Confesiones verdaderas de un verdadero cascarrabias

La insoportable ignorancia de no saber quién es Wanda Nara

Wanda Nara, empresaria e influencer argentina. / Instagram: wandanara
Wanda Nara brilla en 2025 como una figura destacada. Quizá ministra o incluso canonizada, su influencia es innegable y sorprende su evolución.

Confieso, con la solemnidad con la que se confiesan los grandes pecados sociales, que no sé quién es Wanda Nara. Lo admito como quien admite no haber leído Guerra y Paz, como quien reconoce no entender ni una sola línea de los manuales de instrucciones de Ikea, o como quien todavía no distingue el comino del cilantro. Y, sin embargo, algo me dice que mi ignorancia en este caso no es un simple lapsus cultural, sino una mancha en mi expediente de ciudadano contemporáneo, una mancha mucho más grave que no saber dónde desemboca el Danubio o quién demonios pintó El matrimonio Arnolfini. Porque, por lo que parece, Wanda Nara es alguien muy importante. Lo sé no porque yo lo sepa, sino porque uno de mis diarios de cabecera, ese que se autoproclama “de los más leídos”, escribe con devoción casi diaria sobre ella. Y si la repiten tanto, debe de ser por algo. A lo mejor ya es ministra y no nos hemos enterado, o tal vez ha sido canonizada en vida y no me llegó la circular del Vaticano.

La situación es grave: empiezo a pensar que mi desconocimiento no me convierte en un tipo culto que selecciona lo que lee, sino en un bárbaro social, un paria incapaz de sobrevivir a una conversación ligera. Me lo imagino perfectamente: estoy en un cóctel, copa de vino en mano, alguien suelta, con naturalidad, “¿y tú qué opinas de lo último de Wanda Nara?”, y yo, aterrado, sonrío como un opositor en blanco y balbuceo algo como “sí, bueno, ya se veía venir”. Y así me descubren, desnudo, incapaz de improvisar la más mínima opinión, condenado a la hoguera del analfabetismo contemporáneo. Porque hoy en día no basta con conocer la capital de Burkina Faso ni con recordar quién fue Ramón y Cajal: el verdadero conocimiento se mide en saber qué dijo, hizo, dejó de hacer o desayunó Wanda Nara.

Lo fascinante del asunto es que, sin proponérmelo, me he convertido en un resistente. Mientras todo el mundo parece saberlo todo de ella, yo sigo en la ignorancia más pura, como un monje medieval aislado de los chismes cortesanos.

Es un analfabetismo selectivo, un desconocimiento voluntario que roza lo heroico. Porque claro que podría abrir Google y sacarme de dudas en treinta segundos, pero hacerlo sería rendirme, sería claudicar ante la dictadura de lo irrelevante. Prefiero vivir en la duda, como esos filósofos griegos que nunca llegaron a conclusiones prácticas, pero dejaron frases lapidarias.

Me aferro a la idea de que no saber quién es Wanda Nara, me mantiene limpio, libre, virginal frente al exceso de información.

El problema es que mi resistencia empieza a agrietarse. Cada vez que abro el periódico y me encuentro el nombre “Wanda Nara” en titulares que ocupan el mismo espacio que la inflación o las elecciones, me invade la sospecha de que algo grande se me está escapando. Quizá esta mujer ha descubierto la cura del insomnio, o ha resuelto la cuadratura del círculo, o ha encontrado la fórmula para que los trenes en España lleguen puntuales.

Quizá es más importante que Newton, pero en versión platino y con más seguidores en Instagram. Y ahí estoy yo, incapaz de reconocerla ni en una rueda de reconocimiento, incapaz de distinguir su rostro de la señora que atiende la charcutería de la esquina.

No falta quien me recrimina esta ignorancia con cierto desdén, como si no saber quién es Wanda Nara fuera tan grave como no saber leer. El otro día, en un café, lo confesé en voz alta. “No sé quién es Wanda Nara”, dije, con la seriedad con que se confiesan los pecados. Uno casi se atraganta con el cruasán, otro me miró como si acabara de decir que la Tierra es plana, y un tercero directamente se levantó y se fue, como si estuviera ante un caso perdido.

