Confesiones verdaderas de un verdadero cascarrabias

Todos listísimos. Analfabetos puros, pero con CV en inglés

Ilustración de un hombre. / Mundiario.
A ver, que no se diga que no lo intentamos: leemos (muy poco), vemos documentales (de vez en cuando), escuchamos pódcast (algunos, aunque sea mientras planchamos), y luego lo repetimos a la primera víctima que nos cruza la cerveza: “como decía Søren Kierkegaard …”

No hay nada que le guste más a un ser humano moderno que convencerse de que es inteligente. No que tenga talento —eso es muy del siglo XIX— ni que sea brillante —eso exige brillo real, y ya cansa— sino inteligente, que es una palabra tan difusa, tan abstracta, que cabe en todas las cabezas, por minúsculas que sean estas. El problema es que, por estadística básica, no todos podemos estar por encima de la media. Pero da igual: uno mira a su alrededor, ve el nivel, y se reafirma: “comparado con este rebaño, yo soy poco menos que Sharon Stone (que además de estar de toma pan y moja mucho, tiene un coeficiente de inteligencia del copón)”.

A ver, que no se diga que no lo intentamos: leemos (muy poco), vemos documentales (de vez en cuando), escuchamos pódcast (algunos, aunque sea mientras planchamos), y luego lo repetimos a la primera víctima que nos cruza la cerveza: “como decía Søren Kierkegaard …”, aunque en realidad uno solo sabe que Søren Kierkegaard era un señor con bigote, danés y que se deprimía un montón todo el rato.

Da igual, la «pose» es lo que importa.

Pero hay un lugar donde este autoengaño se sublima, se convierte en arte contemporáneo y, de paso, se exporta al mundo entero: el currículum vítae. Hoy en día, el CV no se escribe, se diseña. Con tipografías que parecen hechas por arquitectos finlandeses, iconos minimalistas y, sobre todo, mucho, muchísimo inglés. No importa que tu nivel real de inglés sea tan básico que confundas sheet con shit (que, para ser sinceros, es un error comprensible, porque tu CV es, en muchos casos, eso mismo: una mierda embellecida).

Vamos por partes. Uno abre LinkedIn —ese desfile de narcisismo laboral— y se encuentra auténticas obras de ficción. “Creative Thinker”, “Proactive Team Player”, “Problem Solver”… Y uno se pregunta: ¿qué significa esto? Significa que probablemente eres el mismo que le pasa marrones a otro para resolverlos, pero queda muy feo ponerlo tal cual. Hay algo glorioso en la persona que pone en su CV problem solver, mientras, en su día a día, no sabe ni instalar una impresora sin llamar a su primo el del zumosol.

Los CV se llenan de palabras rimbombantes para esconder la pura nada.

Se habla de leadership, aunque tu único liderazgo haya consistido en coordinar – y muy mal - la cena de Navidad de la oficina y pedir pizza para doce sin equivocarte de toppings. Se pone Project Management, aunque el mayor proyecto que hayas gestionado haya sido reservar un apartamento en Airbnb para la despedida de soltero de tu primo Pepe.

Pero la cosa no queda ahí. Los CV de hoy tienen una parte skills, en la que uno se otorga estrellas como si fuera Tripadvisor.

“Inglés: ****”, “Creatividad: *****”, “Trabajo en equipo: *****”.

En serio, ¿quién decide cuántas estrellas tienes? ¿Te examinas frente a ese espejo con tantos lamparones y suciedad que tienes? ¿Te las pone tu madre, que siempre te vio muy espabilado desde la cuna? Nadie sabe, pero ahí están: estrellitas de mentira para competencias de mentira.

Luego viene la parte de la experiencia profesional. Ahí es donde se despliega toda la fantasía: de pronto resulta que tu estancia de tres semanas en la fotocopiadora de la asesoría de tu tío fue “Internship in Financial Reporting”. Repartir flyers del kebab de la esquina pasa a ser “Field Marketing Assistant”. Y subir fotos a redes sociales del bar de tu primo se convierte en “Social Media Strategist”. Detrás de cada palabra pomposa hay una abuela orgullosa y un jefe que ni sabe que existes. Y nunca lo sabrá

Los títulos académicos tampoco se salvan. Un cursillo online de cuatro tardes sobre Excel, que viste por YouTube, pasa a ser “Advanced Data Analysis with Microsoft Tools”. Y ese diploma plastificado que te dio la academia de inglés por asistir a 12 clases y faltar a 8 se transforma en “Upper-Intermediate English Certificate”. No importa que luego, en la entrevista, no sepas decir Good morning sin sudar como un pollo.

