Música blanca, el homenaje de Cristina Cerezales a su madre, Carmen Laforet

Portada de juna de las ediciones de Música blanca, y retrato de su autora, Cristina Cerezales
Portada de juna de las ediciones de Música blanca, y retrato de su autora, Cristina Cerezales

La autora narra sus frecuentes visitas a la residencia en la que está ingresada su madre, Carmen Laforet, como consecuencia de un proceso muy avanzado de demencia.

Música blanca, el homenaje de Cristina Cerezales a su madre, Carmen Laforet

Carmen Laforet tuvo un éxito precoz — a sus veinticuatro años— con Nada, ganadora del primer Premio Nadal. Esta novela, a fecha de hoy, todavía mantiene su alto prestigio, el que se iniciara no solo por la obtención del premio —muchas veces estos galardones no tienen trascendencia duradera— sino por el reconocimiento de insignes escritores de la época. A partir de ahí, Laforet no pudo responder a la presión del público —o a la que se imponía a sí misma— para lograr otra novela de comparable impacto. Entre los motivos más claros está su temprano casamiento con el periodista Manuel Cerezales, así como los cinco hijos que tuvieron en un corto plazo de años. Todo ello, en un varón de la época, no hubiera ocasionado ninguna afectación, pero en ella resultó decisivo por la carga abrumadora que le supuso. Tenía que levantarse a las cinco de la mañana a escribir en condiciones nada ventajosas. Pero, por otro lado, incluso cuando después pudo gozar de más tiempo y espacio, parece que la carga de responsabilidad que sentía, la gran autoexigencia, la obligaban a romper la mayoría de las hojas, metida como estaba en una vorágine de insatisfacción y descreencia en el valor de su cometido.

El pasado año se reeditó Música blanca, un libro que Cristina Cerezales Laforet publicó en 2009, y del que tuve conocimiento hace unos meses al ver el excelente documental, La chica rara, de la serie Imprescindibles de RTVE.  Es este libro un diario en el que la autora narra sus frecuentes visitas a la residencia en la que está ingresada su madre, Carmen Laforet, como consecuencia de un proceso muy avanzado de demencia. La comunicación entre las dos es, pues, extremadamente precaria. En base a los conocimientos que tiene de su vida, de todo lo hablado o sabido en épocas anteriores, de los documentos privados a los que ha tenido acceso, trata de adivinar lo que piensa su madre y no puede expresar. La autora habla de sí misma en segunda persona y de su madre en tercera: “Hay tantas formas de mirar —piensas— y de recibir la vida. Por eso te gusta ir sola a visitarla… Cada uno su mirada, cada uno su tiempo”. “No existen palabras, ¿cómo explicar eso que tu percibes en ella? Eso. Los sabios poetas de la India lo llamaban el aceite de la semilla, el sabor en el fruto, el Absoluto en el corazón”.

La hija se ha propuesto pasar un álbum de fotografías en sentido cronológico inverso, y mostrárselas a su madre, observando su reacción con cada imagen. A partir de ahí, crea los comentarios que imagina que ella pudiera haber hecho. No resulta sencillo adivinarla: “No siempre fue fácil la comunicación entre vosotras. Ella tenía lugares en sombra que no quería desvelar”. Como siempre, cuando se indaga en algún ser importante de nuestra vida, se descubre algo revelador en uno mismo: “Se van despejando incógnitas del pasado, vas entendiendo sus actitudes que a veces te resultaban tan desconcertantes por inesperadas. Comprendes que una realidad tiene múltiples formas y que uno elige unas u otras para transmitirla dependiendo del receptor del mensaje. Tomas conciencia de que el trabajo que estás haciendo es un aprendizaje. No se trata solo de reconstruir la vida de tu madre, Carmen Laforet, sino de abrirte al misterio de la condición humana”.

