Yoga, la mirada hacia dentro y hacia afuera de Emmanuel Carrère

Portada de Yoga, de Emmanuel Carrère. Editorial Anagrama.
Portada de Yoga, de Emmanuel Carrère. / Editorial Anagrama.

En Yoga, el autor francés se observa mucho a sí mismo, intenta sacar algo en claro de un suceso terriblemente paralizador; pero también mira hacia afuera

Yoga, la mirada hacia dentro y hacia afuera de Emmanuel Carrère

Leer Yoga es escuchar largamente el lento monólogo de un gran conversador que se refiere a sí mismo y a su entorno inmediato, y lo hace desde un tono que supera lo confidencial y alcanza a ser un transmisible y necesario testimonio. Emmanuel Carrère me habla desde su magnífica prosa, hecha de cuidadosa reflexión, de distintos y suaves engranajes, de pequeños relatos ajenos traídos muy pertinentemente, de relatos propios narrados desde la actitud de quien requiere para sí mismo, para la vida que él representa, al menos un atisbo de comprensión.  

Carrére dice que solo ha escrito dos libros plenamente autobiográficos, en los que ha puesto su punto de mira en él mismo: Una novela rusa y esta su última obra. En los demás, él simplemente ocupa el lugar del narrador, pero su mirada está más plenamente dirigida hacia los otros. Y es que esto es una cuestión de proporciones. En Yoga, el autor francés se observa mucho a sí mismo, intenta sacar algo en claro de un suceso terriblemente paralizador; pero también mira hacia afuera, y son esos momentos, precisamente, en los que encuentro las mejores páginas, la mirada más bella hecha de una melodía de palabras que eleva su medida concisión hasta alturas perdurables.

Digamos que Yoga es la múltiple entrada de un diario a posteriori en el que se registran hechos capitales, los muy dolorosos y significativos que a su autor le han acaecido en los últimos tres años. La intención inicial era escribir un libro sobre el yoga, término que, para él, también abarca lo que entendemos por meditación y otras prácticas: “Entiendo el yoga en un sentido muy amplio: el taichí es una forma de yoga. El sexo puede ser una forma de yoga”. Pretendía escribir un libro amable, hablar de sus beneficios, tal vez porque él podía corroborarlos, porque en ese momento se sentía muy bien, sin anuncios de un desastre. Pero el libro inicial acabó transformado, supeditándose a la irrupción de fuertes vivencias. La mayor, es esa imprevista y arrasadora tercera depresión grave que padece, por la que tiene que ser ingresado en una clínica durante cuatro meses. Pero ahora se suma un nuevo diagnóstico, el de su bipolaridad, que le hace revisar desde un nuevo sesgo toda su vida.

De este periodo, apenas puede hablar, pues le han quedado solo unas sensaciones que recuerda brumosamente. Pero lo hace a partir de los detallados informes clínicos en los que se describen los demoledores episodios anímicos que derivan en pensamientos suicidas. Otro punto de vista muy interesante que recoge y admira, es el de un periodista, Wyatt Mason, del New York Tomes Magazine, que, en el periodo anterior a la agudización máxima de su enfermedad, pasa con él dos tardes para una entrevista. Desde un primer momento lo cala con su aguda perspicacia. Capta su desnudez y, en el centro de la misma, estallante, su depresión, que aún no ha alcanzado su punto más álgido, pero que está próxima a ello. En su artículo, describe a un hombre que, por mucho que lo disimule, está sometido a un sufrimiento espantoso.

El motivo de la depresión casi nunca está claro, probablemente se derive de unos procesos químicos apoyados en circunstancias en otro momento inofensivas. Además, en este caso, en esta historia, pasamos por una elipsis obligada, la que excluye la relación del autor con su esposa, la narración de su ruptura. Ella le impuso esa exclusión, que él tuvo que aceptar pese a considerar que había escrito muy benévolamente sobre ella.

