Perdón, Sancho

Sancho. Vicky Rego
Sancho. / Vicky Rego
Cómo aclararle a un perro lo que no me animo a decirle a un niño. Tarde se entera de que existen las guerras, o de que otros a su edad mueren de hambre y jamás tienen los juguetes que él recibe como si fuera lo más común del mundo.

No quería que supieras que este mundo es, a veces, una pesadilla. Te protegí desde que te trajeron a casa cuando tenías cuarenta días y eras una pelotita panzona, peluda y lista para recibir amor. La pandemia nos adhirió. Te sacaba a pasear en una mochila para que no te contaminaras cuando todavía no podías pisar la calle. Todas las vacunas fueron puestas a tiempo para que no supieras de enfermedades. Cuando aceptaste usar una correa, sin presionarte, empezaron los paseos.

Cuando fuimos a José Ignacio, en Uruguay, tenías cuatro meses. Era octubre y la playa estaba casi desierta. Bajábamos a las ocho y media de la mañana y corrías suelto, en redondo, te metías en la primera ola que te perseguía y escapabas. Cientos de veces el mismo juego. Y después, a correr hasta que casi te perdía de vista y volvías con alguna presa que habías encontrado: un ala de un pájaro, un huevo de algún pez. Cuando aparecía otro perro con su dueño, jugaban hasta agotarse. Si era muy grande te daba vueltas, rodabas, todo diversión.

Tu cabecita se fue formando con esos engramas. No es necesario que los recuerdes, están grabados y te hicieron el ser más puro y confiado que conozco. No conoces un bar que no sea pet friendly porque son los que frecuentamos. Para vos era lo más normal del mundo que te convidaran con galletas de perro y tuvieras un tazón de agua listo cuando regresabas de la playa lleno de sal y arena. Y encontrarte en el jardín de ese bar con tus amigos con los que habías jugado  a la orilla del mar. 

Das por supuesto que cuando alguien te mira, te ama. Y que los demás perros están siempre listos para olerte, dejar que los huelas, o que el esquivarse sea lúdico.

Cuando, después de dos meses, volvimos a San Isidro, temí que extrañaras la playa, habías vivido ahí la mitad de tu corta vida. Empezamos a vagabundear y cafetear por el barrio juntos. Encontramos otro bar encantador donde los perros son bienvenidos. Los dueños y los clientes habituales que van con sus mascotas, conocen más tu nombre que el mío.

Tu facilidad para aprender a hacer tus necesidades, o para dormir en tu cuna de la planta baja mientras yo me retiro arriba, a la mía, o de no escaparte a la calle cuando la puerta esta abierta y yo te digo :“Sancho, se queda”, no es consecuencia de mi autoridad, ni de un entrenamiento. Se fue dando, porque nuestra relación de confianza es mutua. Estoy convencida de que entendés cuando te hablo, nos miramos y es suficiente. No hay tristeza ni reclamos cuando vuelvo de hacer mi vida por unas horas fuera de casa.  Por tu cabecita no se cruza la idea de que no voy a volver. Tu reflejo condicionado te dice que salgo y vuelvo. Así es siempre.  Tus ojos siempre me miran tranquilos y confiados.

Me hace bien vivir al lado de un ser en el que se puede creer y que cuenta conmigo. Tu mundo perfecto me protege.

Quizá fui un poco egoísta al no mostrarte el otro costado de la vida. Hice igual con mi hija cuando me negué a contarle el verdadero cuento de “Caperucita Roja” y se lo cambié por otro menos cruel. Me daba vergüenza decirle que un lobo antropófago  había engullido a una abuela. Sin embargo, mi inocente niña de seis años un día me cuestionó que le había contado una versión falsa. Ella le creía a su amiga del colegio, por donde se había filtrado la verdadera. Es que siempre hay un día en el que nos enteramos de que los Reyes Magos son los padres o que el que grita “Oh, oh, oh” cuando  deja los regalos en Nochebuena no es Santa Claus sino un abuelo que se divierte imitándolo.

