiene varios perros. Alquilaban en un balneario y, cuando quisieron llevar a sus “perrhijos”, no les permitieron. Se organizaron entonces con los vecinos de carpa que estaban en la misma situación y empezaron a trabajar en el proyecto. Gabriel y Nahir Sapienza son la cabeza de una familia de emprendedores, muy creativos, que lucharon hasta hacer posible este lugar. Con el correspondiente permiso municipal que los habilitó como la única playa canina de la ciudad, y el acuerdo con el balneario El Balcón —muy tradicional de Mar del Plata— empezó a funcionar Yes, hace nueve años.

Ladridos de dos perros interrumpen la charla, una de las entrenadoras los llama y se alejan entusiasmados con algún entretenimiento.

—¿Cuentan con algún subsidio estatal?

—No, es un emprendimiento totalmente privado. Se mantiene por el alquiler de los espacios y por el apoyo de los sponsors. Yes está declarada lugar de interés municipal por el Emtur, dependiente de la Secretaría de Cultura.

—A Sancho le hicieron unos tests antes de admitirlo por primera vez. Contame cuales son esas condiciones de admisión.

—Pedimos a los clientes llenar un formulario con el nombre, edad, raza del perro, antecedentes de salud, relación con humanos y otros perros,  también se les exige presentar la libreta sanitaria y se los interroga sobre sus costumbres, rutina y capacidad de obediencia. Al ingresar, personal especializado les hace un test para determinar si son aptos para su estadía.

—También hay normas de convivencia…

—Sí. Los perros no pueden estar sueltos en zona de carpas y sombrillas, pero sí en zona de pileta canina y en la costa.  Para hacer sus necesidades hay varios “pipí room” donde se suministran bolsitas para recoger lo que ensucian. Se pide a los dueños que si lo hacen en otro lugar se ocupen de recogerlo y perfumen con un spray provisto por el balneario para que otros no elijan el mismo sitio.

—Me sorprendió qué rápido el perro se acostumbra.

—Es que el animal aprende con facilidad si se conoce su instinto.

—¿Cómo logran que no haya contaminación visual ni auditiva?

—Pedimos a los clientes que eviten gritos, voces muy altas y que respeten las normas de higiene. Aparte, hay solo quince sombrillas y quince carpas en un espacio amplio.

—Oír el ruido del mar, del viento y pisar esta arena impecable es privilegio de pocos.

—Es que es un balneario opuesto a lo tradicional: en los otros no dejan ingresar con perros y acá no se puede venir sin perros. La infraestructura, el personal, todo está abocado a ellos.

—¿Cuentan con mucho personal?

— No. Por empezar, Flor y Caro  que son las adiestradoras. Aman su profesión y dedican su vida a la educación canina. Organizan distintas actividades según el día: caminatas por la playa, running, clases de surf adaptadas a ellos.

—¡Por favor contame eso!

—Es todo un entrenamiento: se los hace familiarizar con una tabla grande, practican el equilibrio, se los anima a subir atrayéndolos con galletitas para perros, y de a poco la llevan al agua y le van perdiendo el miedo.

Sancho aprendiendo surf. / VR

Sancho aprendiendo surf. / VR

—Sí, vi que algunos están bastante avanzados. ¿Qué otras actividades?

—Al atardecer hay clases de yoga. Lo llamamos “doga”, las da la profe Miriam. Es lindísimo verlos y participar. No es que van a hacer el paro de cabeza, no. Son clases tranquilas, que llevan  calma después de correr por la costa y jugar con amigos, al caer el sol.

Mujer intentando realizar una posición de yoga bajo la atenta mirada canina. / VR

Mujer intentando realizar una posición de yoga bajo la atenta mirada canina. / VR

—Para la próxima, nos prendemos. ¿Quiénes más trabajan en el balneario?

—Leo, el carpero y Hugo, el encargado a quien no se le escapa detalle. Entre los dos están atentos a que el recipiente  con agua para las mascotas esté siempre limpio. Hay uno en cada sombrilla o carpa.

Después hay eventos extraordinarios organizados por los sponsors, como una plaza Agility donde se los inicia en destreza. Está la pileta canina y  juegos especiales para su entretenimiento.

—Me encanta ver jugar a perros muy dispares en tamaño y raza libres por la costa.  Se meten en el mar siguiéndose unos a otros, animando los más audaces a los temerosos. Después descansan tranquilos con su familia a la sombra. ¿Cuántos humanos pueden ocupar cada sombrilla o carpa?

— Tres personas y dos perros por sombrilla. Y cuatro personas y tres perros por carpa.

—Me divierte sociabilizar con los otros dueños. Estamos todos un poco locos, y compartimos esa forma de relacionarnos con nuestras mascotas. Apenas se hacen las presentaciones caninas surgen los nombres más extravagantes: Pericles, María Olivia, Fiona, Sergio, Prada, por nombrar los que más recuerdo.

—Sí, ese factor común hace todo más fácil. Los clientes se distienden porque nunca están pensando que su perrito puede molestar. Se comparte una filosofía de vida.

— ¿Alguna anécdota?

—Uy, hay muchas. La vez pasada, Erika, una señora que tiene una perrita bull dog inglés que se llama Allegra, trajo a todo un club de esa raza. Viajaron de toda Argentina para reunirse. Pasaron el día. Hubo actividades, souvenirs, torta y bizcochos para perros. Eran amigos virtuales de un club de Facebook. Fue  un día inolvidable.

—¡Increíble haber logrado eso!¿Y algún momento desagradable?

—Es penoso cuando no podemos admitir a un perro. Generalmente no es su culpa, siempre los humanos son sus guías. La mascota es una copia de cómo es uno. Si no están al cien con su sociabilidad, hay que rechazarlos para garantizar la seguridad al resto de los clientes.

—¿Hay otras playas como esta en Sudamérica?

—No. Sabemos que en Europa hay lugares parecidos, pero no en nuestro continente. Sin embargo, algunos balnearios en Mar del Plata se están sumando a la movida pet friendly y están empezando a dejar ingresar con perros, aunque no hay un servicio especial para ellos.

—Hablamos siempre de perros, pero ¿se puede traer otra mascota?

—Por supuesto, cualquiera que apruebe el test de admisión.

—Tengo una amiga que tiene en su casa del bosque, además de varios perros y gatos, un ganso muy domesticado, se llama Wiwí. Habla, nada con sus dueños y le gusta escuchar música.

—¡Bienvenido Wiwí! Lo esperamos.

—Hay un inconveniente…

—¿Cuál?

—Nunca subió a un auto, y no sabe andar en bicicleta.

Wiwí. / VR

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