Los que escuchan, un tributo a la gran novela americana de posguerra

Los que escuchan/ Candaya.
Los que escuchan/ Candaya.
Diego Sánchez Aguilar rinde un tributo a la narrativa de Don DeLillo en su novela Los que escuchan.
Los que escuchan, un tributo a la gran novela americana de posguerra

Si algo claro tiene Sánchez Aguilar es que el lector no puede armarse desde la narrativa del autor, sino que ha de comprometerse con aquello que está en los márgenes del texto. Publicada en Candaya, Los que escuchan es un ejercicio literario con la fragante ambición de quien quiere hacer una de esas epopeyas americanas que alcance varios objetivos: la descripción traumática de una estirpe, la crisis de un contexto histórico, la reformulación de la estructura de la novela y una sincera reflexión sobre los lenguajes que articulan el discurso literario y también el mediático. 

Los que escuchan tiene ese afán enciclopédico en el que el argumento deja de ser lo importante cuando lo que interesa es trasladar al lector la complejidad de un mundo que no se logra concebir ni aprehender desde la racionalidad. La familia que atraviesa el periplo de esta novela vive bajo un umbral que apenas diferencia entre lo real y una ficción que procura una robótica que ha adquirido ya un poder demiúrgico. Como discípulo del mejor Don DeLillo, la novela de Diego se inspira en las mismas obsesiones del escritor americano: el incontenible desarrollo de la tecnología, el terrorismo, el problema del lenguaje frente a la técnica y el silencio.

Un niño con autismo, una abuela con Alzheimer y unas mujeres que lastran un pasado demasiado oneroso conviven en una sociedad donde los países, como alegorías y entes robóticos, hacen todo lo posible para que todo siga el curso que pretenden: la censura de lo auténtico para que nada cambie. Un ruido de fondo alerta y perturba a los personajes, un ruido metafísico que les impide percibir el mundo desde la humanidad caduca, un aviso constante de que algo está por encima de ellos, de que algo se les escapa, de que probablemente su vida sea la tramoya de otra que podría ser mucho más intensa, la verdadera, no la verosímil. Y, entre tanto, una Greta Thunberg con tetas y una excesiva preocupación por esas nuevas políticas que el sistema oferta como garantes de una existencia tan vacua como inapreciable. La ecología es el enemigo. Ninguna iniciativa puede partir de la masa, si se quiere que las oligarquías sigan perdurando en esa abúlica intención de que la dictadura sea la mejor salida para una sociedad que no puede saber demasiado.

Sánchez Aguilar introduce microhistorias, canciones infantiles, programas televisivos, rock, referencias culturales múltiples y dilata acciones nimias con un detallismo descriptivo apabullante, muy parecido al de las primeras cien páginas de Submundo. Recoge pensamientos que no llevan a nada, pues insiste en la vacuidad de los entornos urbanos que no inspiran, sino que automatizan. Hay momentos en los que la televisión gobierna la vida privada de las familias, porque no hay otra posibilidad de subsistencia, porque no hay otra posibilidad de alimentar la ansiedad que permite que los seres humanos sobrevivan en un estado de vértigo continuo, como si algo les emplazase a hacer esto y aquello, cuando, en realidad, no van a hacer nada. Porque todo está preparado para evitar que alguien se detenga y piense. Y, pese a todo, hay un ansia de resplandor poético en cada frase que escribe, como si el lirismo pudiese aguantar toda esta esterilidad de sentimientos.

Siguiendo la prosa de Stanislav Lem y Mircea Cartarescu, la belleza de lo formal se asienta en la asepsia de los objetos, de las turbulencias, de las ondas o las interferencias. Y Diego no escapa a esa influencia tan adictiva que tiene un autor como Don DeLillo cuando es capaz de reparar en las crisis nerviosas que ocasionan las rutinas, los silencios, la inexactitud de las palabras, la inefabilidad ante la complejidad de una tecnología que piensa mucho más allá de lo que lo hicieron sus creadores, una broma infinita, pero, de tal severidad, que la lectura de Los que escuchan no está exenta de una tensa atención en la que no basta con interpretar aquello que Sánchez Aguilar muestra, sino que es necesario leer entre líneas, acceder a las conjeturas, a las elipsis, comprometerse con los personajes hasta el punto de escuchar el mismo ruido que escuchan ellos, un mantra verbal que, hasta la última página, persiste en el mismo tono sobrio e hipnótico de su sintaxis.

Una novela que, como en el caso de Don DeLillo, nos pone ante una realidad a la que nos hemos adaptado sin reparar en que la libertad de acción está al servicio de la multiplicidad de códigos artificiales que recibimos compulsivamente, donde lo verbal ha quedado eclipsado por la hiperestimulación de imágenes, órdenes, redes y leyes, y por el abotargamiento de opiáceos y toda clase de ansiolíticos. Por esta razón, un día cualquiera es una epopeya en cualquier familia, un día cualquiera puede ser odioso en la aparente prosperidad del Primer Mundo, un día cualquiera no es más que pasto para constantes crisis de ansiedad en ciudadanos que son incapaces de emprender por sí mismos, de recordar que alguna vez pudieron ser humanos, desobedeciendo el ruido y acatando lo que el silencio atesoraba. Contemplar y contemplarnos. @mundiario

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