Sancho. Vicky Rego
Sancho. / Vicky Rego

Pero, perdón, Sancho, vos sos un perro y nadie te cuenta esas historias ridículas, ni te tengo que explicar que la Cigüeña no existe. Podés crecer en tu mundo feliz sin que nadie venga a “avivarte” de nada. Así decíamos cuando yo era chica y algún amigo nos abría los ojos, rompiendo la magia. De paso me prestás tu mundo donde yo también sigo siendo niña. Me meto en él como en una burbuja. Ni sabés qué es un televisor porque en casa no existe. Nada nos contamina.

Trabajar, escribir, leer, pasear, jugar, disfrutar nuestra vida juntos, y reunirnos con amigos. Así es nuestro micro mundo. Cuando viajo te dejo en casa con quien te cuida bien. Al volver me recibís feliz. No te sorprende mi regreso.

el mal acecha

Pero el mal acecha, porque la vida es equilibrio y la balanza no puede estar inclinada permanentemente hacia el bien. Si lo sabré. Tanto, que lo predico constantemente. Es muy fácil teorizar. Consolar a otro cuando le pasa algo terrible. Pero mientras, te protejo y creo que estando a tu lado, tu pureza nos asegurará a los dos la continuidad de este paraíso en el que vivimos hace un año y medio, cuando llegaste a casa.

¿Te acordás de mi cumpleaños cuando vino esa banda que tocó en el jardín lleno de mis amigos? Estabas en el medio, eras uno más. Enamoraste al dúo que tocó. A los pocos días, los encontramos en un café a la mañana y compartimos un rato junto con su perrito maltés con el que jugaste.

¿Y de mis tertulias literarias cuando nos juntábamos a leer y debatir? Una vez, Marcial Gala, mi amigo y escritor cubano dijo: “En este país los perros viven mejor que los chicos en Cuba”. Seguro tenía razón. Pero yo me planteo: si te hago pasar una vida peor: ¿los niños van a vivir mejor en Cuba? ¿en Afganistán? ¿vamos a evitar Ucrania? No es que yo quiera ser ciega a esos horrores. Pero es como cuando yo era chica, no quería comer y mi madre me decía que debía hacerlo porque había otros que morían de hambre. Yo pensaba: ah, entonces ¿si me como este plato inmundo de lentejas, voy a impedir el hambre en el mundo? Nadie me lo podía asegurar.

De eso te hablo, Sanchín. El hecho de que conozcas el sufrimiento no va a impedir la pesadilla de las guerras, ni los abusos a los más débiles, ni el analfabetismo, ni la desnutrición en muchas provincias de nuestro querido país.

Sin embargo, el Universo cartesiano que reduce todo a fórmulas de equilibrio, decide que el que es muy feliz y confiado debe pagar un impuesto. Como en el Antiguo Testamento: “Mira cómo me están  acechando: los poderosos se conjuran contra mí: sin rebeldía ni pecado de mi parte. Señor, sin culpa mía se disponen para el ataque.” Salmo 59, 4-5.

Por eso, el lunes, a la vuelta de una esquina y sin previo aviso, un pitbull hembra, se apareció detrás de un auto, cuando íbamos paseando y te atacó con todo el hambre de equilibrio y furia que puede existir. Estaba nerviosa ladrándose con otro perro que estaba detrás de la reja de una casa y —supongo— como no pudo con él vino a descargarse con vos que desconocés el descontrol y el enojo. El dueño de ese animal no estaba. Si bien existía, como lo demostraba su impecable collar rosa y la pulcritud de su pelaje.

