¿Turismo colaborativo o un gran negocio?
Lo que hace una década nació como un híbrido entre un comportamiento altruista y de subsistencia, se ha convertido en un fenómeno económico en toda regla.
Compartir en vez de poseer. Este podría ser el lema de la “economía colaborativa” y la evidencia de que algo está cambiando a través de las nuevas formas de emprender y del renovado concepto de propiedad, según la definición acuñada por Thomas Friedman, columnista de The New York Times.
La escasez y la restricción a la que han sido sometidos los ciudadanos les ha impedido tener, pero no los ha privado de probar ni de disfrutar. Si a esto unimos la revolución digital, tenemos el cóctel perfecto que explica un fenómeno mundial que moverá 300.000 millones de euros en menos de una década y que se calcula que ya facturó a 28.000 millones en Europa el año 2015. Pero, ¿cómo surgió?
Uno de los mayores ejemplos de la llamada economía colaborativa nació en los albores de la crisis económica. El octubre de 2007, a rebufo de una conferencia internacional que se celebraba en San Francisco, los hoteles estaban llenos y los asistentes llegaban y no encontraban dónde dormir. Brian Chesky y Joe Gebbia, decidieron ayudar a la vez que ganar algo de dinero para sufragar sus gastos mientras buscaban trabajo. Sus colchonetas de hinchar bien valían para pasar una noche y decidieron alquilarlas a los que se habían quedado sin hotel. Como cortesía, ofrecían a sus huéspedes desayuno y también algo de conversación. Comenzó así Airbed and Breakfast. Lo agradable de los diálogos y, sobre todo, la evidencia de que en un fin de semana consiguieron el dinero suficiente para hacer frente al alquiler mensual de su pequeño apartamento, se convirtió en un nuevo negocio al que se unió en 2008 Nate Blecharezyk. No sin muchos periplos, Airbnb se ha convertido en una actividad con expansión mundial que, a día de hoy, ofrece tanto un apartamento para pasar una noche como un castillo durante una semana o una villa durante un mes. Experiencias diferentes en más de 65.000 ciudades, 191 países y para todos los bolsillos.
Lo que era impensable: ir a París o Berlín y no reservar una habitación de hotel, ahora empieza a ser moneda corriente en el comportamiento del viajero frecuente
Lo que hace una década nació como un híbrido entre un comportamiento altruista y de subsistencia, se ha convertido en un fenómeno económico en toda regla. Lo que era impensable: ir a París o Berlín y no reservar una habitación de hotel, ahora empieza a ser moneda corriente en el comportamiento del viajero frecuente. Sin ir más lejos, bajo este paraguas, la oferta turística española se ha multiplicado al albur de las nuevas prácticas. Nacidas bajo el paraguas de la economía colaborativa, hay lugares donde esta oferta supera ya a la reglada. De media, en lo que va de año, su incremento respecto al anterior se ha cifrado en un 33,8%. ¿Y esto es bueno? No es malo per se, siempre que se haga bien y se organice de tal manera que no derive en una antipatía ante el turismo, con nefastas consecuencias para la principal industria del país. Es preciso controlar la calidad de los establecimientos turísticos, hacer cumplir los requisitos de seguridad y tributar por las ganancias, igual que se exige a los otros.
Mientras tanto, estas noches de verano siguen siendo las más demandadas para los viajeros europeos, los usuarios más frecuentes las mujeres entre 35-45 años y una de las ciudades más visitadas por este sistema, Barcelona. A la espera de conocer el impacto real del atentado del día 17 de agosto, la Ciudad Condal sigue atrayendo nuevas inversiones y proyectos relacionados con el sector turístico y representa junto con Madrid, el destino con más oferta colaborativa. No parece probable que esto cambie, solo ha de ordenarse.