Virginia Woolf: las alegrías y los padecimientos de una escritora

La escritora inglesa Virginia Woolf
La escritora inglesa Virginia Woolf. /RR SS.

La actividad literaria le supuso a la escritora, tanto como placer y satisfacciones, terribles dudas sobre sus logros, e incluso sobre la necesidad de seguir cultivando su arte.

Virginia Woolf: las alegrías y los padecimientos de una escritora

Acabo de terminar la lectura de Virginia Wolf. Escenas de una vida: matrimonio, amigos y escritura, una selección de sus diarios, trabajo que es muy de agradecer y que he echado a faltar en algunas de mis lecturas de ese género, pues me hubiera evitado un exceso de páginas redundantes o anodinas. Hoy me limitaré a comentar las observaciones, nacidas de los apuntes de esta gran escritora inglesa, referidas exclusivamente a su vida de literata.

La primera parte del libro se centra en los comentarios de la escritora inglesa con respecto a amigos más o menos colegas. Se expresan allí los elementos de esas relaciones complejas, que eran para ella imprescindibles, pues decía necesitar de conversaciones cultas e inteligentes, y estas las podía tener con los importantes escritores que logró atraer, ya fuera por amistad directa o través de la relación establecida con los escritores que publicaban en la editorial, Hogarth Press, que su marido y ella fundaron.

Su relación con Katherine Mansfield no duró muchos años, debido a la temprana muerte de la escritora neozelandesa, y fue, como con todas sus amistades, frecuentemente contradictoria. Tal vez nada demasiado especial, pero que ella sí se atrevía a escribir en sus cuadernos, como si estos la tentasen a la sinceridad, a un examen de conciencia. Junto a la descripción de una amistad capaz de deparar, a ambas, momentos muy gratos, decía cosas como esta: “¿Qué más da si los periódicos elogian a Katherine y sus libros se venden cada vez más? Quiero decir que he encontrado una forma bastante útil de ponerla en su sitio: cuantos más encomios, más me persuado de que es una mala escritora…” Y, cuando murió, se preguntaba: “¿Qué sentí ante su muerte? ¿Una sensación de alivio: una rival menos?” Pero tenía el valor de reconocer sus celos: “Si me anima escribir que la critican es porque en el fondo creo que es una buena escritora”.

A veces, el problema con sus amistades era que, verdaderamente, no le gustaba su obra literaria, a ella, que era tan exigente, y este hecho le suponía una seria incomodidad: “¿Hay alguna salida digna para expresa que Lytton me parece mucho mejor que sus libros?”. Por eso, como podía, evitaba escribir reseñas sobre los libros de sus amigos. Algunos de estos escritores tenían éxitos masivos mediante el desarrollo de campos que a ella no le interesaban: “Creo que mis señales distintivas como escritora son el enfoque original y la precisión expresiva… Detesto escribir prosa suave, pero reconozco que Vita es hábil y que su voz a veces suena como el oro”. Con esta Vita parece que Woolf tuvo una relación íntima que confirmaría su carácter bisexual: “No sé si estoy enamorada de ella. Supongo que, antes que nada, debería saber qué es el amor”. Aunque, si atendemos a lo que dice de ella Laura Freixas, en una conferencia, parece que apenas consumó el matrimonio con Leonard Woolf, pues no estaba muy llamada por el sexo.

Al parecer, pese a ser una mujer débil en momentos o periodos concretos, debido a las depresiones que padeció desde edad muy temprana, poseía una imponente personalidad. De su relación con E.M. Forster, comentaba: “Nos saludamos con mucha cordialidad, aunque noto que una parte importante de él se retrae ante una mujer como yo, una mujer inteligente, una mujer de su tiempo”. Su relación con T.S. Eliot también fue difícil: “Lástima que Tom no admire mis libros”. “Percibo en Tom una corriente esquiva, incómoda, resentida… algo de lo que solo podría librarse si recibiese una lluvia de elogios, que por mi parte no va a conseguir”. Pero, por otra parte, le disgustaba perder cierto respeto por él: “Elliot nos hizo una visita muy agradable, aunque me decepciona un poco ya no tenerle miedo”. Al final, lo veía como a un poeta solemne que nada tenía que ver con el hombre desgraciado que era, especialmente debido a la relación con su esposa, que le daba numerosos problemas a causa de su enfermedad mental.

El problema de Virginia Wolf era el que, más o menos, muchos escritores padecen; esa egolatría que los sume en la ansiedad por obtener un buen feedback de los demás y que les hace incapaces de valorar o atender lo ajeno porque están obsesivamente centrados en lo propio. Tras un encuentro con Forster, dice: “No dijo nada sobre la Dalloway, y yo me mantuve muy digna y no pregunté. Me tranquilicé recordando que algunas personas tardan semanas en terminar un libro”. Por otro lado, reconocía la incoherencia en la que incurría al no comprar nunca libros nuevos, y que, de las reseñas, buscaba solo dos frases decisivas, mientras que ella ponía todo su empeño en cada una de ellas como si fuese a ser juzgada por un alto tribunal. Su opinión de los demás escritores, solía ser bastante crítica, pero hay excepciones: “El gran escritor que me niego a leer cuando estoy corrigiendo, para evitar su influencia, es Proust”; o reconocía: “Estoy poco dotada para para amar al prójimo, pero no puedo evitar sentir algo de pena hacia los infelices que no leen a Shakespeare”. Sin embargo, su opinión sobre muchos colegas encumbrados era demoledora: “Los libros de Chesterton son un montón de ideas extrañas y romas expresadas con pedantería”. O sobre Bernard Shaw: “Es un ladrido de vulgaridad, una prosa envenenada de sordidez, no ha escrito en toda su vida una buena frase”. Sobre el Ulises, de Joyce, decía: “Estoy convencida de que es un libro fallido. Joyce es un hombre talentoso, pero se trata de un talento de segunda categoría…”

