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MUNDIARIO

El impacto del coronavirus en la salud mental

Si sentimos ansiedad, tenemos que plantearnos desactivar las notificaciones automáticas y las novedades sobre el Covid-19.
El impacto del coronavirus en la salud mental
Miedo. / Gerd Altmann. / Pixabay
Miedo. / Gerd Altmann. / Pixabay

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Laura Valenciano Nadal

Laura Valenciano Nadal

La autora, LAURA VALENCIANO, es psicóloga especialista en clínica.

La expansión del COVID-19 hasta ahora desconocido para la ciencia y causante de una neumonía que puede ser fatal ha desatado la preocupación, incluso la histeria, en todo el mundo. Las estimaciones actuales de mortalidad asociada al nuevo coronavirus lo sitúan en un rango parecido al de otras infecciones respiratorias serias causadas por virus. Y es que de China ha pasado ya a otros países como Corea del Sur, Irán o Italia, un país que sentimos aún más cercano, ya en Europa. Y precisamente esa cercanía hace que, de forma inconsciente, aumente el miedo al contagio. Unas emociones que debemos controlar.

En realidad, hay que combatir el miedo o temor con la razón, ya que sino este los agudiza y la ansiedad los paraliza. El pánico con la paciencia y la incertidumbre con la información. Cuando se trata de detectar el peligro y reaccionar frente a él, somos lagartijas emocionales, actuamos con nuestro cerebro primitivo.

Es una oportunidad para aprender sobre la higiene sanitaria y la forma de no expandir la propagación de múltiples enfermedades transmisibles en nuestra sociedad. Por eso, es bueno asumir este objetivo unidos por la paciencia, tolerancia, colaboración y cooperación y, por acceder a la verdad, en lugar de basarnos en especulaciones y cataclismos, ya que el miedo, arrebata a la mente la capacidad de actuar y razonar.

Por otro lado, quiero hacer una diferencia entre sentir inquietud y estar ansioso hasta el punto de que la preocupación dificulta el sueño y la vida diaria. La sobrecarga de información falsa y la acumulación de preocupaciones tienen nefastas consecuencias en el bienestar físico y psicológico y pueden acelerar la mente a una velocidad aterradora. La ansiedad con miedo y el miedo con ansiedad contribuyen a robarle al ser humano sus cualidades más esenciales. Una de ellas es la reflexión.

La inquietud es un signo de conexión con la realidad que produce miedo pero el pánico es algo diferente (no hay que anticipar preocupaciones por lo que a lo mejor nunca sucederá). El pánico no deja vivir a las personas y tenemos que seguir viviendo con las restricciones que nos impongan. Ambos sentimientos se contagian. Sin embargo, existe una diferencia entre ellas. El miedo es una emoción que surge cuando interpretamos una situación como peligrosa. Éste tiene como objetivo alertarnos y empujarnos a tomar medidas para evitar el peligro (huir, luchar o pedir ayuda).

En el caso del pánico, sería una reacción desmesurada a la situación percibida e irracional. El pánico se consideraría un miedo extremo, incontrolado, que suele ir acompañado de varios síntomas posteriores (palpitaciones rápidas o violentas con elevación de la frecuencia cardíaca, dolores en el pecho, vértigo, mareo, náusea, inestabilidad, dificultad para respirar, transpiración o escalofrío, cosquilleo o entumecimiento en las manos, sensación de estar soñando o deformación de percepción, terror, miedo de perder el control o de morir, angustia, etc).

Si sentimos ansiedad, tenemos que plantearnos desactivar las notificaciones automáticas y las novedades sobre el COVID-19. En su lugar, es mejor consultar con menor frecuencia las fuentes de información fiables e imparciales. La información puede ser tranquilizante si está basada en hechos reales. A menudo es la intolerancia a la incertidumbre lo que perpetúa la ansiedad, en lugar del miedo a la propia enfermedad. Además y añado, hay que ser conscientes de lo que nos provoca malestar o ansiedad, y no son los eventos, sino como vinculamos las emociones a éstos.

Con todo lo expuesto, si pensamos que la preocupación no elimina el dolor del mañana, sino que elimina la fuerza del hoy, ¿qué utilidad tiene?

Una cosa es pensar por algo concreto que necesita ser atendido y abordado, dándole la necesaria prioridad. Otra cosa distinta sería enfocarnos e imaginar los peores escenarios posibles, reflexionando sobre acontecimientos y valorando probabilidades y futuribles. En definitiva, dirigiendo nuestra atención hacia aspectos sobre los que no tenemos control. El poco racionalismo pasa a ser considerado como la amenaza principal, contribuyendo a pensamientos de falta de control y sufrimiento, que alimentan las emociones negativas originales.

A veces, nos puede parecer que la preocupación es beneficiosa, pero solo se trata de un engaño. Nos han vendido que preocuparse es de personas responsables y que gracias a ella podemos resolver más eficientemente los problemas. En realidad esto no es cierto, ya que lo único que puede resolver nuestros problemas o mejor dicho interrogantes es, nuevamente, el control que tengamos sobre nuestros pensamientos, que podemos emplear para ocuparnos de ellos. Si son resolubles ayudarán a encontrar una solución y si no lo son a integrarnos y a adaptarnos. Pensar constantemente en el coronavirus puede hacer que aparezcan o se acentúen síntomas que incrementen el malestar emocional causando que cada célula de nuestro cuerpo reaccione a todo lo que dice nuestro cerebro. @mundiario