Sobre Paz primaria, la poesía sin barreras de Cleofé Campuzano Marco

Portada del poemario "Paz primaria" y retrato de su autora
Portada del poemario "Paz primaria" y retrato de su autora
Cleofé Campuzano Marco vuelve a demostrar su talento poético. La potencia de su verso irrumpe con la libertad de un centrado desasimiento que logra una verosímil aproximación al misterio
Sobre Paz primaria, la poesía sin barreras de Cleofé Campuzano Marco

La poesía de Cleofé Campuzano se sitúa en los terrenos que su palabra va encontrando, en los atisbos que encierran un raro asentamiento posible; es una búsqueda que inquiere las respuestas que no había preparado la existencia, que quiere rozar lo verdadero, desde el temor a que surja una gravedad nacida de la unicidad de lo inmenso. Y esto se revela claramente así en un poemario como Paz primaria (Devenir, 2021), que está escrito sobre el vertiginoso fondo de una ausencia, con el dolor irreductible de la muerte de una madre, precipitadamente perdida en un lugar apenas alcanzable por la soledad de cada llamada. Sin embargo, en estos poemas no se encuentran apenas alusiones directas, ni simplificaciones del sentimiento; si acaso, algún seguro acercamiento: “Miente, miente quien olvida / el vientre de donde viene, la materia / la materia transitiva que le permitió vivir”.

En estos versos, Campuzano pretende llegar a la raíz del dolor, afrontar las trampas de la existencia, apartarse para mirar desde la estupefacción lo que se descubre cuando se quiebra el orden humanamente aceptable: “Cae en mí la inmovilidad, / la incomprensible inmovilidad. / Cae en mí, cae como firma / no convocada. // Pido castigar la utilidad del alma…” Y termina este poema con unos versos que delatan lo oscuro, la imprevisibilidad de lo que va sucediendo: “Llegada de los gritos laterales: / su presencia ya es un hecho y / me han colmado de pérdida”. Pero ese dolor, que trasciende el hecho concreto del que parte, extendiéndose por las propias entrañas del universo, se manifiesta a lo largo del libro, como en este magnífico poema “IX”: “Otro día con el dolor del tiempo. / Otro día tendido, alzado a la sombra del / calendario, casi sin oírse. / Oran los caminos el canto / de las puertas mortales. En ellos, mis ojos / siguen estando abiertos: flacos y / absurdos huecos que no desaparecen”.

El ser humano, de pronto, es empujado a una conciencia muy aumentada de su precariedad: “El fin puede estar / en este mismo momento, / en esta isla que bordea el minuto, / en esta cápsula de tiempo perfecto. / El fin puede ser lo sencillo y eso / es lo más terrible. El fin se esconde / en la cadencia viva del ahora. / El fin es anfitrión imprevisto / y es portal del viento”. Es este poema “V” uno de los que se expresan con un lenguaje más abierto, pero en la mayor parte del libro se busca ese idioma secreto que es el único que puede describir la humildad infligida por lo incomprensible. En su excelente prólogo, José Antonio Olmedo López-Amor, habla del “irracionalismo que Campuzano utiliza como lenguaje para articular su dolor”. Es lo que nunca se podría expresar con una lógica que resulta insuficiente, lo que requiere de una esforzada visión, de fragmentos apenas enlazables, de reunir las diferentes miradas en una simultaneidad que conforme una imagen aproximativa. Es un ahondar en lo intuido, para quedarse en su entrevisto fondo, en ese territorio creado para siempre que es el poema, el sacrosanto lugar de una aparición incontestable.

Buena parte del poemario rehúye la posición de un yo desarbolado y busca una despersonalización capaz de unificar el múltiple grito de una verdad esparcida, enorme e implacable. A veces, es un “nosotros” el actor de esa rebeldía contra lo ilocalizable. Aunque hay algunas intensas excepciones, en poemas magníficos, armónicamente airados, en los que se reconoce la aptitud de lo individual como respuesta concreta a una dura posición en el mundo. Por ejemplo, ese “Abandono lo que aún no ha nacido”, que se inicia con la contundencia de estos versos: “Abandono lo que aún no ha nacido. / Tengo la valentía de afirmar que no soy valiente. / No lo soy. Mi lucha es conmigo, mi lucha / es con la exigencia, con la existencia”. Son los poemas en los que la ignorancia y el dolor compartidos recaen en uno mismo, en un sentimiento que se adhiere y solo resulta vagamente reproducible, aun en los mejores versos: “He visto a la melancolía tapar mis ojos y mi boca; / se ha mecido con la tarde y sus raíces. / No sé los nombres de quienes encabezan / el séquito de almas melancólicas que —como yo— / desconocen el mensaje”. O, como en el último poema del libro, “Paz primaria”: “Me he encontrado otra vez / en el mismo día. // Y vosotros que sois otros pero iguales / estáis ahí con pasos lindantes a mis piedras. / Nadie me dijo que no aprendería de ideas iguales, / de un dolor ajeno nacido como mío. / Nadie me dijo que compararía cada lugar / con mi nombre para estar segura de la senda”.

La poesía de Cleofé Campuzano se nutre de un movimiento que se aquieta al situarse frente a los intersticios que socavan la banalidad de lo evidente. Entonces, se agazapa en las respiraciones de lo oscuro, asomándose a una luz distinta que no pueda ser derrumbada por una realidad impensable. La voz se mueve en su íntima disputa, abstraída en la danza de unos signos que emplazan a lo hermético, y son el eco de un sentimiento detenido, arreciado por las precipitaciones de una realidad cada vez más extrañada. Y hay también la búsqueda de una eternidad que pueda inhabilitar las heridas del tiempo, el dolor del suceso; un aproximarse a una sensación agudizada, no en su jirón de mero presente, sino en su extensa posibilidad. Se ausculta lo real en su endeblez, la desnudez que alcanza las entrañas, con la que se establece un diálogo que aborda lo incognoscible, la ambivalencia de lo vislumbrado: “Morir: morir en la sonrisa / enferma de lo efímero”.  

En Paz primaria —así como también, en este mismo año 2021, con A aquel remanso le debo una isla (Editorial Sapere Aude)—, Cleofé Campuzano Marco vuelve a demostrar su talento poético. La potencia de su verso irrumpe con la libertad de un centrado desasimiento que logra una verosímil aproximación al misterio. Estos poemas acumulan el resultado de su privilegiado roce con los espacios más sutiles, de su gran capacidad para visibilizarlos a través de unas palabras que crean mundos suspendidos sobre el bello reflejo de las sensaciones y de los sentimientos más perspicaces. @mundiario

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