Lanzarote: Desde Arrecife a Punta del Papagayo

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Jameos del Agua

Sin alejarme más, toda la mañana – despejada, solariega y cálida – he estado recordando los viajes - tres – que tuve la suerte de realizar a la isla de Lanzarote. Bello nombre...«Lancelot», el caballero más tunante de don Arturo.

Lanzarote: Desde Arrecife a Punta del Papagayo

En estos tiempos presentes, en que, por una de esas decisiones que siempre son repentinas, incontestables y habitualmente necias - sin fu ni fuste – vamos a poder prescindir de las máscaras – tan aborrecidas por muchos, cual yo – sin caer en pecado mortal ni pagar penitencias cercanas a los seiscientos machacantes si , por una de esas, no te diste cuenta al salir de casa que la habías olvidado en la mesilla de noche, algo muy común en el que escribe, llegando a creer que si me miraban las mozas (léase hembras) de la calle no era por otra cosa que por lo lozano y apolíneo que sigue siendo uno, a pesar de los años; ( en los mozos (léase machos) no me fijo en absoluto; quizá porque no acabo de adaptarme a las nuevas bogas feministas o a que, por más que intente negarlo, me quedan ramalazos machistas que convidan a decirme: “maldita sea mi calavera”, por aquello de salirme de los cánones permitidos, validados, y que uno detesta hasta la pota), cuando en realidad no era por otra cosa el mirarme que el asombro al ver a un tío que va a cara descubierta. Con todo su morro.

En estos tiempos presentes – escribía – ni sé porqué ni de qué manera, muchos pensamientos me vienen de aluvión, rozando sutilmente los recuerdos, en este caso de viajes: mis viajes.

Recuerdos no muy lejanos, claro, porque si son de la infancia suelo inventar. Que es quizá lo lindo y frágil de los recuerdos, que los agigantas o menguas al gusto, según te convenga un cambio u otro.

Sin alejarme más, toda la mañana – despejada, solariega y cálida – he estado recordando los viajes - tres – que tuve la suerte de realizar a la isla de Lanzarote. Bello nombre...«Lancelot», el caballero más tunante de don Arturo. De ahí tengo considerado el origen de la nombradía de Lanzarote. En cualquier caso, si en algo marro o agrando el relato, espero que mi querida amiga - aún desconocida – Nieves Spínola , verdadera indígena y orgullosa de su isla me enmiende; pues mis recuerdos son tan gratos que seguro los desorbito al alza.

El primer viaje debió ser allá por el noventa y nueve desde Barajas a Arrecife , dos horas, y aterricé en la ínsula. Motivos de negocios esta vez, sin planes turísticos en la testa. Cuestiones de eso que llaman “herencias” y al cabo sólo resultan quebraderos de cabeza: Un tío de Lola había palmado y dejó una serie de propiedades inmobiliarias a recibir, y me ofrecí voluntario: Yo, yo...voy yo.

Resulta que, según me contaron, y hoy corroboro, no era ni más ni menos que la pareja sentimental– también puede decirse amante – de un tal César Manrique (aseguro a ustedes que no es licencia de autor ni por asomo). Así, como suena. ¡César Manrique! el gran hacedor de la isla entera… el creador y admirado benefactor del bendito Lanzarote.

Las propiedades estaban en Arrecife, capital de la isla, y mi primera decepción. Me salvó tal decepción el haber reservado alojamiento en el Puerto del Carmen, “Fariones” quiero recordar, eran una especie de apartamentos. Y me salvó, porque en Arrecife no me hubiese quedado ni harto de daikiris, vamos. Eludiendo, por pura delicadeza y respeto para los lectores (y lectoras), mis estancias pasajeras en la capital, intentaré regodearme con mis recuerdos de otros pueblos insulares que tienen bello hasta los nombres. El bello Puerto del Carmen hasta el final, en su contorno más oriental , la Playa Blanca y, al lado “La Punta del Papagayo” (hay un chiringuito allí de mariscos,que no se lo salta la más experta de las rianxeiras, muy bueno, bonito y muy muy barato para ponerte hasta las trancas) .

