Rondó para un padre, el literario y profundo homenaje de Manuel García Pérez

Portada de "Rondó para un padre" y retrato de su autor Manuel García Pérez
Portada de "Rondó para un padre" y retrato de su autor Manuel García Pérez. / Mundiario

En los veintiséis cortos capítulos que lo componen, el autor ronda, en un recurrente vaivén de recuerdos y reflexiones, la figura de su padre fallecido tiempo atrás. 

Rondó para un padre, el literario y profundo homenaje de Manuel García Pérez

Rondó para un padre (Mundiediciones, 2021), de Manuel García Pérez, es un pequeño gran libro que sumerge al lector en una tranquila conmoción, lo deja suspendido en la búsqueda de las propias sensaciones a las que lo remite la experiencia de pérdida que, procurando no caer en el patetismo, tan hondamente se describe. El autor homenajea a su padre, se abraza a él a través de la palabra, lo revive en la fijación de unos recuerdos: “No respeto que los muertos no están en ninguna parte. No quiero mirar morir las brasas”. La escritura es un medio que aproxima, pero no alcanza a abastecer el deseo de una invocación absoluta: “¿Qué palabras pueden devolvernos a la experiencia exacta, a ese mundo de pertenencia que relatabas con frases entrecortadas y risa bobalicona?”

Estamos ante un libro inclasificable, que es compleja y genuina literatura, una indagación en el presente de la memoria que se mira a sí misma. En los veintiséis cortos capítulos que lo componen, el autor ronda, en un recurrente vaivén de recuerdos y reflexiones, la figura de su padre fallecido tiempo atrás, cuando tenía cincuenta y seis años, como consecuencia de un cáncer detectado solo ocho meses antes. Es el intenso empeño de recuperar, en la pequeña medida de lo posible, su presencia a través del ejercicio del sentimiento y de la memoria, de rescatarlo de cualquier ataque que lo pudiera hundir en el olvido, de una creciente insignificancia que del todo nunca se producirá, porque no es posible perder al ser que se ha ido de los escenarios del mundo pero cuya presencia actúa tan adentro: “Tras tu muerte, yo carezco de relevancia. A veces, intento fingir la alegría que desprenden mis alumnos en las aulas que piso”.

El autor se desgrana en una oscilación entre el deseo y la realidad, entre la creencia de que su acto fortalece, amplia, actualiza una relación afectiva capital (“estos minuciosos detalles son la arquitectura secreta de la vida, de la nuestra”) y el reconocimiento de quedarse a medio camino (“la escritura es la ceniza, los restos de una conmoción”). Esa alternancia también es la que se produce entre la conexión inmediata con el recuerdo desnudo y su otra vertiente, más elaborada, la que se deriva de la sutileza inherente al acto de escribir: “La escritura es una intensa agitación que arraiga en la propia inclemencia de su acto”. Al fin, cada texto conseguido es una derrota parcial, que se manifiesta después, tras el rastro dejado por una acción descubridora: “Lo llamo la ‘resonancia de lo vivido’. Porque, detrás de lo escrito, no estoy yo, ni siquiera ese mundo que me estimula, que me involucra en mi trabajo y en mis emociones. Hay algo más poderoso, rozando el asombro, pero también la nostalgia, la insatisfacción, que lentamente van modificando nuestra reacción ente lo que hemos dejado escrito”.

García Pérez penetra en ese sentimiento que el paso del tiempo nos da a conocer, el de ese vacío que hay al otro lado de unas palabras que aún nos nacen, espontáneas, dirigidas al concreto lugar de la ausencia que ocupará para siempre un ser tan querido: “No quiero la compasión, sino que regreses junto a mí para acabar aquella conversación sobre la pesca de las lubinas”. Un padre que sentimos que, de algún modo, se perpetúa en sus sucesores genéticos: “Alguna vez me miraste con los mismos ojos con los que mis hijos me miran. Busco extrañamente un parecido a ti en sus rasgos”.

Contraportada de Rondó para un padre. / JM

Un ejemplar de Rondó para un padre. / Mundiediciones

El recuerdo del hombre que fue su padre es el de alguien que ha vivido sometido o alzado según las duras coordenadas de un tiempo distinto: “Siempre me ha sobrecogido de vuestra generación esa pericia instintiva para soportar el sufrimiento, la angostura de la escasez. La resignación ha sido vuestro sustento, una manera solemne de encajar los golpes”. Y también es la revisión de las imágenes que ha dejado su ser corporal, esa extrañeza de las imperfecciones, de las huellas en la piel que el tiempo ha ido grabando, que el hijo ausculta en los signos vitales de una figura tan predominante; primeramente, cuando niño, por su poder protector, y luego por la turbación de un desvalimiento recién revelado: “Nuestra fragilidad nos obliga a fingir que somos invulnerables, a evitar ser el otro, ser tú mismo, padre, abocado a los desastres de la enfermedad, a tu estoica mirada cuando debías someterte a otra sesión de quimioterapia”.

“El pasado es el unánime tiempo de las cosas”, nos dice el autor, y sí, es el lugar de nosotros mismos en el que todo está terminado, en el que los más graves impactos esculpieron las certezas más perennes: “La muerte del padre revela que el hijo ha dejado de ser inmortal”. Pero: “Qué lejana parece cualquier cosa que no expira a causa del recuerdo”. “El recuerdo no subyace en nada. Fluye en el presente porque no es otra cosa que inmediatez, confluencia de un tiempo que no fue así en otro que es ahora y que ni la reseña o la cita pueden fijar”. Pero queda la escritura como ciego cometido, como vaga promesa frente a la amenaza de un vacío arrasador.  Por eso, Manuel García Pérez, en este excelente, profundo, poético y emotivo libro, termina diciendo: “Ahora solo puedo renunciar a ti para escribir”. @mundiario

Rondó para un padre, el literario y profundo homenaje de Manuel García Pérez
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