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MUNDIARIO

Consumismo y felicidad: ¿son más felices los que gastan más?

Ir de compras nos puede ayudar a mejorar el estado de ánimo y el bienestar personal. El problema surge cuando ese afán materialista esconde carencias esenciales que desembocan en el consumo compulsivo. 
Consumismo y felicidad: ¿son más felices los que gastan más?
Compras. / Karolina Grabowska. / Pixabay
Compras. / Karolina Grabowska. / Pixabay

Claudia Silver

Colaboradora.

Vivimos en una sociedad de consumo. Las campañas de marketing, ingeniosas y atractivas, nos bombardean a través de los medios hasta crearnos la necesidad imperiosa de adquirir tal o cuál producto.

Todos hemos constatado, -no sin una sombra de sospecha-, que los juguetes, el coche o la lavadora no duran tanto como en décadas pasadas. ¿Quién no ha escuchado a sus mayores decir que las cosas ya no se fabrican como antes

Hasta no hace muchos años, se solía llevar a reparar lo que se estropeaba. Ahora lo habitual es sustituir el producto estropeado, cosa que, indudablemente, ocurre en un corto plazo.

El ejemplo más palpable del fenómeno consumista lo tenemos en los teléfonos móviles. ¿Quién no está dispuesto, -especialmente los más jóvenes-, a comprar el último modelo, aunque el anterior esté en perfecto estado de uso? Esto es lo que dicta la ley de la oferta y la demanda. 

¿Es el consumo un estilo de vida?

Las cosas que nos hacen felices son muy relativas. Para alguien con buen poder adquisitivo, ganar un par de millones en la bolsa puede ser un disgusto (¡esperaba ganar el doble!). Sin embargo, para alguien que llegue justo a fin de mes, la felicidad será poder pagar sus compras con préstamos a plazos para procurar el bienestar de su familia. Y seguramente, obtendrá más satisfacción personal. 

Sin duda, ir de compras nos puede ayudar a mejorar el estado de ánimo y el bienestar personal. El problema surge cuando ese afán materialista esconde carencias esenciales que desembocan en el consumo compulsivo. 

Son muchos los expertos que ponen el foco en algo más que evidente: el problema puede haberse gestado desde la más tierna infancia cuando unos padres, demasiado ocupados en otras tareas, pretendían suplir su despego a base de regalos. O cuando se ha vivido sin nada, y al verse con dinero la persona se entrega a un consumismo descontrolado. Los motivos pueden diferir, pero todos desembocan en lo mismo: consumo irracional.

En nuestra cultura occidental, el consumismo y materialismo forman parte de la educación general en la que pocos se conforman con tener cubiertas las necesidades básicas. La opción de poder realizar compras a plazos, a través de préstamos o tarjetas de crédito, nos hace la vida más fácil y ¿por qué no?, mucho más agradable. Poder darse un capricho es algo que a todos nos gusta. Como dice el refrán: “¿A quién le amarga un dulce?”

Consumir no es negativo en sí mismo. No olvidemos que el consumo es el motor de nuestra economía. El problema es utilizarlo para alcanzar una felicidad que la realidad niega. Es decir, poner nuestras expectativas en la opción equivocada.

¿Consumir más nos hace más felices?

Rotundamente no. A pesar de lo que digan los spots publicitarios, tener un automóvil de alta gama, ropa de marca o vivir a todo lujo no nos hace más felices. Como mucho, conseguir bienes materiales aporta una satisfacción momentánea que termina por desaparecer al cabo de poco tiempo. Otra cosa es consumir productos necesarios en el contexto social de hoy en día (ordenador, tablet,), que además de dispositivos de trabajo también se utilizan para el ocio. Está claro que para vivir necesitamos un mínimo de dinero para mirar al futuro sin angustia, o al menos sin excesiva preocupación. Pero en ningún caso la felicidad ha de ser equivalente al poderío económico.

Esta evidencia debería hacernos poner el foco en otro lugar.

Existen infinidad de opciones para divertirse y disfrutar de grandes momentos sin involucrar el consumo. ¿Llega el fin de semana y nuestros planes pasan por quedar en bares y restaurantes? Viajes, cines, copas… Está claro que todas estas actividades nos gustan y nos divierten. Pero demos otra vuelta de tuerca y vayamos un paso más allá. 

Si lo pensamos bien, lo que realmente nos hace felices son las relaciones sociales, compartir el tiempo, los momentos, contar cosas. Escuchar y que nos escuchen. Estar con los amigos, con los hijos, con la familia. Seguramente, si nos preguntaran por un momento, por un recuerdo feliz, todos contestaríamos más o menos lo mismo: unas risas en buena compañía, el nacimiento de nuestros hijos o un paseo en familia.

¡Sí al consumo, no al exceso!

En resumen. Consumir sí porque es necesario para el sostenimiento de la economía. La cuestión es elegir el tipo de consumo que realizamos. Ir al cine a ver la última película de estreno, está bien. ¡Pero es mucho mejor comentarla con los amigos! 

Este sería el mejor consejo: fifty-fifty, moderación, racionalidad.  Ser conscientes de que los excesos siempre esconden una serie de carencias. Tener esta verdad en mente nos ayudará a valorar las cosas de otra manera, a actuar de forma racional y huir de los comportamientos impulsivos. 

En resumen, a vivir de otra forma, con mucho menos y seguramente, siendo más felices.