Confesiones verdaderas de un verdadero cascarrabias

La gloriosa, reconfortante y profundamente humana procrastinación

Un joven tirado en el sofá. / Mundiario.

Procrastinar es un arte ancestral, mucho más refinado que la pintura rupestre. De hecho, sospecho que aquellas cuevas de Altamira no se pintaron por amor al arte, sino porque alguien tenía que salir a cazar bisontes y pensó: “Bah, lo hago después… mientras tanto dibujo un ciervo en la pared”. Y así nació la cultura.

Si hay algo que hermana a la humanidad, más allá del fútbol, de la religión o de la pizza con piña (que es un tema más polémico que la política internacional), es la procrastinación. Esa dulcísima práctica universal de posponer todo lo importante para dedicarnos a lo absolutamente irrelevante, o lo que es igual,  deja para mañana lo que puedas hacer hoy. No importa la edad, la profesión ni la nacionalidad: procrastinar es la gimnasia olímpica secreta de todos los mortales.

Usted, yo, el vecino del quinto y hasta Marie Curie, si la hubiéramos pillado en un mal lunes, hemos sentido ese alivio casi erótico de dejar algo para mañana. Porque, nada produce más paz interior que mirar la montaña de obligaciones y decidir que, por respeto a la montaña, no la vamos a escalar hoy. Total, siempre habrá un mañana.

Y si no hay un mañana, pues tampoco tendrá mucho sentido haber trabajado tanto, ¿no?

EL PLACER DEL "LUEGO"

Ese “luego” tiene una magia hipnótica. Decir “lo hago luego” es como meter a un monstruo en un cajón: uno cree que lo ha solucionado, aunque el cajón ya no cierre bien. El monstruo sigue ahí, gruñendo, pero al menos no está a la vista. ¿El informe del trabajo? Luego. ¿Llamar al banco? Luego. ¿Ordenar esos papeles de la mesa? Ah, ese “luego” podría durar siglos, digno de un hallazgo arqueológico.

El “luego” nos regala lo más valioso: un instante presente, sin responsabilidades, donde uno puede dedicarse a lo que realmente importa… es decir, a mirar vídeos de gatos tocando el piano en YouTube.

Procrastinar es cuidarse

¿Quién ha dicho que procrastinar es malo? Los neurólogos más serios podrían argumentar que la dilación constante genera estrés. Y es verdad, pero también es verdad que el estrés adelgaza, y ahí ya podemos empezar a verlo como un sistema alternativo de fitness.

Procrastinar es autocuidado. Porque, seamos francos: enfrentarse a una tarea pesada, cansa, agota.

En cambio, darle largas revitaliza. No es flojera, es amor propio. No es pereza, es inteligencia emocional aplicada. Y cuando posponemos, nos estamos diciendo: “Querido cerebro, sé que hoy no estás para estas cosas feas; te regalo una tarde de sofá”. ¿Hay algo más humano que eso?

Los líderes del mindfulness intentan vendernos lo mismo, pero con frases en inglés y velitas aromáticas. Procrastinar, en cambio, es gratis y universal.

La procrastinación comparada

Hay quien cree que solo ellos posponen. ¡Qué ingenuidad! Todos los grandes personajes de la historia fueron procrastinadores profesionales.

Leonardo da Vinci: pintó la Mona Lisa en cuatro años, pero porque trabajaba media hora cada seis meses. Y aun así, dejó sin terminar más proyectos que cualquier adolescente en un curso de guitarra.

Newton: descubrió la gravedad porque estaba tumbado bajo un árbol. A saber cuántos experimentos aplazó para quedarse ahí sentado mirando manzanas caer.

Kafka: escribió diarios enteros quejándose de que no podía escribir. El santo patrón de los procrastinadores.

Si ellos pudieron dejarlo todo para mañana y seguir entrando en los libros de historia, ¿qué nos impide a nosotros dejar sin contestar un correo de Recursos Humanos? Exacto: nada.

La productividad tóxica, esa plaga moderna

Esta es - querámoslo o no - una época cruel, donde la eficiencia es la nueva religión. Nos venden agendas minimalistas, aplicaciones para medir cada minuto de sueño y calendarios que parecen diseñados por ingenieros de la NASA. ¡Qué barbaridad!

Pero ahí está la procrastinación, como acto de resistencia civil. Es nuestra huelga personal contra la tiranía de la productividad. Porque, ¿quién quiere ser eficiente? Una máquina. Y, lo siento, pero a mí todavía no me apetece convertirme en una tostadora con Wifi.

Cuando procrastino, me reivindico como ser humano: imperfecto, caótico y libre. Porque un calendario lleno hasta el último minuto es la verdadera cárcel moderna, y cada “lo hago mañana” es como fugarse por un túnel secreto hacia la libertad.

Técnicas avanzadas de procrastinación

No cualquiera puede procrastinar con elegancia. Hay que practicar, depurar técnicas, desarrollar estrategias. Permítanme compartir algunas de las más exitosas:

La del escalón intermedio: no haces la tarea principal, pero te inventas otra menos importante que te da la ilusión de estar ocupado. Ejemplo: no limpias la cocina, pero ordenas los imanes de la nevera por colores.

