A salto de mata, de José Luis Zerón Huguet: en busca de la plenitud

Portada del libro "A salto de mata" y retrato de su autor

Ahora, por fin, Ediciones Frutos del Tiempo, con el título de A salto de mata, fragmentos de un diario, ha publicado una selección de las entradas pertenecientes al periodo 2008/2016.

Desde hace bastantes años, los que seguimos la obra del poeta oriolano José Luis Zerón Huguet, conocíamos la existencia de su faceta diarística. En pequeñas dosis, nos ha venido ofreciendo algunas muestras de la misma, como sabrosos bocados que nos dejaron con hambre de mucho más. Ahora, por fin, Ediciones Frutos del Tiempo, con el título de A salto de mata, fragmentos de un diario, ha publicado una selección de las entradas pertenecientes al periodo 2008/2016.  

Desde siempre, me ha gustado la escritura fragmentaria, aquella que cabe, sobre todo, en el formato del diario, y que irrumpe en cada breve texto iluminando una cuestión salida al paso en la vida del autor, quien, de esta manera, va dejando un rastro paralelo a su dedicación más intrínsicamente creadora. En este caso, no cabía la decepción, pues de José Luis Zerón conocemos no solo su talento como poeta, sino también su tantas veces demostrada capacidad analítica con la que ha acertado siempre en sus artículos, prólogos y presentaciones. Por otra parte, su vena poética no puede quedar reducida a los versos, sino que es natural que precise desbordarse, extenderse a otros campos próximos que permanecen inéditos en libro, como son la prosa poética, el poema en prosa, el aforismo o la narración. Un poco de todo esto encontramos en este libro que ahora nos remedia, en parte, de esa falta.  

Por otro lado, es muy de agradecer que Zerón ponga el foco mayoritariamente en aquello que resulta admirable y acogedor, sin caer en los ajustes de cuentas con los que otros envenenan este tipo de escritos: “He optado por ser amable (no acrítico), o al menos evitar el discurso ácido y las cuchillas y las espinas de los fracasos y decepciones”. Zerón, asimismo, ha decidido excluir “los asuntos privados, las crónicas de viaje, las referencias a mi actividad cultural…”. Aun así nos queda un tronco plenamente sustancioso, que se reparte por cuatro ramificaciones distintas.

En “Raíces y rizomas”, la sección más extensa, están sus reflexiones sobre libros, música, pintura y películas que le impactan. Como suele ocurrir con los diarios —especialmente en los de los escritores—, en estas páginas encontramos entusiastas referencias a obras que desconocíamos, y que creemos ahora descubrir de la mano del autor. Ocurre que, si el diarista es antiguo, es fácil que no encontremos aquellos títulos muy probablemente valiosos también para nosotros, pero que han quedado engullidos por las injustas cribas del tiempo, o de los que no disponemos de la traducción. En el caso de Zerón, lamentablemente también podemos encontrar referencias a obras más recientes y, sin embargo, ya descatalogadas. Libros que le han servido a él de acicate para emprender la senda que ahora nos muestra. Más fácil acceso —en nuestra época digital—podemos tener a la mucha música que cita y cuya vivencia nos traslada, o a las pinturas que le han impresionado. No obstante, en esos comentarios —aunque se refieren a obras que el autor admira—, su aprecio casi siempre merece alguna matización. Como dice en la “Nota del autor” que precede a la selección: “Y en algunas reseñas breves y opiniones hay afirmaciones o titubeos o incluso contradicciones (las aseveraciones de este volumen casi siempre tienen un poso de duda)”. Y así es, sus opiniones no son categóricas. Abundan los humildes “me gusta”, “creo”, “sigue hechizándome”, “un no sé qué”, “me interesa”, “me encanta”; pero también otras observaciones firmes, incontestables, lúcidas, y una seguridad al rebatir lo inadmisible: “No puedo estar de acuerdo”.

La segunda sección, “Magia cotidiana”, me ha parecido especialmente emocionante en muchos de sus momentos. En ella encontramos una visión del mundo más cercana a lo inmediato, una casi confidencial referencia a algunas de las más personales vivencias del autor. La temática es variada —sueños, paseos, amaneceres, noches de pesca, atisbos, sensaciones, los meteoritos, la naturaleza, la frontera entre la vigilia y el sueño…—, siempre fruto de una experiencia directa, de una sutil inmersión en la cotidianidad que busca sus manifestaciones más significativas y extraordinarias, aquellas excepciones a lo previsible, a lo rutinario. En estos textos se incide en lo que se siente como prodigioso, en instantes de la realidad en los que confluye una elevación solo secretamente propiciada, los oasis de paz que activan iluminaciones, esas a las que Zerón se refiere en la primera entrada, la que cumple con una función introductoria y termina con estas palabras: “Llámele cada cual como quiera a esos instantes escasos pero intensamente genuinos en que el mundo nos revela el sentido de su complejidad y recuperamos la capacidad para emprender la aventura de la vida”. Más adelante, se dirá a sí mismo: “Cuando el respirar es un ahogo y se hace imposible la supervivencia en el límite, al final aparece una luz en los umbrales que nos dice: `ve a buscarla, la plenitud existe”. Me parece que son estos textos los que pueden conectar con un más amplio abanico de lectores.