Una de los temas en los que indaga es la relación de su madre con su esposo. Aquí reproduce palabras originales: “Nunca te contaré, Manuel, el agujero profundo que dejamos crecer entre nosotros. Nunca sabrás el dolor que se escondía detrás de mi furia… Te buscaré en las sombras del recuerdo atravesando de un soplo los túneles de depresión ya transitados para rescatar esa imagen pura de nuestros días inmejorables”. En sus peores momentos, cuando se siente atrapada en el matrimonio y le cuesta escribir, él es uno de los principales obstáculos que ha de vencer: “Miedo a mi naturaleza física, a mi capacidad particular de amar y de inspirar amor, miedo a que mi éxito literario despierte los celos de mi marido…Comprendo que es una forma de atarme yo sola, como los personajes de Buñuel en El ángel exterminador…Miedo, miedo”. A su matrimonio lo calificaba de “luz de gas”, en referencia a las manipulaciones sufridas comparables con las de la película de ese título.  En las cartas que escribiera a su padre, Cristina encuentra “frases que delatan una sumisión por parte de ella que le desconocía, y que probablemente utilizó para mantener un falso equilibrio matrimonial que acabó por romperse”. Sin embargo, pocos meses antes de morir, la autora reúne en su casa a su familia, incluyendo a su ya nonagenario padre y esto es lo que sucede: “Lo contempla larga y profundamente y se dirige hacia él. Los demás presenciáis la escena en silencio y veis cómo le coge la mano y se la lleva a los labios arropándole en una mirada de amor, de amor completo que recoge lo bueno y lo malo. Lo perdona y se perdona en relación a él”.

Toda su vida persiguió a Laforet el éxito de su primera novela, que se interponía como una valla infranqueable ante sus expectativas: “Todo el mundo se asombraba de que yo hubiera escrito Nada. ¿Cómo es posible —decían—que una jovencita que no para de reírse haya podido escribir una novela tan seria? Pío Baroja: ¿Cómo ha escrito usted ese libro? Usted es casi una niña, ¿cómo ha podido escribir una novela así?”. Pero, aunque según sus hijos (mea culpa, yo tampoco lo he comprobado) escribió después también excelentes novelas, estas no fueron reconocidas como probablemente merecían. En cualquier caso, le costó mucho esfuerzo terminarlas. Rompió miles de folios insatisfactorios: “Tú recuerdas que a menudo, cuando le proponías consultar a un psicólogo o a un psiquiatra que pudiera ayudarle a romper su bloqueo, te contestaba que no querría recurrir a ninguna ayuda porque sabía muy bien que había algo en su vida bloqueado y voluntariamente olvidado y que, habiendo hecho el esfuerzo de olvidar, no quería emprender el dolorosísimo trabajo de hacer el recorrido inverso. Nunca te dijo, ni a nadie que tú sepas contó, qué fue lo que pasó en ese tiempo que ella se esforzó en olvidar”.

Carmen se expresaba así: “Quiero dejar atrás la negra sombra que me nubla el entendimiento y no me deja escribir, pero no puedo, la llevo adherida a mis talones”. Tal vez influyera en ella el ser consciente de los límites expresivos del lenguaje: “Nunca nadie comprendería el encanto de esta aventura contándola con las limitadas palabras que tenemos para expresarnos…”. Por otro lado, su marido, en la separación de hecho que se produjo entre ellos, valiéndose de las prerrogativas machistas de la época, le ofreció darle permisos para moverse libremente a cambio de que prometiera que no iba a escribir nunca sobre él. Es lo mismo que le exigió su padre, cuando Carmen se rebeló contra él y se marchó a Barcelona: “Entonces por primera y única vez me enfrenté a mi padre —cuya cólera me daba miedo siempre— y le obligué a dejarme marchar. Solo vino una vez a Madrid con su mujer y lo encontré muy envejecido y enfermo. Me pidió entonces que no escribiera nada referente a su vida, pero su vida era también la mía. Y no es que yo quisiera contarla, pero esa petición era una mutilación, una cortapisa a mi capacidad creadora que nunca debía aceptar”.

