La locuacidad de los sombreros

Mujer con sombrero.
Mujer con sombrero.
La autora nos habla de estos complementos y de ciertas curiosidades relacionados con ellos.
La locuacidad de los sombreros

Mario Vargas Llosa, en La orgía perpetua dice que Flaubert, en Mme. Bovary, otorga a los objetos una expresividad mucho más locuaz y trascendente que sus dueños. Ellos “nos revelan, mejor que las palabras y los actos de aquéllos, la personalidad del amo, su estatuto social, su economía, sus costumbres, sus aspiraciones, su imaginación, su sentido artístico, sus creencias.”

El mejor ejemplo es el ridículo sombrero de Charles Bovary, barroco y  grotesco, del que se reían todos sus compañeros del colegio. Desde el comienzo de la novela habló por él y nos anticipó su destino. Flaubert, sirviéndose de adjetivos y comparaciones,  cargó al sombrero de una idiosincrasia particular, provocando, como si tuviera vida, sentimientos de pena, conmiseración y hasta solidaridad.

El bombín es el sombrero hongo, con copa baja, rígida y ala redonda que viajó en la historia desde el mundo de la caza hasta las cabezas de los hombres de negocios de la City londinense. Es un ícono cultural inglés. A principios del siglo XX logró que lo contrataran en las películas  protagonizadas por Charles Chaplin. Se posó en la cabeza de Charlot, el vagabundo que caminaba como un pingüino, desmitificando la seriedad británica original.

Feliz en su rol de hacer reír al público, saltó a las cabezas de Stan Laurel y Oliver Hardy, los célebres “El gordo y el flaco”.

Ya no quería saber nada con la vida aburrida de los negocios. Los contactos en Hollywood lo llevaron al peludo Tío Cosa, de “Los locos Adams”, reinó sobre su cabellera que le cubría el cuerpo y cuando ya creía que lo había probado todo, tuvo una nueva propuesta de papel protagónico:  Acompañar a Alex DeLarge en “La naranja mecánica”. Fue un desafío para bombín integrar el vestuario de ese personaje antisocial y violento, vestido siempre de blanco, realzando sus genitales,  con un solo ojo maquillado y llevando consigo siempre su bastón que camuflaba un puñal.

Bombín ha pasado injustamente inadvertido para los premios cinematográficos. Sin embargo, fue merecedor de unos cuantos  por la versatilidad de los roles interpretados.

Tal vez, desalentado, es que fue a parar a la cabeza del rebelde Joaquín Sabina. En cuanto se conocieron, Joaquín dijo: “Está bien usar sombrero por si se presenta una ocasión para quitárselo”. Parece que en la época de la guerra civil española, cuando entraron los nacionales a Madrid, reabrieron una tienda de sombreros que había al lado de la Gran Vía, y pusieron un cartel que decía: “Los rojos no llevan sombrero”. Y era verdad, en esa época. Joaquín dijo: “Pues yo, rojo y con sombrero”. Es lo que más le gusta: nadar contra la corriente. Y desde entonces fueron inseparables. A bombín le gusta ponerse para algunos shows una plumita como las de las mujeres indígenas en Bolivia y se acerca al público en un tú a tú, como nadie sabe hacerlo.

Hablando de los sin sombrero, con las mujeres pasó como con los rojos: las más atrevidas, las que se animaron a escribir, dejaron de usar faldas y sombreros. No necesitaban que nadie se expresara por ellas. Querían firmar sus libros, tener voz y voto.

Hoy tenemos a Amélie Nothomb que parece decir: “Yo, escritora, mujer, y con sombrero".

Porque Amélie es la dama del sombrero. Le gusta mostrarse como una mujer de gesto altivo, rostro pálido, labios rojos y sombreros exquisitos y estrambóticos. Siempre viste de negro, con faldas hasta los tobillos y botitas orientales. En realidad, como suele ocurrir, detrás de ello hay una personalidad opuesta: arisca y tímida. Sus aliados de copa alta parecen darle la fuerza —como el pelo a Sansón— para jugar el papel de rockstar de la literatura y  aparecer en la portada de todas sus novelas  con la identidad que le dan esos  atrevidos que en la cabeza de otro resultarían groseros y hasta vulgares.  

Otra historia es la de los que usa Audrey Hepburn en  Mi bella dama. El diseñador y vestuarista es el genial Cecil Beaton. Cuando la pobre y ordinaria Eliza Doolittle llega a lo de Mr. Higgins, lleva un sombrero lleno de plumas que en una época había sido sinónimo de distinción pero está totalmente demodé, y en pésimo estado. El pobre se la tuvo que ver para hacer creíble el personaje de Audrey a quien le resultaba difícil adoptar el look  de una cockney, cuando se sentía tanto más cómoda dentro de trajes como el de su triunfo final. Beaton le dijo: “Sé audaz y diferente, no seas práctica”, y fue transformándose —para que Higgins ganara la apuesta— de una trabajadora a una dama que sabía decir muy bien The rain in Spain stays mainly in the plain.   Pasó a la historia el de la carrera de caballos de Black Ascot. Debido al luto por la muerte del rey Eduardo VII, todas las damas iban vestidas de blanco y negro. El de Mrs. Doolittle era de una extravagancia y un derroche de glamour nunca visto. Un ala inmensa blanca con bordes negros, una copa altísima constituida por dos partes diferentes: una rayada blanco y negra y la otra blanca para terminar en un género más liviano que cae hacia delante, cuando ya no se podía imaginar que la cabeza pudiera sostener tantas cosas. Y, como siempre, el adorno de flores que no falta en el vestuario, para que no nos olvidemos del oficio del que viene Eliza. El sombrero está tan seducido por ella como Mr. Higgins y como todos los que la conocen. Es que la distinción con que lo lleva jamás la volverá a encontrar en otra dama. Ascot sigue siendo una competencia de sombreros estrafalarios, pero cuanto más original quiere ser el diseño mayor es el riesgo de caer en el ridículo.

