Sufismo en la poesía de Préstame tu voz, de Lola Mascarell

Préstame tu voz./ Tusquets
Préstame tu voz./ Tusquets
 "Escribir poesía es cuidar un jardín donde solo germina lo que muere", rezan unos versos de Lola Mascarell.
Sufismo en la poesía de Préstame tu voz, de Lola Mascarell

Compro en El Corte Inglés de Murcia, Préstame tu voz, de Lola Mascarell, después de haberlo hojeado y haberme detenido en un poema titulado "Encinta". La maternidad futura como un hecho rotundo a la vez que inefable, y que se cruza con la nostalgia de un tiempo futuro que nos arrasará. Casi nada.

Pago el libro y me siento en la terraza del Café El Arco, junto al Teatro Romea. Sábado por la noche. Frío de cojones. Es la primera vez en un año que hace frío en Murcia. Llamo a Gloria y le digo que aún tardaré en encontrarme con ella, que no tenga prisa, que ya cogeremos otro tren hacia Orihuela. Café sin nada y agua con gas. Empiezo a leer. Y enseguida encuentro ese vínculo que echaba de menos (hace tanto) en unos versos que reproducen perfectamente esa manera de involucrarse en los espacios interiores con todas sus posibilidades semánticas: la casa como refugio, la casa como un espacio eugenésico, la casa de todas las infancias que se funde con el marjal, los huertos y las veredas, con sus vegetales y su fauna previsible.

En algún poema, hay un verso en el que conviven jazmines y sufismo. Y entonces releo de atrás hacia delante y sigo absorto, pensando también en esta reseña, que no sé si será una reseña como a las que acostumbro. La etimología de sufismo es tan proteica que el poemario de Mascarell se acomoda a la polivalencia de su raíz. Sufismo es saber, pero también sinceridad del corazón y un lugar donde sentarse. Y nada de lo que hay escrito en Préstame tu voz escapa a eso, a ese tono que recuerda al mejor Gamoneda y al hipnótico Colinas, pues el poemario rescata de la memoria los lugares que inspiran eso que, en poesía, es clave: que las preguntas son más importantes que las respuestas: "¿Cómo algo tan sencillo/ nos puede ser ajeno?/ Amar es escuchar/ que en el otro resuena y se amplifica/ lo mejor de uno mismo" (pág. 48). Con aplomo, sin sentimentalismo, Mascarell encuentra en la nimiedad de los objetos y en el detallismo de un paisaje más que reconocible los motivos que le permiten mantenerse a flote, como si, de alguna manera, su presente fuese una prolongación no solo de aquel tiempo que se quedó en los bodegones, en la luz de la memoria infantil o en la Ermita de Montiel, sino también prolongación de un espacio en el que la propia trascendencia de la maternidad y la madurez se inscriben en la naturaleza de las cosas más elementales y que ahora son símbolos que han encontrado en la palabra su poder oracular y enigmático: la hora del riego, manchas de cera, el boj, un patio de manzanas, alfileres, las moscas, los jazmines, platos de flores, cantos rodados: "El mundo pasa rápido/ por delante de mí sin que mis ojos/ sepan darle la pausa que merece/ porque no pueden ver lo diminuto" (pág. 23).

La resignación a acatar lo que ya no puede revivirse se mezcla con un sentimiento de dicha sobre la maternidad que convierte el espacio de la casa en una clase de fecunda alegoría de la que todo irradia más allá de los muros encalados y las sendas. La existencia se nutre del futuro, pero reconociendo que lo vivido en la infancia sigue contribuyendo a la retórica de los sentimientos que presta la escritura. Es cierto que todo se muere, pero, sin embargo, no del todo. Los hijos y la experiencia se deben en parte a que las ausencias alguna vez fueron y a ese inminente vértigo que produce la caducidad, si bien la poesía parece detener ese curso voraz y demoledor: "Escribir poesía/ es cuidar un jardín/ donde solo germina lo que muere" (pág. 76). O eso finge creer la propia autora: "De pronto el pensamiento abre su cauce/ y todo se me anega de palabras,/ la noche fosforece en los disparos/ de imposibles preguntas sin respuesta" (pág. 77). 

Y la luz está ahí, siempre, en cada poema, con su plenitud y sus intermitencias también, porque lo que sucedió se debe a su abrazo y lo premonitorio tampoco escapará a su epifanía: "La luz que cruza ahora la ventana/ y llega hasta tu pie/ y atraviesa la cuna/ y avanza por el suelo del salón/ no procede del cielo/ que custodia la escena desde atrás" (pág. 87). No está reñida la pérdida con el gozo de detener el tiempo para mirar atrás, sabiendo que se mira también hacia el futuro con la dicha de no acumular demasiadas esperanzas en nada que no sea parecido al "rumor del aceite en las cazuelas". Enhorabuena, Lola, por este libro. @mundiario

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