Laforet publicó su tercera novela, La mujer nueva, fruto de una experiencia mística que, pasados los años, salida de su epicentro, le relataría así a Ramon J. Sender: “Para mí la cosa de Dios ha sido tremenda. Primero como algo que vino desde afuera. Luego una búsqueda de siete años en que hice las mayores idioteces y me metí por todos los vericuetos de nuestro catolicismo español en lo que tiene de venero religioso y en lo que tiene de enmohecido y absurdo y todo… Y luego otros casi siete años en que estoy de casi huida, de volver a mi ser, de encauzar todo a mi razón. Pero siempre encuentro a Dios en todas partes. A veces es como una locura tranquila…”.

Esta novela recibió los parabienes del gobierno franquista, pero le supuso perder el prestigio de mujer rebelde, que es lo que casi siempre fue: “La injusticia y la amargura que a veces pueden, desde luego, destrozar a un niño, no abaten al creador, sino que lo hacen rebelarse. Y un mundo de rebeldía es siempre un mundo muy interesante”. “El histerismo de mi madrasta, junto con el sometimiento de mi padre a sus caprichos, significaron para mí vientos favorables que empujaron las velas del barco de mi independencia”. Recordando a su madre, que murió cuando ella tenía trece años, y a quien dice haber querido claramente más que a su padre, dice: “Sé que es importante recordar a las personas que hemos querido y han muerto, tengo la sensación de que de alguna manera lo esperan”.

Lo que está haciendo Cristina ahora, en los últimos meses de su madre, es recabar imágenes para el recuerdo, a la vez que llenarse de un presente huidizo: “Te gusta estar con ella en este tramo de su vida que no se parece a ningún otro. Se desprende de ella una dulzura nueva, una entrega total y una capacidad renovada de gozo sereno”. Y luego: “Mi niña. Ahora eres tú quien le dirige esas palabras. Te dan ganas de abrazarla, de quererla como nunca, como siempre, pero de forma más física, de aprovechar la presencia de su cuerpo, que ya ha empezado la retirada”. Y se refiere otra vez a aquella nota que su madre le entregó, en la que estaban reflejadas solo dos palabras: “Aquellas dos palabras que ella me entregó en un mensaje escrito: UNA, ÚNICO. Eso tan difícil de expresar, Manuel ha sabido reflejarlo en su pintura. Me gustaría que pudiera sentir los acordes de la música blanca que ella está emitiendo. Ya le llegará. Entre ellos hay una larga práctica de comunicación silenciosa a distancia”. Manuel es uno de los cinco hijos de Carmen.

Al final, Cristina cree comprender ese mensaje secreto: “Ya no te abandona la noción de unidad de todos los seres, esa vibración que es UNA, una misma corriente que nos habita y nos desborda y que avanza a ciegas hacia esa llamada depuradora del amor ÚNICO por el que algún día alcanzarán la salvación. No se trata —ahora lo sabes— de comprender, sino de sentir, de vivir esa sensación en el cuerpo, y le agradeces que te haya incorporado a su camino”.

Esa expresión, “música blanca”, la toma de una cita de Alejandro Baricco que precede al libro: “La música blanca es una música extraña. A veces te desconcierta: se ejecuta suavemente y se baila lentamente. Cuando la ejecutan bien es como oír el silencio, y a los que la bailan estupendamente se les mira y parecen inmóviles. La música blanca es algo rematadamente difícil”. Es una forma de expresar una comunicación que va más allá de las palabras, de las que tanto le costaron a Carmen cuando las quería añadir a su obra prometedora.

Los últimos años de Carmen, los de su silencio definitivo, han transcurrido con la ayuda de su cuidadora Marta Orcajo, una mujer que la ha querido; y arropada con la visita de sus hijos. Sus últimos días también son así. Los que la quieren le permiten deslizarse suavemente hacia la muerte: “Se lo repites muchas veces: Nunca, nunca te olvidaré. Luego le hablas al oído y le cuentas lo que piensas que ella quiere oír y le dices que todo está cumplido, que ha cerrado el ciclo de la vida con toda limpieza”. @mundiario

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