La actividad literaria le supuso a la escritora inglesa, tanto como placer y satisfacciones, terribles dudas sobre sus logros, e incluso sobre la necesidad de seguir cultivando su arte: “Mi vida es maravillosa si exceptuamos Las olas. Mi jornada laboral se salda con dos horas de prosa insustancial a la que he dedicado grandes esfuerzos. Escribo muchas variaciones de cada frase, Y todas son débiles, tentativas equivocadas”. En este libro, Gonzalo Torné recoge una gran muestra de los comentarios que la escritora iba haciendo sobre el proceso de creación de cada uno de sus libros. En ellos vemos que su dependencia de la crítica era enorme. Sobre su primera novela, Noche y día, escribió: “Si logra alguna resonancia crítica mi alegría será momentánea, pero si sufre grandes críticas perderé los motivos que me empujaban a escribir”. Cuando estaba escribiendo una novela, se imaginaba todas aquellas críticas que se le podrían hacer, pues es indudable que toda obra, hasta la mejor, es criticable desde algunos puntos de vista: “En The Times serán benévolos, aunque cautos. Advertirán a la señora Woolf que debe ser cautelosa con el virtuosismo, con el exceso de oscuridad, con sus dotes naturales…  El juicio predominante será que estoy demasiado enamorada del sonido de mi voz, y que ese encantamiento me priva de proporcionarle sustancia a mis historias”.

Sus dudas eran recurrentes: “Mi libro es una piltrafa y de madrugada me despierto y se me llena la cabeza de horribles presentimientos sobre su valor (en el proceso de escritura El libro de Jacob)”. Pero esas dudas iban más allá y también se referían a qué era lo que verdaderamente pretendía con sus libros: “Pero en estos diez días que el libro lleva a la venta hemos vendido poquísimo. ¡Tampoco me importa! Pero entonces, ¿qué es lo que me importa?” Pero, ¿cómo debería verse a sí misma, a su obra?: “Soy incapaz de decidir si soy una gran escritora o una farsante. El Daily News me despacha como una mujer de gran sensibilidad. The Pall Mall me ignora con cierto desdén. Y eso es lo que he esperado siempre: burla y displicencia”.

El proceso de escritura la somete a un vaivén de sensaciones extremas: “Estoy desesperada: el libro es malísimo, no logro entender cómo he podido escribir algo tan espantoso… Y tan enfático… Bueno, esto es lo que pensaba ayer, hoy reviso el material, y vuelve a parecerme bien. Escribo esto para que las Virginias del futuro recuerden de qué va la cosa: arriba y abajo, arriba y abajo… ¿Cuál es el verdadero valor de lo que escribo? Solo Dios lo sabe”. Aunque hubo momentos, precarios, en los que vivió la soñada satisfacción: “Qué extraña sensación que se confirme que Orlando es una obra maestra. Todos los artículos inciden en lo mismo, en haberle entregado al mundo algo que al mundo le gusta”. Pero también reconocía: “El elogio apenas calienta, comparado con lo que escuece la crítica”.

Pero, por encima de las dudas, seguir escribiendo le resultaba imprescindible, porque sobre esa actividad estaba configurada casi exclusivamente su persona: “Cuando Desmond elogia a T.S. Eliot, me siento celosa, pero sé cómo canalizarlo, el surco que yo misma voy abriendo, no copiar el del otro. Solo así se justificará la escritura que es lo único que justifica mi vida”. Para no flaquear en esa actividad salvadora: “Lo más importarse es no preguntarse nunca si merece la pena”. De hecho: “Que te lean es un placer algo superficial comparado con escribir”. Y eso que el trabajo le resultaba muy duro: “Acabo de terminarlo (Las olas) y ya quiero volver a reescribirlo. Por fin comprendo ahora lo que mi mente ha estado persiguiendo, lo importante”. “Me reservé el día para escribir las páginas más brillantes de Orlando, pero no logré extraer ni una gota de prosa viva”. La escritura también tenía para ella una función terapéutica, aunque con efectos secundarios: “La melancolía mengua cuando escribo. ¿Debería escribir más a menudo? Supongo que sí, pero la vanidad me lo impide. Quiero escribir siempre bien, verme siempre como una triunfadora”.

Los vaivenes anímicos de la escritora son bastante equiparables a los de otros colegas. Así lo he podido comprobar en numerosos casos, en los de aquellos que no tuvieron vergüenza de confesarlo. No obstante, en el caso de Virginia Woolf, debido a su enfermedad mental, a la tendencia a la depresión que finalmente la condujo al suicidio, los vacíos y los sinsabores propios de la escritura pudo haberlos sufrido de una forma más aguda en algunos momentos. Es conocido su final, los pasos que dio hasta el fondo del río, con sus bolsillos bien provistos de piedras, para que no fallase su inmersión en la salvadora nada. La guerra y su mente la habían cercado, habían podido con ella, con esa vida llena de sentimientos tan irregulares, tan literariamente apasionada: “Somnolienta y deprimida. ¿Será la edad? Pero no, es por haber dejado atrás el libro… Después de haber sentido el divino aliento…, ¿cómo no voy a precipitarme en este tremendo vacío?”. @mundiario

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