En segundos tu pelo blanco se llenó de sangre; el aire, de tus gritos de dolor y de los míos pidiendo ayuda. Le levanté las patas de atrás porque me habían dicho que eso es lo que había que hacer en esa situación. Ya sé que no sirvió, perdóname. Sé que seguías sufriendo. No podía dejarte e ir a buscar un tronco, o algo con qué pegarle, entonces le empecé a dar con mis puños, mis ridículos puños, en la cabeza, hasta amoratarme. Nada. De pronto, y por la ley del equilibrio, apareció corriendo un ángel llamado Santiago que vino a socorrernos. Había dejado su puesto de trabajo en un consultorio médico al oír mis gritos, y se dispuso a salvarte. Tomó la cabeza de tu atacante —no sé de dónde sacó coraje— y empezó a tirar de ella hasta que logró que te soltara. Te levanté en brazos, todo ensangrentado y empecé a caminar hacia la clínica veterinaria que teníamos cerca. Santiago, tomó a la pitbull  del collar y le pidió a un vecino que se había asomado para ver qué pasaba, una cuerda para atarla. La respuesta, tirando la balanza para el lado negro de la vida, fue que lo lamentaba, pero que no tenía. Santiago soltó entonces al animal y corrió a acompañarnos a la consulta. Te atendieron con urgencia. Ya sé que te hicieron cosas con las que te sentiste más agredido. Y que despertó tu instinto agresivo que tenías escondido. Te perdono los tarascones que me diste cuando intentaba tenerte la cabecita para que te pelaran, te curaran las heridas y te inyectaran medicación.

Santiago se quedó con nosotros hasta que nos pudimos ir, después de dos horas de observación. Fue a buscar su auto y nos llevó a casa.

Te cuento ahora todo esto para que no te quedes con la idea de que nuestro paraíso se convirtió para siempre en una película de horror. No. Es como el cuento que nunca te conté de “La bella durmiente”, donde un hada resentida condena a una muerte futura a la princesa bebé, pero enseguida aparece la otra, que revierte la maldición y la salva.

Toda esta semana, mientras te recuperabas, me mirabas con interrogación. Tus ojos color miel pedían explicación, mientras las heridas se iban cerrando, y yo no sabía cómo aclararle a un perro lo que no me animo a decirle a un niño. Tarde se entera de que existen las guerras, o de que otros a su edad mueren de hambre y jamás tienen los juguetes que él recibe como si fuera lo más común del mundo.

Lo que yo no quise enseñarte, vino la entrometida vida y te lo mostró, así, de un zarpazo casi mortal. Pero sigamos confiando, Sanchín, que siempre hay Santiagos que compensan con valentía y mucho amor, todo el horror que otros disparan.

Porque, y eso sí te lo voy a explicar, el mal siempre viene del hombre. Porque esa hembra que fue el monstruo de este episodio, existe porque a los seres humanos se les ocurrió cruzar genes para inventar una raza temible, guardiana, que ya no debería reproducirse más. A ella la trajeron al mundo sin pedirlo. Y no conforme con eso, hay otros hombres que los compran, y los dejan sueltos sin hacerse cargo de las vidas que corren peligro. Porque han asesinado niños, personas y matado a muchos otros perros.

Otros hombres se suman a esta cadena de culpables: los funcionarios públicos de la Municipalidad de San Isidro, Provincia de Buenos Aires —Centro de Zoonosis—, donde intenté hacer la denuncia. La respuesta fue que no había lugar mientras el animal no atacara a una persona. Les insistí en que la tomaran como advertencia de que un animal de tal raza, hembra, y con determinadas características estaba suelto en ese momento en la calle tal. No, nada podían hacer. Sin embargo, el artículo 5 de la Ley 5220 (Provincia de Buenos Aires) dice bien claro: “Prohíbese la circulación de perros sueltos por la vía pública”. No hay humano a quien dirigirse para que se cumpla. Hasta que no haya un chico muerto, el peligro seguirá suelto.

Ya sé que no entendés nada de leyes, y que te vengo a hablar ahora de todo esto, cuando el mal ya está hecho.  Solo quiero que vuelvas a jugar con otros perros,  te aseguro que son todos mucho mejores que los de mi especie. Porque hasta esa odiosa perra si hubiera querido matarte lo habría hecho. Cuando su mandíbula se cierra no se abre. Ella te perforó por todos lados, pero no cerró la mandíbula. Los hombres están esperando que lo haga, para dejar que se enfríe el café en su escritorio, tomarse el trabajo de registrar la denuncia y  penalizar al responsable. @mundiario

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