La del ritual previo: ¡necesitas prepararte tanto para empezar que nunca empiezas!

Ejemplo: para escribir un informe, primero hay que limpiar el escritorio, buscar la libreta adecuada, preparar café, poner música, encender una vela y consultar la posición de los astros. Y claro, se hizo de noche.

La investigación eterna: el método científico aplicado a la nada. Antes de comenzar, necesitas “documentarte”. Y documentarte significa tres horas en Wikipedia, siete vídeos en YouTube y veinte artículos que jamás usarás.

La del premio anticipado: decides recompensarte antes de hacer la tarea. Porque, total, seguro que luego lo harás mejor. Un chocolatito, una siestecita, un capítulo de serie. Y cuando vuelves, ya es de madrugada.

Con estas técnicas, la procrastinación pasa de ser un defecto a convertirse en arte marcial.

La procrastinación compartida

Si la procrastinación es placentera en soledad, en compañía alcanza niveles místicos.

Todos hemos vivido ese momento en que un amigo nos llama y nos dice: “Tengo que hacer un trabajo, pero ¿tomamos un café?”. Y claro, uno responde: “Yo también tengo cosas pendientes, pero vamos”.

Esos cafés entre procrastinadores son reuniones de apoyo mutuo, más efectivas que la terapia grupal. Porque no hay vínculo más fuerte que el de dos personas que saben que deberían estar haciendo otra cosa, pero prefieren hablar del último cotilleo.

Incluso en parejas, la procrastinación puede ser la base de la unión. Una relación sólida no se construye en cenas románticas, sino en domingos de “teníamos que limpiar la casa, pero mejor pedimos pizza y vemos una serie”. Eso sí, es amor verdadero.

La culpa: el condimento necesario

Procrastinar no sería tan delicioso si no viniera acompañado de un ligero toque de culpa. Es ese picante que realza el sabor. Uno se tumba a ver vídeos absurdos, pero con el corazoncito latiendo fuerte porque sabe que algo está pendiente. Esa tensión le da emoción a la vida.

La culpa, bien dosificada, convierte la procrastinación en un deporte extremo. Si no, solo sería ocio. Pero no: es ocio con adrenalina, ocio peligroso, ocio con riesgo de despido.

Y al final, cuando por fin haces lo que llevabas semanas aplazando, lo haces en un estado de euforia y velocidad que ningún curso de “gestión del tiempo” puede igualar. Es el famoso “modo pánico”, en el que se alcanzan niveles de productividad sobrehumanos. Si las pirámides de Egipto se construyeron en 20 años, estoy seguro de que los últimos tres se levantaron en un fin de semana de apuro.

Procrastinar como filosofía de vida

Hay quien dice que la procrastinación es autosabotaje. Yo digo que es filosofía. Vivimos como si todo fuera urgente, cuando en realidad casi nada lo es y, de serlo, siempre llegas tarde.

Aplazar es recordar que la mayoría de tareas, al cabo del tiempo, desaparecen solas.

Ejemplo: tenía que contestar un correo importante hace dos meses. Nunca lo hice. ¿Resultado? El remitente se cansó y ya no lo espera. ¡Problema resuelto! La procrastinación, muchas veces, es un sistema automático de selección natural de responsabilidades.

La vida es demasiado corta para gastar energía en cosas que tal vez nunca fueron importantes. La procrastinación nos recuerda la belleza de la impermanencia.

La utopía procrastinadora

Imaginemos por un momento un mundo donde todos procrastinan sin culpa. Los políticos: “ya debatiremos esa ley mañana”. Los médicos: “esa dieta saludable… mañana la empezamos”. Los profesores: “corrijo los exámenes… después del puente”.

Sería el caos. Sí. Pero también sería la paz mundial. Nadie tendría tiempo de iniciar guerras porque las dejarían para más tarde. Nadie sufriría de estrés crónico porque todo sería postergable. Los lunes perderían sentido. Las alarmas de los móviles quedarían abolidas.

Un planeta entero tomando café eterno mientras el sol gira. Eso sí que sería progreso.

Adorar la procrastinación

La próxima vez que alguien le acuse de perezoso por procrastinar, mírele a los ojos con dignidad y responda: “No estoy siendo perezoso, estoy cuidando mi salud mental, mi filosofía de vida y la tradición de la humanidad”.

Porque procrastinar no es un error: es un abrazo cálido, una manta mullida en invierno, un recordatorio de que no somos máquinas. Es el rincón secreto donde nos escondemos del mundo. Y, además, tarde o temprano, todo se hace igual. A las carreras, en el último minuto, pero se hace.

Así que no se preocupe. El informe, la factura, la dieta, la limpieza… ya lo hará mañana.

O pasado. O quizá nunca. Y no pasa nada. Porque, en el fondo, procrastinar es vivir. @mundiario