Libro de los misterios

Libro de los misterios. Fernando Diez de Medina.
Libro de los misterios. / Fernando Diez de Medina.
La obra de Fernando Diez de Medina es literatura de alto vuelo y filosofía cristiana al mismo tiempo. Es una meditación sobre lo que significa perder a un hijo, una reflexión dada en forma de teatro poético. 
Libro de los misterios

Se dice que no hay dolor más profundo que la pérdida de un hijo. Todo puede soportarse, toda calamidad puede sobrellevarse, pero ningún padre, ninguna madre, hasta el fin de sus días en la tierra, puede arrancarse la flecha que se encarna en el corazón cuando muere su hijo. Porque nadie nace con el corazón dispuesto para enterrar a un vástago.

Hace unos días, en una librería, encontré de pura casualidad un librito que hace mucho tiempo había estado buscando, pero cuya ausencia había hecho que desahuciara mi búsqueda: Libro de los misterios. Una joya difícil de encontrar. Una obra difícil de encasillar en un solo género, pues participa a la vez de la dramaturgia, la poesía e incluso el ensayo filosófico. Como dice la presentación del libro, hecha por la editorial Don Bosco, esta obra tiene «algo de la ‘fantástica’ novaliana, donde vida y arte se transfunden, rompiendo fronteras estéticas». Se dijera un canto autobiográfico de un poeta romántico y clásico, con algo de filosofía oriental y esencias grecolatinas y bíblicas, casi todo puesto en forma de parlamento dramático.

Se publicó hace setenta años, en 1951, un año después de que su autor fuera merecidamente galardonado con el Gran Premio Nacional de Literatura por su libro Nayjama, cuyo tenor no tiene nada que envidiar al de la Teogonía de Hesíodo.

La obra consta de tres partes, de tres “misterios”: Misterio de los signos (teatro), Misterio de la niña de la estrella (relato breve) y Misterio de rosa de luz (teatro). Dado que, de las tres partes, la última es la más significativa, profunda y bella, nos dedicaremos a analizar solamente ésta.

Cuando leía el libro (lo terminé de un solo tirón, en una tarde), se me venía a la mente la Consolación a Marcia, de Lucio Séneca, obra excelsa en la que el moralista romano conforta a una madre quebrantada por la muerte abrupta e inesperada de su hijo. La muerte es un hecho inexorable que debe ser esperado con filosofía, estoicismo e incluso paz, dice el pensador romano. Pero Séneca no filosofa fríamente; hay en su Consolación atisbos muy espirituales que bien podrían ser adoptados por el cristianismo. De hecho, algunos padres de la Iglesia —como Tertuliano— adoptaron las premisas del duelo senequista para el razonamiento cristiano sobre la muerte.

El Libro de los misterios es literatura de alto vuelo y filosofía cristiana al mismo tiempo. Porque gran parte de la filosofía americana no está en tratados filosóficos, sino en creaciones artísticas y, particularmente, literarias. Fernando Diez de Medina perdió a su hija Beatriz cuando ésta tenía tres años. En varias de sus obras, se nota un recurrente leit-motiv doloroso: los primeros pasos de la nena en el Montículo paceño, su abrupta muerte y el desconsuelo que este hecho significó para Fernando Diez de Medina y María Paz Campero, sus padres. El Libro de los misterios es una meditación sobre lo que significa perder a un hijo, una reflexión dada en forma de teatro poético, trabajado con la galanura verbal y la límpida prosa de las que es dueño Diez de Medina. Una maravilla de la pluma del escritor boliviano.

Misterio de rosa de luz es una pequeña pieza teatral dividida en tres actos que tiene cinco personajes: El sacerdote, El padre, La madre, El pájaro de la tarde y La voz (de la niña) que habla a través del padre. Inicia la obra con una admonición del clérigo al Padre, quien se halla devastado y desesperanzado por la muerte de su niña: « ¿Hasta cuándo, hijo? No es esto cristiano; el Señor manda sobreponerse a la aflicción». La resignación es, pues, signo de buena observancia de la ley de Cristo. Además, el cura le dice al Padre que todo en la vida del creyente tiene un sentido; no existe el azar, la suerte no existe. El alma humana, creación divina, no puede ser comprendida con la vara del raciocinio humano, mas es garantía de que cuando sucede la muerte, ésta es en realidad sinónimo de más vida. En otro plano, obviamente.

Continúa el diálogo entre El padre, amargado y peleado con la fe y la vida, y El sacerdote, que lo insta a volver sus ojos a Dios, un Dios que da y que quita, que tiene el control supremo sobre las vidas y las muertes, que puede incluso llegar a herir, pero por amor. Al cabo El sacerdote le dice que «la virtud divina se fortalece en la debilidad humana» (haciendo clara alusión al pasaje bíblico en el que Pablo es herido por el aguijón de Dios). «No el que resiste, el que persiste triunfa», le dice El sacerdote al Padre doliente. Pero ¿qué es persistir? Es perseverar en la fe, un día a la vez; creer que luego de la tormenta dura e inexplicable, en el tiempo indicado, viene un arcoíris, escampa y hay bendición, una bendición también —como la muerte— inexplicable y misteriosa, una dicha que se recibe como regalo por la paciencia.

Es notorio el conocimiento que Diez de Medina tuvo que poseer del credo cristiano y la Biblia para la composición de una pieza teatral como ésta. El Libro de los misterios no es poesía de ingenua esperanza, sino esperanza cristiana con un trasfondo de notable solidez teórica.

El sacerdote, incansable y tenaz, sigue instando al Padre a retornar a los misterios de la vida, a volver a la fe: «Vuelve a tu Señor; quien te llagó, te sanará; quien te afligió, reparará. Espera y confía, es todo el misterio de la fe». Luego aparece en escena La madre, también desconsolada como El padre pero acaso no tan rebelde ante Dios. Pide al marido que deje de pensar tanto en la hija perdida, que cambie de actividades, que renueve sus pensamientos… Ambos padres comienzan a evocar el recuerdo feliz-triste de la nena. Sus primeros pasos. Su sonrisa. Los juegos entre los tres… La madre evoca particularmente el ingenio y la inteligencia de los que aquel ser efímero era dueño, dones otorgados misteriosamente a aquellas personas destinadas a vivir poco tiempo en esta tierra: «¿Y los juegos que ella inventaba? Esa inteligencia maravillosa, pronta a descifrarlo todo; esa dulce cabecita inquieta». Y El padre, sobrecogido por el recuerdo que trae al presente su mujer, cuestiona con brillo en los ojos si hay alguna filosofía más profunda que la sonrisa tierna y casta de una niña.

Finalmente, entra en escena La voz (de la niña) que habla a través del padre. Aquella misteriosa voz dice: «El deseo anuncia el futuro. Bienaventurados los que creen». Pronto La madre pasa de la melancolía que recuerda a la felicidad que augura. A intervalos, El pájaro de la tarde canta trinos («I-u, i-u, i-u-u-u-u») que endulzan el instante, y al fin habla: «Te fue donada la pasión de recordar, como ayer la virtud de sufrimiento». Y es que el poder plástico del recuerdo, la evocación resucitadora, la memoria reminiscente, es don sublime que a los vivos sirve para mantener vivo al ser perdido. Como cantó el persa Khayyam: los muertos han partido para que podamos refugiarnos en ellos a través del recuerdo.

El pájaro, en realidad es un emisario del Cielo, como heraldo de un mensaje divino: La madre guarda en su «vientre cálido» un nuevo ser… @mundiario

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