Memoria del frío, relato excepcional de rebeldía, amor y humanidad

Portada de Memoria del frío y su autor Miguel Ángel Martínez del Arco. / RR SS.
Portada de Memoria del frío y su autor Miguel Ángel Martínez del Arco. / RR SS.

La pregunta crucial surge inevitable: ¿mereció la pena aquella abnegada lucha de tantas décadas contra el franquismo?

Memoria del frío, relato excepcional de rebeldía, amor y humanidad

Memoria del frío es, sobre todo, la historia de una mujer, Manolita del Arco, la que más tiempo pasó en las cárceles de Franco por razones políticas; y es también una historia de amor, la que hubo entre Manoli y Ángel, una historia que sólo pudieron disfrutar en contadas ocasiones, entre sus largos períodos que privación de libertad.

Memoria del frío es también una historia de rebeldías, de lucha contra la dictadura comandada por aquel desalmado general que se sublevó contra la República; y una pequeña historia del comunismo español, una historia vista a través del ojo de la cerradura, como gustaba decir a Eduardo Galeano; una historia pequeña pero que permite entender mejor la Historia grande, la que se escribe con mayúsculas. Y es, en fin, un testimonio de las crueles condiciones que padecían las y los presos políticos de la dictadura, décadas después de la Guerra Civil. ¿Cómo entender de otra manera que todavía se torturase, todavía se fusilase, todavía se diera bazofia para comer a presos y presas o que chinches y piojos campasen por sus respetos en las cárceles?

Las prisioneras recibieron un día la visita de una periodista chilena, acompañada de María Topete, directora de la prisión maternal de Madrid. A saber que querrían mostrarle. La chilena preguntó a una presa, Mercedes Gómez, por su situación, y su voz se lanzó: “Los váteres están dentro de las celdas, el suelo es de cemento, ahí ponemos el petate para dormir, y mire usted el frío que hace. El médico ni nos mira, usa las jeringas sin hervir el agua, no hay sábanas, nos duchamos casi siempre con agua fría, la comida es escasa, y llevamos aquí años. No señora, yo estoy aquí por luchar contra Franco, por la libertad, no soy una delincuente”.

A Merche la metieron en una celda de castigo y estalló un motín. El director, con la ayuda de funcionarios de la cárcel de hombres, redujo a las presas, quienes entonces se pusieron en huelga de hambre. “¡Hasta que suelten a Merche!” Manoli acabó en otra celda de castigo durante tres meses. Ese era el ambiente que se respiraba.

El autor, Miguel Ángel Martínez del Arco, es hijo de Manoli y Ángel. Hay que imaginar la paciente y dolorosa labor de reconstrucción de aquellas vidas que llevó a cabo, removiendo recuerdos -los suyos en primer lugar-, sumergido en la correspondencia que sus progenitores se cruzaron bajo la estricta censura de sus guardianes, hurgando en documentos de la época guardados en archivos oficiales o visitando estancias en las que Manoli fue torturada, como ese piso céntrico en la calle Almagro de Madrid reconvertido después en oficinas de alto standing. Hay que imaginar su valentía para enfrentarse a una obra así, una valentía igual a la que mostró Héctor Abad Facciolince cuando narró en otro libro memorable, El olvido que seremos, la vida de su padre, Héctor Abad Gómez, el profesor y médico salubrista asesinado en Colombia por defender la salud pública y los derechos humanos. La cantidad de lágrimas que debieron derramar ambos durante la escritura de estas obras.

Memoria del frío es un libro que no debería perderse ninguna persona interesada en la historia reciente de España, esa a la que nunca se llegaba en las escuelas y colegios porque se quería ocultar, mientras nos entreteníamos memorizando la lista de los reyes godos. Y es un libro muy recomendable para los votantes de la extrema derecha, para que sepan más se piensen mejor a quienes siguen y apoyan.

Manoli del Arco era una militante comunista con diecinueve años recién cumplidos cuando terminó la Guerra Civil. Podía haber optado por el exilio, pero decidió quedarse en España corriendo todos los riesgos. El libro narra en primer lugar su vida antes de ser detenida, y los frecuentes cambios de ciudad porque la policía le seguía de cerca los talones. Los inspectores saben mucho de ella y de sus camaradas desde que lograron detener a un tal Quiñones, un alto responsable del PC, seguramente enviado por la Internacional Comunista. No le arrancaron ni una palabra a pesar de las torturas, pero los agentes encontraron una buena cantidad de información entre sus pertenencias. A Manoli la detiene en A Coruña un inspector enviado desde la DGS, la tristemente famosa Dirección General de Seguridad. Iba acompañado por Carlos Arias Navarro, entonces fiscal de la Audiencia de Madrid. “He venido para asegurarme de que esta vez no te nos escurres”. Después, las torturas se extendieron durante más de un mes y medio en la sede de la DGS, en la Puerta del Sol, donde hoy se enclava la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Cuando al fin la envían a la prisión es “un día feliz”, algo que entienden bien quienes pasaron por aquellos sótanos y aquel calvario.

