La literatura a través de la vida en un diario de Manuel Moyano

Polvo en los zapatos/ Menoscuarto ediciones
Polvo en los zapatos/ Menoscuarto ediciones
"No he querido dar cuenta de todas las neurosis o rencores que puedan haberme asaltado, tal vez sí de algunas melancolías", escribe Manuel Moyano en Polvo en los zapatos.
La literatura a través de la vida en un diario de Manuel Moyano

No se trata solo de un ejercicio de intertextualidad lo que ofrece este diario de Manuel Moyano, sino un tributo a la literatura como forma de vivir la inmediatez y la caducidad. Desde 2018 a 2020, el escritor cordobés ha ido pergeñando una serie de entradas que, en sí mismas, se configuran como breves epístolas hacia un lector que enseguida descubre que la vida se nutre de motivos literarios y viceversa.

Si bien la escritura, por muy sincera que pretenda ser, persiste en aras de la ficción, hay una verdad subyacente en estos textos de Moyano que nada tiene que ver con la verosimilitud literaria. Quizá, porque la superan. Lo anecdótico se viste de una profundidad sensitiva y literaria en la que las amistades y la familia se convierten en un material de escritura tan relevante que los sentimientos que inspiran encuentran su analogía en novelas, discos, aforismos, conversaciones con escritores, viajes, caminos de herradura, paseos en coche.

De esta manera, todo parece cierto en este diario, porque el costumbrismo prende en una vívida constatación de que todo lo que acontece tiene una causa literaria a la que el autor no puede ni quiere escapar. Si algo demuestra este diario, es que lo vivido no deja de ser el pre-texto de una intuición literaria que medra en el interior de quien mira la vida con el nervio de la experiencia y con el temor de que la muerte de los otros es tan inevitable como el hecho de no esquivar la adictiva ponzoña de la literatura; un lugar o no-lugar que no deja de redescubrirse para Moyano, pese a que todo resuene a una misma cadencia, a una misma rutina, a una inútil insistencia de aprovechar el tiempo en no se sabe qué: "Aunque no era mi intención al empezar, he terminado escribiendo una suerte de autobiografía intermitente, a través de flashbacks, que tampoco deja de ser falsa por lo mucho que escamotea". (pág. 353).

El humorismo, sin embargo, que desprenden algunos pasajes desmitifica esa enfermiza egolatría de los autores, puesto que los encuentros literarios que describe Moyano con Houllebecq, Mallo o Landero, entre otros muchos, están teñidos de la cotidianeidad que arma las partidas de dominó en las tabernas de carretera. La continua alusión a amistades como la de los escritores  Leo Cano o Miguel Ángel Hernández también se ampara en el desenfado y en la espontaneidad de una concepción de la literatura que está después de las cosas importantes de la vida: "Llamo a Miguel Ángel Hernández para hacerle una consulta (...). Le digo que somos como buhoneros malvendiendo nuestra mercancía, embarcados en una labor ardua (...). Escupe entonces por el teléfono: "La literatura no da para comer, pero da para beber". Una frase para enmarcar. La pondré en mi habitación junto al imán de Brendan Brehan que compré en Dublín (...)" (págs. 94-95).

Publicado por Menoscuarto Ediciones, el diario de Moyano no está exento de un tono de derrota, de un romanticismo trasnochado que el propio autor reconoce al preguntarse para qué vale tanta literatura, como si no fuese consciente de que la labor de quien escribe no es otra que la de perseguir fantasmas. Ese tono nostálgico se agradece en más de una ocasión, cuando el confesionalismo se convierte en un relato de su propia biografía creativa. Ciudades en las que vivió, ciudades en las que escribió y ciudades a la que viajó conforman un crisol de escenarios en los que las referencias literarias abruman y lo acorralan. La geografía política deja de serlo para convertirse en un laberinto de lecturas, en una escandalosa geografía borgesiana.

Por mucho que lo intente, no hay otra manera de sublimar esa visión escéptica hacia el propio acto de la creación si no es con la implicación de la música, de la fotografía, de los novelistas. Y, sin caer en la frivolidad, pero imitando en ocasiones al modernista Umbral, la verdad de su diario se asienta en la inmediatez de lo trivial y de lo basto que impregna cualquier humanidad que necesita continuas dosis de hedonismo en vena para mantenerse a flote: "Viajo a Cieza con Carlos Gironés" (pág. 207) "Llevo un mes sin montar en bicicleta" (pág. 95), "Compro una botella de tinto en la cooperativa de la cercana población de Cañada del Trigo." (pág. 59) "Es domingo y ayer compré ingredientes para hacer arroz y conejo"(pág. 171) Y, después de esta crónica de acciones ordinarias, aparece la literatura, el ávido lector que es Moyano, el escritor introvertido también, y es aquí cuando a uno se le revela que es imposible escindir lo literario y lo real, que Moyano ha de vivir en su particular quijotización para ser aquel que se niega a renunciar a los placeres mundanos sin abandonar el insondable abismo que representa la escritura y sus demonios: "Ya estoy desembarcando en Civitavecchia. Ya estoy recorriendo los pueblos de la antigua República Amalfitana donde residieron Boccaccio, Wagner, D. H. Lawrence o Gore Vidal. (...) Ya estoy pasando por Brindisi camino del norte para recoger a Marta. Y, en realidad, aún no he salido de casa." (pág. 258)

La universalidad de los tópicos reside en lo nimio, entre los suyos y en el desamparo que dejan los que murieron. Esa verdad que transmite en cada entrada se hace aún más tangible cuando describe la muerte de su padre, la sensación confusa de una orfandad que no termina de cuajar después del entierro, el duelo que también significa la muerte de los amigos, de los amigos creadores como el poeta José Cantabella o el pintor Jesús Montoia, cuyas sentencias y máximas redundan en el espíritu que gobierna este cuaderno de bitácora: "El arte no puede ser solo decoración. El arte se hace para uno mismo, y, si no es así, mejor pasarse años sin hacer nada". (pág. 259). Polvo en los zapatos es una miscelánea, un tributo a ese afán enciclopédico de aquel que sabe que incluso la literatura no es suficiente para vivir, pero al menos anima una pasión prohibida (un título de Cristina Peri Rossi), una forma de autoengaño, una forma de amar, una manera de estar solo sin estarlo, una manera de ir al fondo de las cosas con la motivación de que es necesario rescatar lo que aún no se ha perdido. @mundiario.

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