Los de la reina Isabel II de Inglaterra son sus aliados para hacerla fácilmente visible. No da entrevistas, no aparece en público, pero su ropa habla por ella. Sus looks coloridos son inconfundibles, carteras y zapatos a juego,  sombrero a tono con su atuendo. Desde su coronación, en 1953, ha lucido mas de cinco mil sombreros. Todos llamativos, de colores cada vez más estridentes, con flores y plumas. Con la estilista y asesora Angela Kelly, ellos ejercen el poder real,  sin tener que ganarse el voto de la moda, ni los premios cinematográficos.

No es el caso del borsolino, de la fábrica de Giuseppe Borsolino, que no usaba sombrero porque “no lo dejaba pensar”. Los hizo de fieltro de conejo, ala ancha y un pellizco al frente que le da forma hacia delante, con una cinta anudada al lado izquierdo. Se inspiró en el de un diputado liberal que a mediados del XIX, denunció la corrupción del gobierno, recibió un bastonazo en el bombín, y decidió usarlo tal cual quedó.

Dentro de la línea borsolino, está el fedora que es el que usó Humphrey Bogart en Casablanca. Fedora es su fetiche, se lo ponía medio inclinado sobre la cabeza . Sin él, Humphrey no podría tener ese aire de misterio que acompaña su gesto mordaz, su corazón de piedra y a la vez melancólico que enamoró a las espectadoras. Se originó en la obra de teatro “Fedora” y después, pasó a la moda urbana, para llegar a ser el estereotipo del gángster de los años de la Ley seca y el Cine Negro.

Seguro del éxito obtenido, este borsolino pasó a las cabezas de los galanes más célebres de Hollywood: Gary Cooper y Gregory Peck para llegar hoy a ganarse a Leonardo Di Caprio y Jhonny Depp.

En el Río de la Plata se lo llamó gacho. Carlos Gardel tiene un tango, “Gacho gris” en el que el borsolino porteño es una persona, con identidad propia:

Gacho gris, compadrito y diquero

Fiel testigo de un tiempo de farra

Siempre fuiste mi buen compañero

A quien nunca he podido olvidar

Requintado y echado a los ojos

Te llevaba en mis noches de taita

Y hoy la moda tan llena de antojos

Te ha traído de nuevo a tallar

Gacho gris, arrabalero

Vos triunfaste como el tango

Y escalaste desde el fango

Toda la escala social

Ayer sólo el compadrito

Te llevaba requintado

Pero ahora, funyi claro

Sos chambergo nacional

Michael Jackson usaba también una variedad de fedora, en especial en el tema “Billie Jean” donde el sombrero, al terminar el show,  volaba en el aire, lanzado al público.

El más humano de todos  es el sombrero seleccionador de Harry Potter y la Piedra filosofal. Su misión es determinar a qué casa va a pertenecer cada nuevo estudiante. Su aspecto es raído, viejo, medio aplastado, sucio y su boca es una rasgadura  amplia que se mueve cuando habla y canta.  Tiene diez siglos de antigüedad y mucha sabiduría. Lee los pensamientos de los chicos, los analiza, responde y decide a dónde van a ir. En la ceremonia de selección, los alumnos de primer año van pasando muy nerviosos a ponerse el sombrero en la cabeza. Se produce la conexión y el diálogo mental e inmediatamente se decide su destino.

En el segundo año tiene también un papel importante: Harry Potter recibe la espada de Gryffindor escondida en el sombrero.

El 20 de febrero de este año estuve con la diseñadora y vestuarista argentina Luciana Martí en Campo Garzón, Uruguay. La ocasión era la muestra “Ellas” de la creatividad femenina en las distintas ramas del arte, organizada por la Fundación Campo. Luciana es la creadora de la línea “Chulasunwear”, donde los bonetes se atreven a hacer renacer el siglo XIX en cuerpos impensablemente desnudos para esa época. Rompe con la barrera del anacronismo para sugerir sensualidad. La mayor parte de ellos están realizados en algodón estampado, al estilo de los de Caroline Ingalls. Lo que se espera debajo de ellos es ver a una señora recatada, abnegada madre, concentrada sólo en su familia, con una blusa abrochada hasta el último botón del cuello. En su lugar, vemos cuerpos casi pre-púberes, con trajes de baño con volados y escotes pronunciados.

Una vez más, el sombrero se atreve a romper, habla por sí mismo. Los de Chula, nos dejan con una mezcla de nostalgia y cierto deseo de no dejar de ser niña siendo mujer. @mundiario

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