Ángel, el padre de Miguel Ángel, era otro militante, un individuo lleno de humanidad, ternura y amor. Imposible no conmoverse con sus cartas a Manoli desde prisión, llenas de esperanza. Impacta el episodio sobre el momento en el que lo van a fusilar y busca palabras para escribir a su novia en la media cuartilla que le entregan. No las encuentra. Entonces decide enviarle un dibujo al carboncillo que le ha hecho un amigo y garabatea una frase: “La tierra será un paraíso”. Ella entenderá. En el último momento se entera de que le habían conmutado la pena, y lo devuelven al penal. Mensaje para Manoli a la cárcel de Ventas: “¡Qué le digan que estoy vivo. Nada más!”

Ángel sale primero, en 1961, después de 19 años de cárcel. Tiene ya 40 y va a visitar a Manoli a la cárcel. Tenía 22 la última vez que se vieron y les cuesta reconocerse. Después sale Manoli, con 40 kilos de peso. Ángel la está esperando y no puede evitar las lágrimas. También ella había sido condenada a muerte, y también esa pena le fue conmutada. Al año nacerá Miguel Ángel. Manoli lo lleva a visitar a sus compañeras todavía presas. Quedan doce. “Es el niño de todas”, exclaman llenas de alegría.

En las navidades de 1962, Ángel es detenido de nuevo. Permanece en los calabozos de la DGS después de los días que estipulaba la ley y entonces Manoli burla la vigilancia de los guardias y se cuela en el despacho del director general de Seguridad. Es un viejo conocido: Carlos Arias Navarro. Antes de que los guardias se la lleven a empujones le dice que su marido lleva dos semanas detenido y que eso es ilegal, y él responde: “Debería estar agradecida de no tenerla aquí también”. Una compasión que duró poco: la detienen otra vez y, aunque pronto la sueltan, nadie le libra de los golpes. Ángel cumplirá otros cinco años en prisión y seguirán deteniéndolos, a ambos, aunque ya sólo pasarán estancias cortas en comisaría. La palabra es atemorizar.

Perdón por compartir unas cuantas cosas de Memoria del frío, pero quedan muchas más por contar, además de la historia de Manoli y Ángel: las relaciones entre las reclusas, su solidaridad, su moralidad mojigata en lo que se refiere a las relaciones lésbicas, cómo se comunicaban entre ellas, cómo recibían noticias del exterior, las visitas, las protestas, la convivencia, los debates, las dudas, las labores del grupo cosiendo pañitos de ganchillo por la noche alumbradas por la bombilla del váter para sacar unas perras y comprar algún alimento en el economato de la cárcel… Y narra también algunas luces que iluminan la obscuridad, como la llegada de un médico nuevo a la prisión de Segovia, Juan del Cañiz, quien consigue medicinas, atiende y cura a las presas. Entre la barbarie siempre surgen destellos de humanidad. Así que, el libro ofrece también un testimonio fidedigno sobre la vida en las prisiones de mujeres.

La escritura es amena y muestra calidad literaria pues la historia que cuenta, además de su indudable interés, cumple con otras dos condiciones exigibles a la buena literatura: está bien narrada y conmueve.

La pregunta crucial surge inevitable: ¿mereció la pena aquella abnegada lucha de tantas décadas?  Para mí la respuesta es clara: desde la ética, había que oponerse a la dictadura por todos los medios. Además, había esperanzas; una frase repetida por las personas presas era: “Esto se cae. Pronto. El fascismo va a perder la II Guerra Mundial y entonces estos también caerán”. Y cabía también otra esperanza, la de construir un mundo mejor, aquel que traería leche y miel para todos/as, mientras que el rancio capitalismo español de la época, más del siglo XIX que del XX, merecía una condena sin paliativos. Recuerdo una frase de Regino Botti, gran economista y el primer ministro de Economía que tuvo la Revolución cubana: “Yo no sé si el socialismo arreglará los problemas de América Latina, pero lo que sí sé es que el capitalismo no los va a resolver”, una frase que podría aplicarse perfectamente a la España de entonces.

Después, las cosas no salieron así: fracasó la resistencia al franquismo -no se dio la ansiada intervención aliada y el régimen se mantuvo 40 años más-; fracasó el modelo soviético como sistema político y económico; y la democracia que gozamos en España todavía mantiene imperfecciones heredadas de la dictadura -como las grandes desigualdades que muestra nuestro país-. Ahora bien, ninguna de estas limitaciones es achacable a aquellos y aquellas luchadoras que se opusieron a la dictadura.

Pero, ¿qué pensaba Manoli, qué pensaba Ángel, qué responderían sus camaradas, aquellos que vivieron tantas penurias, o sus hijos, a esa pregunta tremenda? ¿Mereció la pena? No me corresponde adelantar la respuesta. Se apunta en el libro.

No sería honesto ocultar que conozco personalmente al autor, aunque hace años que no nos vemos. Él también estuvo en Nicaragua, como tantos jóvenes inquietos, apoyando la revolución sandinista. Él también está ahora en contra de la dictadura de Ortega, como la gran mayoría de los que hemos vivido allí. Felicidades, Miguel Ángel, por esta experiencia sanadora, la de enfrentar a los demonios a través de la escritura. Y mucha suerte en la aventura editorial. Las dos suertes: la que cae del cielo y la que uno cultiva con su esfuerzo. Mereces sobradamente ambas. @mundiario

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