Y es que es, en esta sección, donde encontramos la prosa más poética, en pequeños pasajes que apelan directamente a las sensaciones que nos remiten al misterio, al acceso a otro nivel que despoja a la realidad de sus abrumadoras servidumbres. Así, encontramos perlas como estas: “Uno siente entonces que el crepúsculo es como una escenografía ilusoria de todo lo sido y de todo lo fugado”; “el silencio es casi absoluto, como si el mundo se hubiese esfumado para renacer”; “imposible absorber con la mirada el alma de las cosas. La epifanía deslumbrante es implacable y ciega mi vista”; “siento una momentánea paz sin fisuras”.

A veces, hasta la realidad más repetida, más plana y horrenda se transforma en una ocasión altamente sugestiva: “Estos sonidos me enervan y sosiegan al mismo tiempo, me transmiten multitud de sugerencias y me empujan a evocar obsesivamente momentos y lugares que creía haber olvidado”. En realidad, Zerón nos está mostrando la cocina de su ser poético, esa antena especial que él posee para captar lo oculto, la analogía evocadora, los lugares por donde transcurrir dentro de una reordenación de la realidad que se materializa en las palabras que, de pronto, bien manejadas, crecen en significación, invocan lo relevante.

No faltan aquí, sin embargo, alusiones a lo que podría presentarse comentarios que parten del nivel más común, referencias al consumo de fármacos, o momentos compartidos con los hijos o la esposa, que, empiezan o terminan por su expresión más primaria, pero que, en su centro, derivan hacia terrenos más imaginativos, como el hecho de la existencia de lepismas en la casa, que lo lleva al emocionado recuerdo de una película como El increíble hombre menguante, vista en su infancia; o una visita rutinaria a la playa que termina en una experiencia de inesperada sintonía con los demás bañistas.

En la tercera sección, “Caminos, derivas”, José Luis Zerón añade otras temáticas, alguna rápida incursión en la actualidad, bien como apelación directa a lo indignante o en un modo más tangencial que no resta vehemencia a su visión social o política. También expone alguna reflexión sobre la espiritualidad, o acerca de la posible existencia de Dios; o sobre los caminos que nos abre la neurociencia. Pero un tema que ocupa un espacio mayoritario —como no podía ser de otra manera en quien vive la experiencia poética como una suerte de religión— es el sentido y las consecuencias personales de la labor creativa: “Persistir en el empeño. Escribir, escribir, sobre todo escribir. La literatura, en especial la poesía, me da básicamente intensidad, pero ¿por qué entonces temo el apasionamiento que me provoca la escritura? ¿Por qué refreno los impulsos? ¿Por qué tanto recato? Mi vida es mucho más plena cuando escribo, pero los vértigos de la plenitud creativa no siempre son soportables”. Y es que son numerosos los acercamientos a la razón de la poesía, bien mediante reflexiones plenamente originales o a través de la coincidencia con otros pensadores de la creación: “Siempre he comulgado con la razón poética de María Zambrano y he creído que es posible conjugar intuición, pasión y pensamiento, que pueden convivir las emociones y la razón (siempre que esta no sea de vía estrecha); es más, creo que a través de estas dos vías aparentemente irreconciliables se llega a la poesía”.

Lo poético nunca está desligado de la búsqueda fundamental, de las preguntas primordiales: “Yo no concibo la poesía sin enigma, es decir, sin curiosidad, sin vértigo, sin ímpetu”. Su mirada va mucho más allá de lo palpable y de lo evidente: “Ciertamente se refuerza el misterio de la variedad de mundos perceptivos a cada cual más extraño, pero también la angustia de saber que no podremos llegar a ellos, ni siquiera nosotros los hombres, dotados de dos capacidades, la conciencia y el intelecto, que nos diferencia de los animales. Nunca lograremos una comunicación con esos mundos incognoscibles, de la misma manera que nunca podremos llegar a las galaxias más lejanas”. En realidad, el autor se está preguntando qué es el hombre, ese ser tan ínfimo, al compararnos con “dos kilos de bacterias que contienen nuestros cuerpos”, esos seres vivos que “no comparten nuestro mismo tiempo ni espacio”, como nosotros no compartimos otras dimensiones desconocidas.

La última sección, “Lampos”, reúne una serie de breves fogonazos que el autor no se atreve a calificar como aforismos, pero que describe como “anotaciones gnómicas y paradojales que nacen del control, pero también de la improvisación a vuela pluma”. En cualquier caso, son el registro de ideas o sensaciones concisas que vale la pena conservar. A veces, son una cita memorable y otras un hallazgo en forma de afirmación aislada pero contundente, que contiene en sí misma una tesis comprimida que, como cualquiera, podría ser refutada o matizada, pero que sugiere un aire de veracidad. Son pensamientos sueltos de muy variada índole que cumplen con su función de impactar en el lector, de crear en él la necesidad de una respuesta, de una reflexión.  

Tal vez guardar para uno mismo unas anotaciones como las de este libro, pueda tener el sentido de situar a buen recaudo la consignación de esos momentos de vida dispersos que van tejiendo una red de destellos, de esos que esperamos que nos alumbren de forma consistente; pero haber mantenido inéditos estos textos hubiera supuesto un revés para nuestras expectativas de goce literario. José Luis Zerón, con A salto de mata, enmienda una tardanza prolongada, pero solo nos sacia temporalmente. Quedamos a la espera de la continuación de estos textos tan inspirados, nacidos de una feliz conjunción entre un educado sentir y una reflexividad muy abierta. @mundiario