Una muerte muy dulce, el reflexivo sentir de Simone de Beauvoir ante su madre

Portada de una de las ediciones de "Una muerte muy dulce" y retrato de la autora
Portada de una de las ediciones de Una muerte muy dulce y retrato de la autora.

En Una muerte muy dulce, Simone de Beauvoir hace un profundo y sentido relato de las últimas semanas de la vida de su madre.

Una muerte muy dulce, el reflexivo sentir de Simone de Beauvoir ante su madre

En Una muerte muy dulce, la escritora Simone de Beauvoir hace un profundo y sentido relato de las últimas semanas de la vida de su madre. El 24 de octubre de 1963, estando en Roma, es avisada de la rotura de su fémur. Regresa a París. Su madre está ingresada en un hospital al que acudirá diariamente hasta el fatal desenlace. Pero, más allá, de esa fractura, los médicos detectan en la anciana un trastorno médico mucho más grave: una obstrucción intestinal. Al operarla, descubren un tumor enorme, y el cáncer muy extendido por todo su cuerpo.

François de Beauvoir tiene 78 años. Cuando, al principio, los médicos le advierten a su hija Simone de que “la larga inmovilidad produce escaras que no cicatrizan. La posición horizontal fatiga los pulmones: el enfermo coge una pulmonía que se lo lleva”, esta es la reacción que refiere: “Me conmoví poco. A pesar de su lisiadura, mi madre era fuerte. Y, a fin de cuentas, tenía edad para morir”. Sin embargo, no creía que estuviese preparada para ese tránsito. Por eso, su hermana Poupette, y ella, la engañan. Le dicen que la han operado de una peritonitis. “Ella creía en el cielo… pero sentía por la muerte un horror animal”. Solía decir: “La muerte en sí no me asusta: tengo miedo del salto”.

Cada día que pasa ve peor a su madre, aunque esta no es consciente de su gravedad, y es capaz de bromear en sus momentos de alivio, y de considerar cualquier causa como el motivo de su terrible cansancio. “Me entristecía el contraste entre la verdad de su cuerpo sufriente y las tonterías que llenaban su cabeza”. Poco a poco debe ir acostumbrándose a una relación más impúdica con ella: “Ver el sexo de mi madre me había producido un shock. Ningún cuerpo existía menos para mí, ni existía más. De niña lo había querido; de adolescente, me había inspirado una inquieta repulsión”.

Su madre se niega a la gran mayoría de visitas que se presentan, aunque se jacta de esas atenciones: “Me quieren porque soy alegre”. Pero Simone, que conoce su realidad, empieza a ver en ella un cadáver en ciernes. No hay esperanza y lo único que desea es que —si ha de ser así, con esos dolores, con esa pequeña y equivocada consciencia— viva el mínimo tiempo posible. Cuando el médico le dice: “Al amanecer le quedaban apenas cuatro horas de vida. La he resucitado”, ella no se atreve a preguntarle: “¿Por qué?”

Psicología de por medio

En esos días reflexiona mucho sobre quién ha sido su madre y cómo se han llevado las dos. “Más de una vez se quejó de la sequedad de su madre”. “Ella tuvo que renunciar a muchos sueños: los deseos de papá siempre tenían prioridad sobre los suyos. Dejó de ver a sus amigas personales porque a él le resultaban aburridos sus maridos”. Es la parte más compasiva, pero no renuncia a la crítica: “Nadie puede decir: me sacrifico sin sentir amargura. Creía en la grandeza de la abnegación… pero tenía gustos, repugnancias y deseos demasiado imperiosos para no detestar lo que la vejaba”. Le censura haber esperado veinte años para atreverse a trabajar fuera de casa. Y la forma posesiva de quererlas: “Su amor por nosotras era tan profundo como exclusivo. Era muy vulnerable —podía rumiar durante veinte o cuarenta años un reproche o una crítica— y el rencor difuso que la poseía se traducía en conductas agresivas: franqueza brutal, pesada ironía”. Tenía celos de lo bien que se llevaban las hermanas.

El análisis de la psicología de su madre es exhaustivo: “Pensar en contra de sí a menudo resulta fecundo; pero lo de mi madre era otra cosa: vivió contra sí”. Su madre le había contado a su hermana: “Siempre les digo a mis nietas: disfrutad de la vida”. Y Poupette le espetó entonces: “Comprendo por qué te quieren tanto. Pero, ¿les hubieras dicho eso a tus hijas?”  La contestación, sincera, terrible, fue: “¿A mis hijas? ¡Ah, no!”.

