Piedad Bonnett y Chantal Maillard, dos voces bajando a la profundidad del dolor

Las poetas Piedad Bonnett y Chanta Maillard
Las poetas Piedad Bonnett y Chanta Maillard.

Confluyeron en una misma desgracia, en la coincidencia de que sus hijos se llamaran Daniel y de que ambos se suicidaran tirándose por una ventana en un mes de abril.

Piedad Bonnett y Chantal Maillard, dos voces bajando a la profundidad del dolor

Dos poetas, la colombiana Piedad Bonnett y la española, de origen belga, Chantal Maillard, ambas nacidas en 1951, confluyeron en una misma desgracia, en la coincidencia de que sus hijos se llamaran Daniel y de que ambos se suicidaran tirándose por una ventana en un mes de abril. Ahora, ambas comparten un libro de poemas, Daniel. Voces en duelo, en el que se recoge una selección de los que han venido escribiendo acerca de esa pena común. Antes, en 2018, se habían reunido en Málaga para pronunciar en un escenario sus poemas, confiriendo al acto la categoría de Oficio “que celebra la memoria de dos vidas amadas, enfrenta el duelo” (Bonnett) y que sirve “para invocar la voz que nos rescata en el más adentro y convocar la voz que nos une entre todas” (Maillard).   

Los poemas escogidos reflejan la desolación ante una ausencia tan temprana, tan inadmisible, apenas imaginada, pero también la imagen imborrable del acto de morirse al que se entregaron sus hijos, la que no registraron sus ojos pero ha quedado construida en la mente de cada una de ellas de un modo similar. “Lo terrible es el borde, no el abismo” (Bonnett). “Los ojos en las estrellas…/ ¿Había nubes? / Pájaro de alas rotas / Mi hijo” (Maillard). “¿Quién vio lo que no vi, / lo que tan solo / a mí me pertenece? / Tú como un ave inversa que se entrega, oscura y sin plumaje, / derrotada” (Bonnett)”. “Ventanas para oír / el eco / que al abismo convoca”. “(Alféizares: / polvo de vidrio / para cortar los hilos)” (Maillard).

Ambas mujeres siguieron el impulso de expresarse a través del medio en el que eran más capaces de palpar a tientas la profundidad, los recovecos de cada renovación de un sentimiento ya infinito. Bonnett, además, en Lo que no tiene nombre, decidió relatar la historia de su hijo, su esquizofrenia, el dolor vivido en directo, en el ominoso transcurso de ocho años, el asombro terrible vivido con la sencillez de un ser común, de una madre atravesada por la sinrazón de los acontecimientos. Sin embargo, Maillard elude la explicación, no quiere hablar de la anécdota que para los demás sería su hijo en el universo del suicidio. No obstante, en la única entrevista que ha concedido, para Artesfera, hace una concesión a la periodista y a los oyentes, y confiesa el hecho de que su hijo Daniel, dos años antes de que diera el paso, le había preguntado por la licitud del suicidio. Ella le dijo que era éticamente aprobable. Luego, se arrepentiría de esas palabras. Pero “fue así, y desde mis principios no me arrepiento”. Y luego añade Piedad su propia experiencia: “Mamá, ¿tú me ayudarías a llegar al final?” “Sí, mi amor, yo te ayudaría”, le contesta.

En el epígrafe que antecede al libro, hay una declaración de los motivos de este: “Contra el tabú. Por esa libertad. Por el coraje del suicida. Como homenaje”. Y es que el suicidio es un tabú, una vergüenza o una culpa. Lo cuenta Piedad Bonnett: “No, no lo atropelló un carro. Daniel se suicidó, digo. Un silencio. Alguien, evidentemente, ha mentido a mi pariente, un hombre mayor, religioso, intolerante. Qué cosa más rara, dice con torpeza. Da unas condolencias confusas, cuelga”.

Vacío hecho de la permanente despedida de una presencia imborrable

Es difícil vivir ese vacío que está hecho de la permanente despedida de una presencia imborrable. “En la pared del cuarto tu luz dibuja sombras” (Bonnett). “Tarde. Llegar / tarde, / cuando han entornado los párpados. / No saber interpretar el eco. / Ángel aún sin hacer” (Maillard). “No preguntes por la historia real. / La realidad, tú ya sabes, está siempre / más allá de los hechos, / más acá de la sombra que crece en las palabras” (Bonnett).

Y luego está el esfuerzo de resistir a la tentación de esa propia muerte que se disimula con cada nueva respiración: “Mantenerse en superficie. Para sobrevivir. Ahuyentamos imágenes como si fueran osos merodeando en torno a los despojos” (Maillard). Y también ella: “…contra lo irremediable me alzo / Alzo el grito”. Y en otros versos: “Adheridos a la piel el frío y los muertos. / En soledad, como un felino me lamo las heridas”, o “Aprender a cerrar. Consentir el descenso”. Y así se defiende Bonnett del olvido: “Para que no te mueras doblemente / pido al dolor que sea mi alimento”.

