Libros, milagros de papel

Libros de Mundiediciones. / Mundiario
Libros de Mundiediciones. / Mundiario
Según el pensamiento carlyleano, el héroe-escritor puede valorarse solamente en tanto obra y personalidad están unidas.
Libros, milagros de papel

He terminado de leer Los héroes, de Thomas Carlyle, una obra clásica de aquellas que tocan puntos profundos del devenir histórico y de la vida en sí. Es un libro de filosofía de la historia que hace un recuento de los personajes más relevantes que marcaron el rumbo de la humanidad, obviamente desde una perspectiva prominentemente eurocéntrica. Según el prologuista de la edición que tengo (Orbis, Barcelona, 1985), Thomas Carlyle quiso dar a la humanidad un listado de personajes cuyas características personales y propias son indispensables para el avance, el desarrollo y la civilización de la humanidad. Pero estos personajes no son como islotes desarraigados de su contexto social, no son personalidades individuales aisladas de un colectivo humano, como muchas veces han dicho los críticos del pensador escocés. Son, más bien, fruto de un colectivo cuya energía e inteligencia los hacen posibles. Y son las sociedades las que por voluntad propia delegan su futuro a estos héroes. Sin ellas éstos no tendrían razón de ser; es más: no podrían ser.

Más que individualidades humanas como tal, lo que intenta mostrar Carlyle son modelos de personajes, sirviéndose para ello de personas de carne y hueso y de algún dios de la mitología nórdica. Yo concuerdo con el prologuista del libro que defiende a Carlyle, pues creo que ante todo ésta es una obra en la que el autor pretende mostrar ciertas verdades a través de símbolos y alegorías humanas, y no hacer apología de individualidades personales irrepetibles en el mundo. Algunos tipos de héroes, por su naturaleza (como los dioses o los profetas), son ya irrepetibles en el tiempo actual; otros (como el literato o el rey), en cambio, pueden replicarse en la historia varias veces, lo cual es deseable.

La obra es en realidad un compilado de seis disertaciones dadas en mayo de 1840: “El héroe divinidad”, “El héroe profeta”, “El héroe poeta”, “El héroe sacerdote”, “El héroe literato” y “El héroe rey”. En cada una de las partes Carlyle destaca las cualidades de cada uno de los personajes-modelo, y el lector agudo puede obviamente sacar conclusiones que puedan estar en contra de lo que dice el filósofo escocés y discrepar con él. Sin embargo, en la quinta conferencia —la más rica para mí— se habla, más que de individualidades personales (que en este caso son Johnson, Rousseau y Burns), de la importancia que han tenido los libros y los escritores para la vida de conferenciante y para la historia del mundo. Si las anteriores reflexiones pueden ser ahora anacrónicas y no valederas, esta conferencia es, creo, atemporal ya que habla de aquellos objetos de papel y tinta que llenan los estantes de las bibliotecas, habitan en los más sublimes espíritus, son compañeros incondicionales y son, como decía André Maurois en sus conferencias Sentimientos y costumbres, casi seres vivos que provocan un diálogo incesante en el cual hablan ellos y nuestra alma responde.

Carlyle distingue entre escritores (literatos es la palabra que utiliza Carlyle) verdaderos y falsos. Éstos lo son por puro esnobismo; aquéllos, en cambio, por sacerdocio y misión de vida. El talento para escribir se lo forja, se lo cultiva, se lo fragua, claro que sí, pero si no se siente el llamado para hacerlo, todo esfuerzo deviene pedantería o, peor, fingimiento.

¿Cómo escribir? Poniendo al desnudo todo lo que el alma lleva en sí y dando a conocer la verdad del mundo. Para ello, es menester tratar de develar la esencia de las cosas. En palabras de Fichte, la Divina Idea del Mundo invisible que reside en el fondo de toda Apariencia visible. El escritor —sea poeta, ensayista o novelista— siempre vive con un pie en el mundo y con otro en su mundo propio de sensaciones y visiones íntimas. No debe ser, pienso, ni un eremita de biblioteca que vive enterrado entre libros solamente, ni un mundano que se nutre solamente de los hechos urbanos o las vivencias del día a día. Sino un hombre total entregado a sus lecturas y meditaciones, por un lado, y a la vida del mundo, por otro.

Muchos acceden a buenas editoriales y escriben en las columnas de periódicos renombrados, pero no todos ésos son realmente literatos (escritores). Según el pensamiento carlyleano, el héroe-escritor puede valorarse solamente en tanto obra y personalidad están unidas. Así, las mejores obras son de quienes llevan una vida entregada al sacerdocio de la escritura. Escribir es un modo de vivir y de entender la vida. Ergo, malicia, envidia y ruindad de espíritu, defectos no raros de hallar en diletantes de la escritura, siempre malogran el proyecto personal del escritor.

Ya tenemos una idea más o menos definida de lo que son el escritor y su misión. Pero ¿qué hay de los libros, su producto directo? Para Carlyle, son milagros; “en los libros reside el alma de todo el Tiempo Pasado”. Y en otra parte: “Todo lo que la Humanidad ha realizado, pensado, adquirido o sido, aquí lo hallamos como magníficamente conservado, en las páginas de los Libros. Son la mejor propiedad de los hombres”. Sin ellos no habría registro de lo que fue y vio el ser humano en el pretérito.

Cuando leí los Ensayos de Michel de Montaigne, en las notas prologales de la edición que tengo en casa encontré que “la mejor de las Universidades está en los libros”. Bien, esta frase es de Carlyle, quien textualmente dijo: “Aprendemos en ellas (las universidades) a leer en varias lenguas, en diversas ciencias; aprendemos a leer en el alfabeto y en las escrituras de toda clase de libros. Pero el lugar a donde vamos a adquirir saber, por especulativo que sea, está en los mismos Libros. Nuestro saber dependerá de lo que leamos, después que toda clase de Profesores hayan hecho cuanto han podido por encaminarnos. La verdadera Universidad de nuestros días es una Colección de Libros”.

Ahora, hablando de algo más específico, de la ficción, o de la literatura como género de la escritura, ¿qué de importancia tiene, más allá del disfrute que genera en los entusiastas de la lectura o en quienes acuden a ella en momentos de ocio? Ella no es más ni menos que un Apocalipsis, una revelación casi divina. ¿Tendrán más verdad el Origen de las especies de Darwin, la Geografía de Estrabón o las Historias de Heródoto que los personajes de Shakespeare o la teología en 10 mil versos de Milton? La verdad es que las mejores obras de ficción revelan los misterios del mundo y la naturaleza humana.

Y ¿qué hay del periodismo, ese “cuarto Estado”? Éste democratizó la vida pública; para Carlyle, les quitó a los políticos el monopolio del debate y llevó una pequeña pero importante parte del Parlamento a la sociedad. El papel y la tinta tienen el poder de llevar pensamiento y crítica a la opinión pública interesada en los asuntos del Estado.

Es escritor está a la par del gran sacerdote y el buen estadista, quienes tienen la tarea de “poner sabiduría en la cabeza del mundo y el mundo combatirá su batalla victoriosamente, y será éste el mejor mundo que el hombre podrá realizar”. @mundiario

 

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