Los días en el hospital son duros. La contemplación del dolor: “Volvimos a colocarla de costado; mientras la sostenía le miraba la cara en la que se mezclaban la derrota, el valor, la esperanza, la angustia”. “A mí también me devoraba un cáncer: el remordimiento. `No dejen que la operen´ Y yo no había impedido nada”. Simone ve en su madre a una mujer aferrándose a la vida. Cuando se le pregunta cómo está, se lamenta: “Hoy no he vivido”.

Su madre había sido siempre religiosa, pero ahora rechaza a los curas que se empeñan en asistirla. “Mamá está en su sano juicio. El día que ella desee ver a un sacerdote, ya lo pedirá”, dice Simone; pero sigue extrañándose de que no pida ni siquiera que se saque del cajón de su mesita el misal, ni el crucifijo, ni el rosario. Y que tampoco quiera comulgar el domingo: “Oh, hijita estoy demasiado cansada para rezar. ¡Dios es bueno!” Pero finalmente llega a la conclusión de que: “No sé qué es la fe. Pero la religión era el eje y la verdadera sustancia de su vida”. Y llega a pensar que para ella rezar no era un acto mecánico, sino un ejercicio que exigía mucha atención, reflexión y un determinado estado de ánimo, de los que ahora no disponía.

Ocultación 

En esos años era muy corriente ocultar a los enfermos la enfermedad mortal que padecían. Simone se plantea qué hubiera sucedido si le hubieran detectado el cáncer en una fase más incipiente: “Seguramente se lo habrían combatido con rayos y mamá habría vivido dos o tres años más. Pero ella habría sabido o por lo menos sospechado la naturaleza de su mal y hubiera pasado el fin de su existencia sumida en la angustia”. Pero su madre quería “¡vivir, vivir!”. Después de la operación vivió treinta días adicionales: “Estos le dieron alegrías, pero también ansiedades y sufrimientos”.

La escritora, en esas dramáticas semanas, sigue teniendo tiempo para reflexionar sobre su difícil relación con su madre. “Ella se sacrificaba en los actos, pero sus emociones no la sacaban de sí misma. Por otra parte, ¿cómo podría tratar de comprenderme si evitaba leer en su propio corazón?” “Si bien el contenido de mis libros le chocaba, mi éxito en cambio la halagaba”. “¡Teníamos tan pocos intereses comunes!” “Sufría por mi alma. Le alegraban mis éxitos en este mundo, pero le afectaba penosamente el escándalo que yo causaba en su medio. No le resultaba fácil oír declarar a mi primo: Simone es la vergüenza de la familia”.

Esa mujer terminándose, que ahora tiene ante sí, le despierta sentimientos contradictorios. Siguen molestándola algunos de sus rasgos penosamente sobrevivientes a su estado: “Porque era mi madre, sus frases desagradables me molestaban más que si hubieran salido de otros labios”. Por otra parte, intenta ponerse en su lugar: “¿Qué recuerdos, qué fantasmas la poseían? Ella siempre había vivido asomada al mundo exterior y me conmovía verla de pronto perdida en sí misma”. Y, finalmente, la compasión superando las desavenencias: “¡Qué sola estaba! Yo la tocaba y le hablaba, pero me era imposible entrar en su sufrimiento”.

Días horribles

Los últimos días son horribles, pero, afortunadamente, la enferma no llega a ser consciente de su estado; drogada, apenas siente su cuerpo. Poupette le cuenta a su hermana: “Le he visto el vientre, ¡es espantoso! ¡Se está pudriendo en vida!”. Ahora, con la muerte cumplida, las reflexiones de Simone se nutren de esa realidad finalmente completada. Cuando recuerda su cadáver, piensa: “Era ella, todavía, y sería para siempre su ausencia”. “Cuando desaparece un ser querido, pagamos el pecado de existir con mil añoranzas desgarradoras. Su muerte nos revela su singularidad única”. “Me dijo mi hermana: Lo único que me consuela es que yo también pasaré por esto. ¡Si no, sería demasiado injusto!” Y ella le responde: “Sí, asistimos al ensayo general de nuestro propio entierro”.

Simone se queda con esa heroicidad vital que ha presenciado, con ese amor a la vida, pese a todo: “Mi madre alentaba el optimismo, cuando, impedida y moribunda, afirmaba el valor infinito de cada instante”. Su última reflexión no desdice su pensamiento existencialista: “No existe muerte natural: nada de lo que le sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia cuestiona al mundo. Todos los hombres son mortales: pero para todos los hombres la muerte es un accidente, y aunque la conozca y la acepte, es una violencia indebida”. @mundiario

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