Oír, escuchar, entender

Audiograma.

Cuando no se entiende lo que nos dicen se piensa que el que nos habla no articula bien, o que lo hace demasiado bajo, o que los jóvenes hablan muy rápido. Porque se oye, es cierto, pero no se entiende. Cuesta admitir que hay una pérdida auditiva.

Oír es a nivel del oído. Entra un sonido, una palabra, un ruido en nuestro conducto auditivo, va por la vía auditiva hasta el cerebro y se oye.

Eso no quiere decir que le prestemos atención. Puede ser el ruido del aire acondicionado, el de un ordenador, o de un ventilador, que no es relevante, entonces, lo descartamos y no lo escuchamos.

Escuchar es oír prestando atención.

Entender ya es otra cosa. Podemos oír, prestar atención, pero no entender nada porque nos están hablando en un idioma que no conocemos, por ejemplo. O porque nuestra audición empezó a fallar en determinadas frecuencias y hay fonemas que confundimos y lo que escuchamos no tiene significado o tiene uno distinto al que nos enviaron.

Para quien no está en el tema, le resulta incomprensible que un familiar a veces oiga y entienda y otras no. Con los años, así como aparece la presbicia en la vista, surge la presbiacusia. Hay un desgaste en las células ciliadas del oído interno que no permite oír bien las bajas intensidades en las frecuencias agudas. Justamente, las consonantes agudas como la s, la f, la t, la s, la sh ( en inglés), la ch, la f, tienen un volumen de pronunciación muy bajo. Hagan la prueba y por más que quieran gritarlas, no van a poder subir  más de veinte decibeles el volumen. En cambio, las vocales se pueden gritar. Entonces, una persona de más de cincuenta o sesenta años, con dificultad par oír las frecuencias agudas, confunde “casa” con “taza”, “sesenta” con “setenta”, “viento” con “lento”.

Cuando, con la presbicia, se empieza a ver con dificultad a corta distancia, nadie piensa que el texto está mal escrito, que el libro vino fallado o que el periódico tiene una mala impresión. Se estira el brazo hasta que llega un momento en que la realidad nos supera: hay que visitar a un oftalmólogo.

Cuando no se entiende lo que nos dicen, en cambio, se piensa que el que nos habla no articula bien, o que lo hace demasiado bajo, o que los jóvenes hablan muy rápido. Porque se oye, es cierto, pero no se entiende. Cuesta admitir que hay una pérdida auditiva.

El cerebro se cansa de prestar atención. La familia y los amigos de repetir. Y cada vez la comprensión es menor. Eso trae problemas cognitivos y cambios en el carácter con el tiempo si no se trata rápidamente.

Tratarlo significa consultar a un médico otorrinolaringólogo para descartar cualquier daño clínico. Y si no lo hubiera, recurrir al uso de audífonos que levanten las frecuencias dañadas. Hoy avanzaron mucho, hasta se pueden controlar desde los teléfonos móviles como control remoto , en una aplicación, para subir, bajar el volumen o cambiar de programa: sacar el ruido de fondo, realzar la palabra, hacer brillar la música y tratar el tinnitus (o acúfeno: ruido o zumbido en el oído)

Tener un desgaste en la audición no significa ser sordo.

En esta semana tuve un caso movilizante que me llevó a escribir este artículo:

Una maestra diferencial de cincuenta años que padece una hipoacusia intermedia, estaba en el recreo con uno de sus alumnos que le dijo que se sentía mareado. No sé qué fue lo que ella le entendió, con el ruido de fondo y su dificultad para captar las consonantes agudas. Algo que le hizo decir que era muy caballero. Ese niño fue internado en pocas horas. Diagnóstico: un tumor cerebral. La culpa que desahogó esa maestra en mi consultorio me conmovió al extremo de prestarle audífonos hasta que su cobertura social le cubriera el pago de los que necesita. Por su tranquilidad y la de sus alumnos.

Ante la primera sospecha de un desgaste de audición, consultar y resolver. Por el bien de todos. @mundiario