Recuerdo que, tras ver la habitación en Fariones, lo primero que hice fue alquilar un coche en recepción. Tenía entendido que con él, podía recorrer toda la isla en menos de una semana. Me sobraron días, que aproveché en preguntar sobre algunas cosas que me resultaban extrañas. La primera de ellas fue al conocer que los autóctonos nos llaman “godos” a los peninsulares y, tras preguntar a los mismos, cada uno tenía una respuesta distinta, con lo que todavía no sé el porqué de la denominación “godo” (seguro que mi amiga Nieves me lo dice con pelos y señales). ¿Godos? Yo por si acaso me hago de la rama de Recesvinto, que era el más chulapón y se lo pasaba pipa el tío.

Otra cosa que llamó mucho mi atención fue una especie de piedras en semicírculo juntas en la tierra y en el medio, un viñedo; le llaman “Geria”, y es para que los vientos africanos no hagan daño a las uvas. Las hay a cientos. ¡Estos guanches son la leche!

El acento me sonaba bonaerense o montevideano, no sé. La primera vez que oí que un autobús era una “guagua”, fue allí.

Alquilé un R-5 diésel y, la primera noche, ya salí hasta “Punta Perdiguera”, tomando un piscolabis en un bareto en Playa Blanca. Más abajo, un cartel me indicaba “Punta del Papagayo”. La dejaré para mañana, decidí. Del Timanfaya no pienso escribir nada, puesto que exponer que soy un paleto redomado, ya lo he graficado en otros relatos. Pero cumplí con todas las novatadas de un turista zafio: la camella, quemarme la mano con tierra… en fin.

Decidí pasar una hora en los negocios y el resto en recorrer la isla, de este a oeste y de sur a norte, y no necesariamente en ese orden.

Descubrí Tinajo, San Bartolomé, Famara, Teguise, Arrieta, Yaiza, Haría, Tias, Costa Teguise (tiene un hotel con rocas negras artificiales y grandes, donde se pueden hacer ‘maravillas’ en el mar sin que te vean y si vas acompañado, claro está). En el norte hay unas playas de arena negra ideales para tumbarte y que el Sol te descubra, “El Mirador del Río”, desde donde puedes ver la Isla Graciosa. También por allí rondan dos sitios maravillosos, uno de ellos realmente brujo, fascinante: “Los Jameos del Agua” (Haría). Lugar natural volcánico y reformado por Manrique. Sólo hablar sobre ellos llevaría seis o siete relatos más (allí pude ver a algunos de los ‘Sabandeños’...¡ Qué acústica !). El otro es la “Cueva de los Verdes”, dónde, por supuesto, también caí en su trampa como me corresponde: te asomas a unos precipicios inmensos, me dio un vértigo de no te menees y me agarré a la primera zagala guapa – escoger si me permitía el mareo – lo más fuerte que pude para, de caer, morir juntos de amor eterno; el bedel de turno tiró una piedra y...tachán… ¡era agua! y solo unos cinco centímetros de profundidad, como se lo digo. Y piqué. Y, además, la zagala mencionada no me hizo ni puñetero caso después. Por ‘aprovechao’.

Firmé los papeles de herencia ante notario y director de Caja Noséqué.

Y fin de mi primer viaje a Lanzarote, otras muchos matices y recorridos se quedan obligatotiamente en el teclado. Arrecife-Barajas y se acabó lo bueno. Igual si apetece, hago un relato del segundo que para mí fue muchísimo más interesante. En éste sí fui acompañado con una muchacha cuyo nombre parece más prudente no pronunciar por ahora.

Desde “Punta del Papagayo” si podía ver Fuerteventura. Y desde el “Mirador del Río” podía ver isla “Graciosa”. Pero, por más que estirase el cuello, no logré ver África, como tú, mi querida Nieves, siempre me dices que puedes divisar. No lo logré. @mundiario

P.S.- Este pequeño relato – y si apetece, también el segundo a escribir- está pensado pensando en Nieves Spínola, a quién todavía no tengo al dicha de conocer.

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