La mujer rota, de Simone de Beauvoir: el hondo retrato de 3 mujeres en crisis

Portada de una edición de bolsillo de "La mujer rota" y retrato de su autora
Portada de una edición de bolsillo de La mujer rota y retrato de su autora. / Mundiario

Magnífico este libro de Simone de Beauvoir, que hurga inteligentemente en la psicología de sus personajes, en la sociología de un tiempo apenas distinto del nuestro.

La mujer rota, de Simone de Beauvoir: el hondo retrato de 3 mujeres en crisis

En La edad de la discreción —el primero de los tres relatos de La mujer rota—, la autora, Simone de Beauvoir, sitúa a la protagonista en el centro de unas relaciones que ella misma denodadamente esquivó: las de esposa y madre. Y también la derivada de aquellas: la de suegra. Sin embargo, no me parece claro que esas coordenadas de la vida, en las que está definitivamente situada —o atrapada—, le resulten asfixiantes debido a su condición femenina. En 1949, en El segundo sexo, de Beauvoir señaló lúcidamente muchos de los aspectos de la discriminación de la mujer. A los tres relatos que componen el libro, protagonizados por mujeres en crisis, les suponemos una voluntad de descripción de los particulares hándicaps que supone la asunción de ciertos papeles femeninos impuestos por una cultura ancestral. Si ello está claro tanto en el segundo como en el tercer relato —Monólogo y La mujer rota—, no me lo parece así en este primero. Tal vez no fuera la intención de la escritora enfatizar reivindicativamente la posición de la mujer en este, pero el prejuicio automático es el de suponerlo.

Y es que la historia que relata en primera persona esa narradora, que está entrando en la vejez, muestra la situación de una crisis vital que, con pequeñas matizaciones, podría darse indistinta en un hombre o en una mujer. La protagonista —nunca sabremos su nombre— no cesa de moverse por el repentino desmoronamiento del mundo que se había construido, en el que las piezas que lo habitaban obedecían a la concepción que tenía de ellas, a la función que les había asignado. Estamos ante la descripción de un paisaje sobrevenido, su hiriente enclave en una vida que ha avanzado mientras ella se ha resistido a caminar junto a sus transformaciones. Como decía, no veo apenas signos de que en su situación influya decisivamente su condición de mujer. Me imagino, en su lugar, perfectamente a un varón, que al igual que la protagonista, empieza a sentir las amenazas de la edad —aunque tal vez padezca menos dramáticamente la irrupción de las arrugas y las flacideces—; que experimenta pesimistamente el fracaso de la publicación de su último ensayo; que tiene un hijo que abandona su postura política más radical —la que los padres le han inculcado— y acepta el chollo de trabajar en el ministerio; que tiene una esposa respetuosa con él, que lo acompaña desde cierta distancia en sus dudas, pero que se ha hecho menos intransigente, que acepta los cambios que decide su hijo apoyado por su resoluta mujer. Me imagino perfectamente una complicidad entre madre e hijo, una postura común frente al padre; clara, segura, pero nada agresiva. Todo esto que imagino perfectamente en un hombre, es exactamente lo que le ocurre a la protagonista de esta historia, una mujer que goza de recursos propios, que ahora esta jubilada, y cuyas nuevas dudas pueden derivarse de una no tan famosa —por menos común— crisis de los sesenta.  

De Beauvoir acierta plenamente al mostrar los matices de las disyuntivas a las que se enfrenta la protagonista, las preguntas que se hace en medio del desencanto por el que ahora transitan sus días; en definitiva, por la exposición de un tema que nos remite a un planteamiento existencial. La edad de la discreción ha sido mi puerta de entrada a la obra de ficción de Simone de Beauvoir, y a través de ese relato he accedido plenamente a la inmediata confirmación de las bondades literarias de esta autora, antes ya comprobadas en su producción autobiográfica.

El segundo relato, Monólogo, está escrito en un estilo completamente distinto. Esta vez la autora pone en el pensamiento de la protagonista el flujo de una conciencia alterada, una expresión dolorida por las agresiones que siente en el presente, por los ruidos de los vecinos que celebran la Navidad mientras ella está sola. Es el relato más corto. Me ha parecido un poco confuso, no me ha llegado igual que el tercero, sobre el que sí me voy a extender.

Es el relato que da nombre al libro —en realidad, una novela corta de 150 páginas—, y me parece un prodigio de elaboración de matices psicológicos en la construcción del personaje que va desgranando sus sentimientos en un diario. A través de sus entradas nos enteramos del interés por el cine de Bergman de sus protagonistas, y parece que la perspicacia del sueco para perfilar sutilmente la personalidad de sus personajes conecta con la que la escritora francesa aplica a estas narraciones. Como en la primera narración, nos encontramos con una mujer que ha visto como su vida, repentinamente, se precipitaba en una fuerte crisis. Aquí, tiene 46 años, un marido, Maurice, investigador médico. Vive burguesamente sin trabajar. Una de sus hijas vive casada en el mismo París y la otra, soltera, “ha huido” a Nueva York. De pronto, descubre que su pareja la engaña con una ambiciosa abogada que ella también conoce. Y este hecho le da un vuelco a su mundo, que no sabe muy bien cómo manejar.

Si del primer relato decía que la difícil situación de la protagonista no necesariamente debiera achacarse a su condición de mujer, aquí sí que la adhesión de la protagonista a estereotipos de sumisión, o, al menos, de actuación en segundo plano, influye en su incapacidad para liberarse. De pronto, queda desmontada la validez de su posición subalterna: “Él me colmó, no he vivido más que para él. ¡Y él, por un capricho, ha traicionado nuestros juramentos!”

