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Arroz entre dos Mares, Cantábrico y Mediterráneo

En un paraje fantástico, lleno de belleza y transparencia, se encuentra Casa Salvador, con el respaldo de 60 años de cocina, sin cerrarla ni un solo día, gracias al esfuerzo y la constancia de los hermanos, Concha, Juan José y Salvador.

Arroz entre dos Mares, Cantábrico y Mediterráneo
Casa Salvador. / Mundiario
Casa Salvador. / Mundiario

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Pati Blanco

Pati Blanco

El autor, PATI BLANCO, es poeta y periodista. Colabora en MUNDIARIO, donde mantiene la sección De Pati en Blanco. @mundiario

Una de mis últimas experiencias gastronómicas va de la mano de mi actividad profesional, lo que me permite aprovechar algún que otro viaje para ir cubriendo una trayectoria de experiencias inolvidables, en donde la amistad preside los encuentros y las raíces de los productos a su tierra, a su realidad cultural y geográfica, se convierten en los denominadores comunes de cualquier experiencia. En esta ocasión, ha sido el arroz el que se ha prestado para unir dos mares tan turísticos y gastronómicos, como el Cantábrico y el Mediterráneo. Un Arroz entre dos Mares, o mejor dicho, dos arroces de contraste ya que en esta ocasión, los dos han “puesto los cuernos” a sus costas para incorporar ingredientes de la tierra.

El denominador común, además del arroz, es la solera de los dos locales, su cocina de recorrido, en tradición y experiencia, y el valor paisajístico de sus respectivos emplazamientos, lo que permite organizar su visita complementándola con otros atractivos turísticos, además de su buena comunicación con grandes ciudades, Gijón, Valencia o Alicante lo que se presta para ser estación de parada de un programa de fin de semana.

Por orden cronológico de visita y de Norte a Este, empezamos por el primero. El escenario, el Restaurante Venta la Esperanza, situado a 10 minutos de Gijón aunque pertenece al Concejo de Villaviciosa en el lugar de Quintueles, en el mismo cruce que se dirige hacia Quintes. Según entras, la cocina a olor casero se respira desde la barra y te invade en el comedor. Los platos y las especialidades escritas con tiza en la pizarra son la primera provocación, aunque te sientes y te entretengas con una carta muy completa llena de platos típicos asturianos.

Eramos varios compañeros y optamos por raciones para compartir, aunque yo desde el primer momento tenía claro cual sería mi actor principal en aquel escenario, el Arroz con Pitu. Reconozco que nunca lo había pedido así, soy un enamorado del Pitu asturiano y del Pollo y el Gallo de Corral Gallego, pero mayoritariamente lo había tomado guisado, teniendo como referencia de alta gama el que pone Pedro Morán en su Santuario de Casa Gerardo.  En esta ocasión la sugerencia de la carta era el arroz de Pitu y allá fui, de cabeza.

Antes, para abrir boca, nos deleitamos con la cocina del Restaurante Venta la Esperanza, probando unos Chipirones al Pedro Ximénez riquísimos, y una tapita de Callos, muy troceados y caseros, para tomar con cuchara pequeña, cada bocado hacia saltar las lágrimas. El Arroz con Pitu, estaba muy jugoso, aderezado con un poco de pimiento rojo y con los granos empapados del jugo de la cocción, invadiendo los trozos de pollo, perfectamente cortados y distribuidos para su degustación, pero haciendo del arroz y el Pitu un sólo bocado. La ingestión fue lenta pero de recorrido. Para acompañarla optamos por recuperar un clásico de las Bodegas de los años 90, un Rioja Bordón crianza, el equilibrio perfecto para prolongar la degustación hasta el tope del disfrute. Para refrescar el paladar nos despedimos con un Helado de Turrón sorprendente por su cremosidad, todo un descubrimiento.

Con un día de intermedio entre viaje y viaje, iniciamos nuestro periplo en el aeropuerto de Santiago en vuelo directo a Valencia. Después de una jornada de trabajo, no podíamos despedirnos sin el antojo de un buen arroz y optamos por un restaurante tradicional, contrastado en su gran hacer con los arroces y de corte familiar, como el asturiano Venta la Esperanza. Nos dirigimos por la autopista hacia Cullera y en su Estany, en un paraje fantástico, lleno de belleza y transparencia, se encuentra Casa Salvador, con el respaldo de 60 años de cocina, sin cerrarla ni un solo día, gracias al esfuerzo y la constancia de los hermanos, Concha, Juan José y Salvador.

Llegamos a la caída del día y pudimos asistir a un anochecer exclusivo, como se ve en la instantánea de portada. El reflejo de la noche sobre el lago le confería un color único a los contrastes de luz sobre el agua y las barcas, mientras nos asomábamos a escuchar la banda sonora del crujir de las bandadas de patos. El clima no nos permitió cenar en la terraza, pero de cara al verano tiene que ser un lujo disfrutar del maridaje del arroz y las vistas.

Con esa bienvenida, todo estaba predispuesto para dejarnos querer. Para darle protagonismo al arroz y al tratarse de cena, quisimos ser discretos con los entrantes y optamos por un Carpaccio de tomate valenciano con ventisca de atún, piñones y albahaca. En vez de ser un trámite supuso un plato exquisito, con unos tomates de considerable dimensión, de corte sutil y con un aderezo increíble de todo el plato. En total cuentan, entre fríos y calientes, con una opción de 37 entrantes, en donde los productos de la tierra tienen su gran protagonismo.

Enfrentarse a la carta de los arroces  es todo un desafío, sobre todo cuando solo tienes un día para disfrutar de Casa Salvador. Hay dos categorías, Arroces en paellas y Arroces melosos y caldosos. En total 35 especialidades. Nosotros optamos por la Paella Congreso, en donde el arroz se prepara con conejo, setas y trufa. La elección estuvo inclinada por la originalidad de los ingredientes, por ser menos habituales en los arroces del norte, además nos apetecía compartir el arroz trasegándolo directamente de la paellera a la boca. Fue un auténtico espectáculo.

Después de cada bocado había que detenerse para pensar lo bueno que estaba, perfecto en su ejecución y un acierto total la elección. Fuimos recortando el arroz como si recorriésemos un trayecto de costa hasta reducirlo del todo recreándonos en el socarras. Para acompañar elegimos, por sugerencia, un vino rosado de cuatro uvas tintas de la tierra, sirah, tempranillo, garnacha y merlot. Fresco y sin acidez, un cómplice ideal para una maravillosa cena a la que pusimos el broche de oro con un Helado de aceite para compartir. @mundiario