Ventanas y mentiras, la magnífica colección de relatos de Juan José Rastrollo

Portada del libro Ventanas y mentiras y retrato de su autor
Portada del libro Ventanas y mentiras y retrato de su autor. / Autor.
Es esta necesidad de huida, de transgresión de las imposiciones de un devenir manipulado, la que más prevalece en estos cuentos intensos y rabiosos de libertad.
Ventanas y mentiras, la magnífica colección de relatos de Juan José Rastrollo

Ventanas y mentiras (Ediciones Frutos del Tiempo, 2022) es el primer libro de cuentos de un autor, Juan José Rastrollo, que antes había publicado una novela, Berlín-Barcelona Kabarett, con la que logró el Premio Literario Miguel de Unamuno, en 2017. Ya desde el primer relato, “Isla de Farö”, observamos que al autor le va a interesar valerse de la supresión de las líneas que confinan la realidad en lo esperable y va a querer conducir a sus personajes hasta los extremos en los que se revela su identidad más necesitada desde una perspectiva que enfoca lo visceral.

Es así como, con el fuerte ritmo de su prosa, nos invita a ingresar en vivencias intensas, en cuestionamientos arriesgados, en rumbos enigmáticos, en el campo donde transcurren historias liberadas del amordazamiento de la lógica habitual. Y no es que todos los relatos se sostengan en el componente fantástico. Las historias están forzadas de tal manera que buscan, si no siempre lo irreal, sí al menos una mirada modificadora o una evasión del rutinario acatamiento de las inercias.

En el segundo relato, “Hotel con piscina”, entran en juego las más instituidas formas de la realidad, pero desdibujadas y doblegadas por la imaginación a través de un humor por el que la historia que se cuenta se declara en rebeldía. Hay un tema que se repite varias veces, el del viaje que derivará con la apariencia de lo vacacional hacía lo drásticamente evasivo. Así también en esos relatos, “Formentera” o “Hermosa demencia”, en los que la extrañeza recíproca que siente la pareja que huye no se solventa con el cambio de escenario ni con las particulares incursiones que el hombre realiza, es como zambulléndose en otra dimensión.

Son numerosas las referencias culturales. Las encontramos ya en el primer relato, protagonizado por esa Isla de Farö, en la que vivió en sus últimos años Ingmar Bergman y donde rodó varias de sus películas más importantes; pero también aparecen numerosos y diversos artistas como Mahler, Lou Reed, Kafka, Maria Betanhia, Kavafis o Cortázar, recortado de aquel mítico programa: “A fondo”. Además, casi todos los cuentos están antecedidos por epígrafes de autores como Ovidio, Borges, Ionesco, Céline, Pessoa, etc.

La mirada de los narradores es la de la observación incisiva, la del desplante ante cualquier tentación de realidad rígidamente consensuada. Explican su vida con la fuerza de quien sabe derribar contemplaciones, aún entrando en el ámbito de la irrisión. Los sentimientos se desprestigian: “Paula y yo hemos pasado casi toda la vida juntos y la necesito como preciso tener sobre el respaldo de la silla la ropa que me pongo cada mañana”. En cada visión, lo más sagrado se transfigura: “¿Cómo terminará todo esto? Lo ignoro. Por eso he emprendido este plan de fuga. Al fin y al cabo, el amor no es más que eso, un viaje fantástico a ninguna parte. Un viaje a Formentera”.

“Veranillo de San Martín” es una de las pocas muestras de pura sentimentalidad, un hábil enlazamiento, un cruce final de vidas disminuidas: por la represión, por la enfermedad mental o la física. Tres vidas que inconscientemente se unen en una carambola final, en una sintonía de emociones veraces y necesarias. “La verdad nunca se esconde” es la historia de alguien que precisa convertir a un vecino en el personaje protagonista de una historia hecha de una realidad observada con el afán de una argumental inspiración. En “El ponente”, se juntan muchos de los ingredientes de estas narraciones: la ironía, el sarcasmo, la estupefacción o la supresión de la ternura.

Aún en los momentos en que la historia contada parece aproximarse al relato más convencional, se apuesta por la contundencia de las imágenes, por la descripción imaginativa, la búsqueda de lo lúdico como medio seductor, la vuelta a los propios aconteceres, a los inciertos pensamientos. En la mayoría de estos cuentos, de una manera u otra, en mayor o menor grado, interviene lo fantástico, lo enigmático. El más canónicamente misterioso tal vez sea: “Como cada lunes”.

Si me tuviera que quedar con una sola pieza, lo tendría difícil, pero tal vez lo hiciera con “Ventanas iluminadas”. Es ahí, tal vez, en donde he encontrado más frases que me han impactado: “Aún la recuerdo como si me quemara las sienes, como si tuviera una bombilla hecha añicos en la palma de la mano”. Además, en el mismo relato, he hallado diversas tonalidades que coexisten en una imprevista armonía, una cadencia nutrida de imágenes muy potentes y ajustadas.

Con esta historia, volvemos a esa situación en la que el protagonista —esta vez de forma misteriosa u onírica— se despega de su durmiente esposa, que es su anclaje —para bien o para mal— en la realidad, mientras emprende un viaje que tiene un inicio rutinario pero que acaba convirtiéndose en iniciático. El protagonista conoce a un violinista ciego en la calle, quien le facilitará las claves para acceder a un territorio soñado. “Solo tienes que caminar hasta las sombras", me dijo. “Me aconsejó que no tuviera prisa por llegar allí, que llegaría sin más”. “No apresures el viaje, joven. Detente, contémplalo todo y no envilezcas la travesía”, le dijo el viejo. Pero esta relación, no es precisamente la del venerable maestro y su discípulo. Rastrollo, nuevamente, nos aparta de cualquier pretensión de complacencia y nos adentra, esta vez, en un relato de apariencia espiritual, pero que nos exige previamente el tránsito por una sordidez difícilmente digerible. De todos modos, el acercamiento a lo misterioso está ahí: “Todo me parecía cercano, menos yo”. “No me daba cuenta, pero estaba asistiendo al fracaso de lo real tal y como lo había entendido hasta entonces”. Es este, pues, uno de los cuentos más sugestivos de aquellos en los que apetece avanzar esperando una luz mágica, una luz que finalmente se deniega en el despertar a la más cansina cotidianidad.

En “¡Míranos, bailamos tan mal!” está esa mirada a un padre que inicialmente avergüenza al hijo, pero que al final resulta digno de compasión. He aquí una de las pocas concesiones a una emotividad previsible. El padre le dice al pequeño: “Juanito, ya está bien por hoy. Vámonos a casa. Espero al menos que cuando seas mayor no lleves las uñas tan llenas de mierda como las de tu padre o hayas perdido un dedo”.  Y nos cuenta el pequeño: “Observando la caligrafía de las arrugas de su cara, pude leer la señal clara de una gran desolación. De una tristeza ineluctable”.

Antes, “El Berio”, había sido otra historia de brutal evasión, otro rompimiento de la clara burbuja carcelaria, un exabrupto sin ambages, una respuesta a las exigencias más estranguladoras. Es esta necesidad de huida, de transgresión de las imposiciones de un devenir manipulado, la que más prevalece en estos cuentos intensos, rabiosos de libertad, ajustados al buen temple literario. Ventanas y mentiras, de Juan José Rastrollo, es un libro rebosante de audacia, unas historias sorprendentes que, en cada línea, nos invitan a vivirlas sin prejuicios, a disfrutarlas dejando en suspenso cualquier exigencia moral. @mundiario

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