Buscar

MUNDIARIO

Oímos con el cerebro

La capacidad auditiva tiende a disminuir cuando pasan los años y la comprensión de las palabras se hace menos precisa. La atención se desgasta y, si no se trata a tiempo, el aislamiento y falta de estímulo pueden ocasionar problemas cognitivos.
Oímos con el cerebro
Oímos con el cerebro.
Oímos con el cerebro.

Firma

Vicky Rego

Vicky Rego

La autora, VICKY REGO, es audióloga y docente en la Universidad del Salvador. Especializada también en traducción en la Allliance Française ha escrito poemas y cuentos, algunos publicados como Un beso tímido y La otra historia. Tradujo del francés la novela Sans moi, de Marie Desplechin, y trabajó para la revista Elle. FEFO es su primera novela, editada en Buenos Aires por Multiediciones; le siguieron Por un momento para siempre (Amazon) y está en camino la tercera, aún sin título. @mundiario

“Lo que pasa es que hablan para adentro, yo oigo perfectamente, pero si no modulan bien es imposible entender”.

En toda relación humana, al fallar la comunicación se tiende a responsabilizar al otro. Distinto es cuando, pasados los cuarenta, hay que empezar a alejar el periódico para poder leer. Nadie piensa: “cada vez escriben peor”. La vista es más autocrítica que el oído. Porque oír es comunicarse, y no hay nada más complejo entre los humanos.

La capacidad auditiva tiende a disminuir cuando pasan los años y la comprensión de las palabras se hace menos precisa. La atención se desgasta y, si no se trata a tiempo, el aislamiento y falta de estímulo pueden ocasionar problemas cognitivos.

El desgaste se produce en las células ciliadas del oído interno. Las primeras en sufrirlo son las que detectan sonidos suaves y agudos. Las consonantes como la “t”, la “s”, la “f”, la “j”, la “l”, la “ñ” en español, son agudas y se pronuncian a muy baja intensidad. Imposible gritar una “s” , una “f” o una “t”.  Si no se tiene buena audición en esas frecuencias, se confunden palabras como “setenta” y “sesenta”, “taza” y “pasa”, “”sello” y “bello”.

Pero claro, para eso está el cerebro que no es ningún tonto y se ocupa de asociar enseguida la palabra al tema del que se está hablando. Entonces si la hija le dice a la madre si quiere una taza de té, no va a entender “pasa de té”. Si al hacer un trámite se exige que se ponga un sello, nadie va a pensar en que  “hace falta un bello”.  Para hacer esas suplencias mentales, el cerebro hace un esfuerzo, la atención se desgasta y en una reunión, cuesta participar, se pierde interés, da vergüenza  pedir que se repita lo que no se entendió. “Mejor me quedo en casa, ¡para lo que hay que oír!”

Es un círculo del que es difícil salir. La familia y los amigos creen que les cambió el carácter, que ya no es la misma persona y, de a poco, los estímulos disminuyen y la actividad cerebral se va debilitando.

La memoria se resquebraja, la fatiga aumenta, también la desconexión con el entorno que lleva a veces hasta a la depresión.

Otro trabajo que hace el cerebro, aunque no es muy bien recibido por su dueño, es el de generar sonidos similares a las frecuencias que no se oyen bien. Entonces se perciben “pitidos”, o “zumbidos” que suelen resultar molestos, angustian porque se los confunde con síntomas de una enfermedad. Se llaman “acúfenos” o “tinnitus”.  Son sonidos fantasmas que atemorizan si se cree que no se los puede combatir. Hay muchas herramientas para tratarlos. Desde corregir la audición aumentando con audífonos las frecuencias debilitadas, hasta la terapia sonora o de habituación.

Se tiene la idea equivocada de que la discapacidad auditiva es sordera. “Pero si yo oigo perfectamente, lo que pasa es que no entiendo”. La sordera es la pérdida total de audición, como la ceguera de la vista. Pero la hipoacusia es el deterioro parcial, como cuando se necesitan anteojos para ver de cerca, o de lejos.

Usar audífonos ayuda a evitar el deterioro. A ahuyentar los fantasmas sonoros que aparecen donde nadie los llamó. A vivir conectado con el mundo, aunque a veces no sea tan amigable como nos gustaría. @mundiario