Por otra parte, Carrère, ha reconocido en una entrevista, y también en los capítulos finales del libro, que en su narración hay una pequeña parte de ficción, tal vez un cinco o diez por ciento. Esta se centra en el desarrollo de la historia de dos mujeres que conoció, pero con las que no sucedió aquello que aquí se nos cuenta: “Es la fatalidad que sucede, creo cuando empiezas a cambiar los nombres propios: la ficción toma el poder y, como decía Emmanuel Guilhen, es la puerta abierta a todas las ventanas”. Al final, Carrére se permite jugar, realizar una exhibición de ese difícil equilibrio que tan bien maneja, en la delgada línea que en una novela separa lo real de lo ficticio, en las intrusiones de la imaginación para acabar de expresar lo que el relato que nos hacemos de nuestra realidad no acaba de contarnos.

El libro está estructurado en cinco partes formadas por capítulos muy breves, titulados de modo que un repaso del índice puede facilitarnos una personalizada relectura parcial. En la primera, en la que narra su retiro para unas jornadas de meditación Vipassana, es en la que más se desarrolla el original motivo del libro, su experiencia en la monacal inmersión en ese método. En la segunda, abandonamos con él precipitadamente su apartamiento, y lo acompañamos hasta unas particulares consecuencias del múltiple atentado de Charlie Hebdo. Después, nos describe su terrible ingreso en la depresión. La parte siguiente, es tal vez la que más me ha emocionado, la que describe su estancia en la isla griega de Leros, en plena crisis de los refugiados. De allí, nos habla de su estrecho contacto con varios chicos de distinta nacionalidad, pero también de la relación entrañable que vive con una cooperante, Erika, una mujer que guarda un lado misterioso y cuya historia es una de las dos que desarrolla con elementos de la ficción.

La última parte, Sigo sin morirme, es un intento de llegar a una conclusión. El final feliz es aquí la afirmación de un presente precario, porque no sabe cuándo su vaivén emocional lo arrastrará a otro terrible lugar (aunque confía en tener ya un diagnóstico, en la ciencia que ha descubierto que el litio puede aminorar la intensidad de sus extremos). En su ingreso hospitalario, tras los electroshocks, en su despertar, lo primero que veía era el cartel anunciador de una exposición del pintor Raoul Dufy: “Esta playa, este cuadro, este cartel, es para mí el espectáculo más triste del mundo, y no solo el más triste: el más aterrador. Espero no verlo nunca más”. Al final del libro —y también antes, en algún momento— parece verterse un descreimiento de esas técnicas en torno al yoga, cuando aíslan de la vida cotidiana, si separan del acto espontáneo e imprevisible.

El canto último es a un maravilloso instante del ahora, en el que el más creciente enamoramiento —no importa su segura fugacidad— se convierte en motivo de afirmación de la vida. Esa joven a la que ha conocido aplica las posturas yóguicas como un juego: “En equilibrio, sobre sus brazos tensados, con las piernas rectas hacia el cielo y el vientre en el aire, sonríe al hombre al que ella también empieza a amar, y este hombre soy yo, en este momento de su vida y la mía, y sé que la marina de Dufy me espera, sé que no podré escapar, pero este día me importa un comino, este día estoy plenamente feliz por estar vivo”. Ahora, Carrère, en contra de lo que había pensado defender, admira a esa mujer que practica el yoga como mera gimnasia. A ella, su otrora adorado Patanjali no le dice nada. No tiene el menor deseo de salir del samsara. Y él la aprueba: “El samsara se llama también la vida y la vida está bien, digan lo que digan Patanjali y los suyos”. Al fin y al cabo, un escritor no puede refugiarse de la vida, no puede dejar de atender las impresiones que le regala la existencia; tiene que afrontar, con la máxima y más emocionada atención, los imponderables sucesos, las porciones de belleza rescatables de la gran confusión. @mundiario 

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