La vida no debe ser obligatoria. No es lo mismo para todos ni para todo tiempo. La visión que tiene de ella Maillard no es la más luminosa: “Desengáñate:/ solo existe el hambre. / la herida de nacimiento, su grito / y el vaho de un origen / que imperceptiblemente se evapora / al desplazarnos / dejando en las costuras / el rastro salado de las lágrimas”. Y Bonnett cita a Salman Rushdie: “La vida debe vivirse hasta que no pueda vivirse más”. O, Chantal, en la entrevista: “Hay que devolverle al suicidio su dignidad. Es la libertad más fundamental que tenemos, y se debe respetar. La vida no necesariamente es un bien… No es la panacea, hay momentos buenos …. y hay la depredación, el círculo del hambre”.

Y es que un acontecimiento tan grave es capaz de demoler antiguas convicciones, casi cualquier comunión o goce. Así le pasa a Piedad Bonnet con la naturaleza, según refleja en Lo que no tiene nombre: “Y aunque los altos cipreses, las colinas, los caminos, parecieran estar ahí para hablar de serenidad y de paz, lo único que veo en la naturaleza es su profunda indiferencia. Su orden sin propósito, su belleza sin objetivo, se me antojan crueles. ¿No fue esa misma naturaleza la que destruyó la vida de Daniel, esa vida a la que él buscó de tantas maneras darle sentido?” Su hijo: “Cargó durante ocho años con una aterradora enfermedad mental que convirtió sus días en una batalla dolorosa y sin tregua, a la que él le sumó el esfuerzo desmesurado de parecer un ser corriente, sano como cualquiera de nosotros”.

Piedad lee, investiga, intenta comprender: “Mi primera reacción después de la muerte de Daniel ha sido tratar de comprender. Los que están a mi lado, tal vez más sabiamente que yo, se contentan con aceptar”.  Se da clara cuenta de lo terrible que puede acontecer en una mente humana: “Un chico de veinte años habla del terror que le ocasiona la sonrisa de su madre. En suma: dolor, dolor, dolor”. Dolor incomprensible, inaceptable, pero al que seríamos tan propensos si no fuera porque las muchas posibilidades de mal funcionamiento de nuestro cerebro afortunadamente se dan en pequeña medida. Y la madre sigue intentando comprender, sigue preguntándose: “¿De qué tamaño es el dolor del que se despide de sí mismo?” Era enfrentarse a lo irremediable: “Yo lo miraba vivir, con un secreto temblor, y le ayudaba a soñar, con la esperanza de que un sano equilibrio se instalara algún día para siempre en él y le permitiera tener un futuro de plenitud, una mujer, tal vez hijos”.

Al final de este libro, que escribió a los pocos meses del suceso, de esta narración que describe minuciosamente el progresivo sufrimiento, el de su hijo y el de ella misma, Piedad Bonnet se dirige a Daniel: “Ahora, pues, he tratado de darle a tu vida, a tu muerte y a mi pena un sentido. Otros levantan monumentos, graban lápidas. Yo he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria”.

Chantal, en la citada entrevista, defiende la singularidad de la voz poética, el necesario espacio que muestra: “La voz poética es capaz, sin los límites del lenguaje común, hacer penetrar al otro en los umbrales de ese abajo. Es comunicación a otros niveles, comprensible de otra manera, de abajo hacia el abajo del otro, porque ese es un lugar común y cuando vamos a ese lugar todos somos lo mismo y esa es la maravilla y el milagro de la escritura poética”. Y es que si, en Lo que no tiene nombre, Bonnett describe el crecimiento del dolor, el paulatino y demoledor suceso de un deterioro trágico, en Daniel. Voces en duelo, ambas autoras indagan en el vértigo de la herida inconmovible y aciertan a desplegar un mapa de sentimientos sombreado por las diversas manifestaciones de la más terrible amputación. Estas dos mujeres escriben desde ese afán expresivo, que luego resulta comunicador, y que al menos momentáneamente alivia, deviene catártico. No es solo el hecho dolorosísimo de la pérdida de un hijo, sino que está el añadido del suicidio que, como interpreta Chantal Maillard “no es una muerte por algo sino contra algo” y que por eso se hace necesario “reconciliar en uno la tendencia a la culpa”. Desde la más honda emoción, conectamos con la apenas transitable descripción de una ausencia, con el asfixiante vacío repleto de malogrados futuros y de un último pasado adverso y desolador. @mundiario

Piedad Bonnett y Chantal Maillard, dos voces bajando a la profundidad del dolor
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