Monique no sabe cómo actuar. Cuando él le confiesa su amorío, le dice que, si le ha mentido, ha sido por no hacerle daño. Parece que no quiere abandonarla, que simplemente le está pidiendo permiso para compartirla con otra mujer. Pero está claro que ambas no están en la misma posición. Monique es alguien por quien ahora Maurice solo siente compasión, a la que no se puede abandonar del todo, pues siente miedo de que se hunda hasta extremos inconvenientes. Lo ideal sería que desapareciera felizmente. Noëllie, por el contrario, es la mujer que intensifica su vida, que lo hace sentirse felizmente expectante, la que le devuelve un revitalizador y mejorado reflejo. Monique acude a sus amigas para desahogarse, pero, sobre todo, para pedirles consejo. Le dicen: “Sé comprensiva, sé alegre. Antes que nada, sé amistosa”. Y se convence de que, el que un hombre tenga una aventura después de veintidós años de matrimonio, es normal. Así pues, se esfuerza en convivir con esa nueva situación. Espera que aquella relación de su marido se rompa.

Y espera triunfar sobre su adversaria, pero, de las conversaciones que va teniendo con él, va deduciendo que, sin que ella se hubiese dado cuenta, hacía ya muchos años que su relación se había deteriorado. Siempre ha vivido plegada a un orden en el que aceptó una función adyacente. Dejó de trabajar cuando se unió a ese hombre, rechazó los empleos que este le propuso en los últimos años. Se dedicó a sus hijas y ahora también duda de si lo hizo bien con ellas. Una, la mayor, se ha apresurado a casarse. Es “hogareña, como yo”. La otra se ha ido a vivir a Nueva York, supuestamente para desembarazarse del control de su madre.

Maurice se reparte entre la dos, hace difíciles equilibrios para no disgustarlas demasiado. Monique se compara con su rival, procura encontrarle defectos bajo esa alta capacidad suya para someter a su marido a un goloso pero estéril deslumbramiento. Critica la moral de su profesión, su actitud ambiciosa y egoísta. Se pregunta por qué la ha rechazado Maurice, cuando ella aún se considera atractiva. “Pero ya nunca me besa en la boca. Me siento perfectamente miserable”. “Por supuesto que soy una mujer muy buena, pero la diversidad gusta a los hombres”, se justifica.

La esperanza que sostiene es una rémora para su liberación: “¡Ah, esas espinas de esperanza que de vez en cuando me atraviesan el corazón, más dolorosas que la misma desesperación!” Pero lo peor es esa autocrítica a la que se ve arrastrada, a la que nunca antes había cedido: “Dejé que mi inteligencia se atrofiara; ya no me cultivaba; me decía: más tarde, cuando las niñas se hayan ido”. Para las vacaciones navideñas, Maurice le propone a Monique pasar con ella diez días en la montaña, y otros tantos con su amante. Pero no lo acepta. Los días que le corresponden a ella los pasan en casa. Y los días en que él se va con la abogada, ella se queda sola, sin salir, sin cuidarse, reduciendo la jornada de la asistenta para poder entregarse libremente a la desgana, a la incuria. Se pregunta: “¿Yo me había vuelto muy desagradable? ¿Verdaderamente demasiado desagradable? En este momento lo soy, sí; demacrada, lo cabellos lacios, el cutis ensombrecido. Pero, ¿hace ocho años? Eso no me atrevo a preguntárselo. ¿O soy tonta? ¿O por lo menos no lo bastante brillante para Maurice? Terribles preguntas cuando no se tiene la costumbre de interrogarse a sí mismo”.

La actitud del marido es la de quien se duele del sufrimiento de su mujer, pero no puede o no quiere hacer directamente nada para aminorarlo: “No es una canallada amar a otra mujer. No puedo evitarlo”. Le recomienda ir a un psiquiatra, pero no funciona, pues no acepta un planteamiento profesional que no valida sus obsesiones. Intenta trabajar, pero llega a la conclusión de que un trabajo rutinario no le aporta ningún crecimiento. Visita a su hija Colette en París. Pero también se plantea visitar a Lucienne, la que vive en Nueva York.  “Debería tomar el avión para Nueva York e ir a preguntar a Lucienne la verdad. Ella no me quiere: me la dirá”. Finalmente viaja. Se mueve como sonámbula por esa ciudad en la que en otro momento se hubiera sentido extasiada. Habla con su hija: “Pero, mamá, al cabo de quince años de matrimonio, es normal que uno deje de querer a su mujer. ¡Lo contrario sería sorprendente!” Se vuelve a París. En nadie ni en nada ha encontrado solución: “¿Cómo vivir sin creer en nada, ni en mí misma?” Pero, finalmente, la autora quiere conferirle a su protagonista un rayo de esperanza, aunque sea en una propuesta difícil: “Pero sé que me moveré. La puerta se abrirá lentamente y veré lo que hay detrás de la puerta. Es el porvenir. La puerta del porvenir va a abrirse. Lentamente. Implacablemente. Estoy en el umbral. No hay más que esta puerta y lo que acecha detrás. Tengo miedo. Y no puedo llamar a nadie en mi auxilio. Tengo miedo”. Magnífico este libro de Simone de Beauvoir, que hurga inteligentemente en la psicología de sus personajes, en la sociología de un tiempo apenas distinto del nuestro.

La mujer rota, de Simone de Beauvoir: el hondo retrato de 3 mujeres en crisis
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