La pregunta retórica flotó en el aire: “¿Y en qué mundo vives?”. Y yo, que hasta ese momento me sentía un ciudadano informado, lector disciplinado, médico responsable y persona con cierta cultura, me descubrí reducido a la categoría de necio por no saber quién es esta señora que, a juzgar por el periódico, debe tener más relevancia que la mismísima Leonor de Aquitania.

Y ahí aparece la duda que me carcome: ¿llega hasta ahí nuestro analfabetismo? ¿De qué sirve saber recitar versos de Serrat, comprender el pensamiento de Camus o emocionarse con un fresco de Miguel Ángel, si luego uno no puede articular una sola frase coherente sobre Wanda Nara? ¿No será que hemos cambiado el canon cultural y nadie me lo ha notificado? Antes, ser culto era haber leído a Shakespeare o haber escuchado a Beethoven; hoy, parece que la vara de medir es estar al tanto de los avatares sentimentales de Wanda. Y si no, eres un zoquete.

Por momentos me pregunto si esto no es un problema de escala. Porque no conocer a Wanda Nara no me quita el sueño, pero la presión social empieza a ser tan grande que me barrunto que mi vida quedará incompleta si no lo resuelvo. ¿Qué pasará cuando dentro de cincuenta años, en un examen de historia contemporánea, pregunten: “Analice la influencia de Wanda Nara en la cultura del siglo XXI”?

Y los alumnos lo escriben con la misma seriedad con que ahora escriben sobre Marx o Freud. Yo, mientras tanto, seguiré aquí, con cara de pasmado, incapaz de responder.

Así hemos llegado a medir la cultura

En el fondo, creo que mi incultura es un síntoma del tiempo que vivimos. Nos obligan a estar alfabetizados en lo irrelevante. Uno puede no saber cómo funciona la seguridad social o qué demonios es un bloqueador de los canales de calcio, pero no puede ignorar a Wanda Nara. Eso, sencillamente, es inaceptable. Lo inaceptable ya no es no leer a Dante o a Woolf, sino no estar al tanto de la última foto de Instagram de Wanda.

Así hemos llegado a medir la cultura: ya no se mide en libros leídos ni en debates mantenidos, sino en saber el nombre de pila de los hijos de una celebridad cuya existencia, confieso otra vez, se me escapa.

Pero yo resisto. Prefiero declararme profano con orgullo que convertirme en un autómata que finge interés por lo que no entiende. Mi analfabetismo sobre Wanda es, de alguna manera, un gesto político. Es mi pequeño acto de rebelión contra el imperio del cotilleo, contra la dictadura del titular fácil y cómodo.

Si la sociedad quiere considerarme un bárbaro por no saber quién es, adelante. Pongan en mi epitafio: “Aquí yace un hombre que nunca supo quién fue Wanda Nara”. Será mi única forma de inmortalidad.

Y, sin embargo, hay una parte de mí que duda, que sospecha que mi resistencia es inútil. Porque el bombardeo es constante, porque tarde o temprano el nombre se abrirá camino en mi cerebro y, casi sin quererlo, sabré algo de ella. Como quien memoriza un jingle publicitario sin proponérselo, como quien se sabe de memoria el número de emergencias sin haberlo estudiado nunca. Ese día habré perdido.

Ese día mi analfabetismo selectivo se habrá derrumbado, y seré uno más en la masa de lectores que pueden hablar durante horas de Wanda Nara, aunque no sepan quién fue Maimónides.

Hasta entonces, seguiré en mi ignorancia. Ignorancia orgullosa, altiva, resistente. Ignorancia que no me impide leer a Umberto Eco, admirar a Gaudí o emocionarme con un verso de Serrat.

Ignorancia que, paradójicamente, me hace sentir un poco más libre. Porque quizá, solo quizá, la verdadera sabiduría hoy consista en no saber quién es Wanda Nara.

Y si un día alguien me acusa de torpe por no poder hablar de ella, yo sonreiré y responderé con calma: “Peor sería saberlo”. @mundistyle