Todo esto es muy gracioso hasta que pasa a la vida real. Porque ahí, todos estos genios autoproclamados se encuentran unos con otros. Es como una reunión de dioses del Olimpo venidos a menos: todos se creen Poseidón, pero ni un mísero vaso de agua saben llenar sin derramarlo.

El más listillo se convierte en el típico compañero de oficina que se tira media mañana diciendo que la impresora no funciona, que hay que reiniciar el router, que él no tiene tiempo para tareas low level. Claro, él está para idear sinergias.

El fenómeno se multiplica en las redes sociales. La misma persona que apenas hilvana dos frases coherentes en su idioma patrio, comparte en su muro frases de Elon Musk (que hay que ser friki) en inglés, vídeos motivacionales subtitulados y artículos de Harvard Business Review que nunca ha leído más allá del titular. Lo mejor es cuando, para reforzar su imagen de “cabeza privilegiada”, te lanza quotes de Steve Jobs: “Stay hungry, stay foolish”. Y ahí está: hambriento y necio, pero de otra forma.

A la hora de la verdad, nuestra inteligencia brilla en cosas tan nimias como saber usar un cajero automático sin bloquearlo, o recordar la contraseña del Mac a la primera. Pero eso no vende. Lo que vende es aparentar. Es más rentable en la era del postureo confundir cultura con acopio de titulares. Es mucho más sencillo presumir de haber leído Sapiens de Harari —un libro que casi nadie termina, pero todos mencionan— que leer algo incómodo como Crítica de la razón pura de Kant, que además está lleno de palabrejas raras y no se deja trocear en frases de redes sociales.

Y cuando llega el momento culminante de poner a prueba toda esta inteligencia colectiva —una reunión para resolver algo realmente complicado— ahí se ve la verdad: nadie sabe nada. La mayoría se esconde detrás de palabros en inglés para no asumir que no entiende un carajo. “We need to benchmark this”, “let’s make a workflow”, “lo vemos en el kick-off”, “hay que tener un mindset más agile” (y además, muy rápido para poder decir que tu inglés está bastante oxidado, si le dices que no le entiendes un carajo)… Y uno, que solo quería saber si se va a cobrar antes del viernes, sale de la reunión con la sensación de que debería volver a la escuela.

Todo esto tiene un efecto devastador: nos creemos tan listos que nos volvemos impermeables a aprender nada nuevo. Si ya eres un genio, ¿para qué molestarte en corregirte? Cualquier crítica es un ataque personal.

Si alguien osa decirte que tu CV es humo, o que tus competencias Soft Skills son tan malas que no sostienen ni una servilleta, te indignas. El síndrome del impostor ya ni se diagnostica: se da por hecho que todos somos impostores orgullosos.

Y así seguimos, generación peor que anterior generación, con la fantasía colectiva de que somos el futuro, la innovación y la disrupción. Y todo eso mientras le pedimos a nuestra madre que nos diga cómo se hace una tortilla sin que se pegue. O mientras escribimos Present Perfect sin saber si se pone have o has. O mientras redactamos, con toda la pomposidad, que somos “Change Makers” cuando no cambiamos ni el rollo de papel del baño.

En fin. Tal vez no sea tan grave. Quizá esta burbuja de inteligencia impostada nos mantenga entretenidos mientras la realidad hace su trabajo. Porque, al final, siempre habrá que seguir fotocopiando cosas, bajando a comprar pan o reinstalando el Wi-Fi. Y para esas tareas, curiosamente, no hace falta poner Problem Solver en tu CV: basta con un poco de sentido común. Justo de eso que nadie presume.

Así que, la próxima vez que te sientes a tunear tu currículum, piénsalo dos veces: igual no hace falta escribirlo todo en inglés ni inventar competencias que solo existen en tu cabeza. Igual bastaría con poner: “Sé trabajar, sé escuchar y sé cuándo callarme”. Pero claro, eso es tan humilde que nadie lo pondrá nunca.

Y mientras tanto, seguiremos todos convencidos de que somos brillantes, rodeados de otros que se creen igual de brillantes, firmando emails con Best regards y acabando reuniones diciendo Let’s touch base. Y cuando no entendamos nada, siempre nos quedará Google Translate (que, por cierto, traduce bastante mal).

Porque, por muy smart que seamos, lo de pensar de verdad sigue siendo demasiado trabajoso.

Es más, es agotador el pensar, a secas. @mundistyle