Kershaw y su obsesión por Hitler

El mito de Hitler. Ian Kershaw
El mito de Hitler. / Ian Kershaw
Hitler: La biografía definitiva (1998) es un librote de más de mil páginas, un alarde bibliográfico monumental que incluye fotografías, notas explicativas, anexos y una larga lista de las fuentes y documentos consultados.
Kershaw y su obsesión por Hitler

El historiador judío Ian Kershaw ha escrito la biografía más completa de Adolf Hitler: Hitler: La biografía definitiva (1998). La obra es un librote de más de mil páginas, un alarde bibliográfico monumental que incluye fotografías, notas explicativas, anexos y una larga lista de las fuentes y documentos consultados. Por ser tan abundante en fuentes consultadas y en incorporación de material hasta entonces inédito, además de estar escrito con una prosa límpida, el libro fue seleccionado para el premio de Biografía Whitbread de 1998 y de 2000; además, ganó el primer Premio Samuel Johnson de Ensayo, el Premio Literario Wolfson de Historia y el Premio Bruno Kreisky de Austria para el libro político del año. Por si fuera poco, se le concedió conjuntamente el premio inaugural de la Academia Británica.

Sin embargo, esta “biografía definitiva” es el colofón de una serie de estudios que Kershaw ya había estado pergeñando en torno a la vida y obra del célebre dictador de la Alemania nazi, pues para entonces ya había escrito y publicado Hitler: Un perfil del poder (1991) y la gran obra El mito de Hitler: Imagen y realidad en el Tercer Reich (1987). Y es la llamativa portada esta última obra la que, en septiembre de 2021, me indujo a comprarla en la XXV Feria Internacional del Libro de La Paz. Editado por Crítica, el libro de más de 360 páginas lleva al lector a los porqués del ascenso meteórico de Adolf Hitler, de su ingenua aceptación incluso en los círculos ilustrados y de la poca crítica que existió sobre sus excesos. Dado que Kershaw dedicó buena parte de su carrera de historiador a estudiar obsesivamente el fenómeno Hitler, cada uno de sus estudios hitlerianos otorga al lector una faceta o una arista diferente del dictador.

Una de las cosas que más me llamaron la atención mientras hojeaba el libro en el stand de la librería Yachaywasi antes de comprarlo, fue el criterio de “las dos categorías principales” que el autor maneja para su investigación: 1) los informes confidenciales que el partido nazi guardaba en torno a la justicia, la policía y la moral y la opinión pública generales (eventualmente desclasificados), y 2) los informes que llegaron a las manos de los exiliados o disidentes del nazismo, cuyo contenido era altamente crítico hacia régimen y, por ende, censurado en aquellos años.

Desde el punto de vista de la prosa, el libro es fascinante. Narra el ascenso del führer al poder con pluma ágil y elegante, como lo hace Antony Beevor en sus libros sobre la Segunda Guerra Mundial. El libro no pasa por alto los detalles urbanos de ese contexto de exaltación caudillista que podrían parecer menores, pero que en realidad son los más importantes: «En el centro de la ciudad de Munich, los escaparates exhibían fotografías y bustos de Hitler adornados con guirnaldas de flores y coronas de laurel, las casas estaban profusamente decoradas, los tranvías portaban festivos banderines y grandes multitudes se agolpaban con excepción en cualquier lugar en el que pensaran que podrían tener si quiera una fugaz visión de Hitler, quien, sin embargo, en un alarde de falsa modestia, pasó el día de su cumpleaños en su apartamento privado».

Uno de los aportes más relevantes de Kershaw es el análisis que hace del mito hitleriano con las herramientas de la sociología de masas y aun de la psicología. Toma algunos postulados de Max Weber y los combina con los de Gustave Le Bon; así, llega a conclusiones que explican un comportamiento de multitudes que usualmente es poco —o nada— crítico con los excesos, las tropelías, el autoritarismo y la barbarie. «Quienes presenciaron esos mítines de masas en presencia del führer han atestiguado que para quienes tomaban parte en ellos la atmósfera y el efecto eran más próximos a los de una reunión religiosa evangelista que a los de una asamblea política “normal”».

A medida que leía el libro, notaba cómo en la historia ciertos fenómenos pueden replicarse de manera tan aguda y fiel, pues los tiempos que ahora corren están viciados de populismo y cultura de masas, los cuales degeneran el espíritu crítico de las sociedades y van socavando su libertad. En muchos aspectos —por no decir en casi todos— el mito de Hitler descrito por Kershaw fue el mismo que explica el ascenso al poder de muchos demagogos y populistas del presente, sobre todo en América Latina. Obviamente, los países con sociedades más cultas o menos ignorantes son las menos propensas a sufrir este tipo de calamidades, pero el hecho de que la Alemania de los años 30 haya abierto un camino expedito al nazismo es una prueba de que ninguna está vacunada contra un cáncer como aquél. Justamente una de las más grandes preocupaciones de los intelectuales de la Escuela de Fráncfort fue la develación del porqué de ese misterioso fenómeno.

Quizá una diferencia entre el caudillo Hitler y los caudillos de América Latina fue que aquél no degeneró en pedantería frívola; es decir no terminó, por lo menos al parecer, llenándose los bolsillos y asegurando financieramente su porvenir a costa del Estado. Su objetivo siempre fue el poder, el poder para conquistar más poder.

Cuando Ian Kershaw, ya hacia el final del libro, comienza a describir el declive del mito de Hitler, se hacen consideraciones sobre cómo veía la juventud al führer: como a un ser casi divino, como al salvador de la nación alemana y, cosa sorprendente, como a un socialista auténtico… Esta parte también me pareció muy útil para analizar a las juventudes del presente en Latinoamérica, conglomerados ingenuos y cándidos que, mucho más por moda que por real convicción y consciencia, se pliegan a movimientos extremistas que no tienen propuestas políticas realizables y cuyos cabezas son por lo común demagogos sin escrúpulos. Los populistas, apelando a su inexperiencia en la vida, son duchos en el manejo de las pasiones juveniles.

Pero hay un elemento revelador que se halla transversalmente en casi todos los capítulos de la obra: la existencia de pequeños pero resistentes focos intelectuales, religiosos y económicos contestatarios a la irracionalidad de Adolf Hitler: «Se trataba de una minoría con poder e influencia». Eran por lo general izquierdistas radicales, burgueses y puritanos religiosos. Ellos habían quedado al margen del embriagador poder de seducción de Hitler; «…se sentían completamente asqueados por la populista vulgaridad del nazismo, y podían ver dibujarse en el horizonte el desastre nacional».

Cada vez fue habiendo más resistencia al oprobio hitleriano. Es como si durante muchos años se hubiese tendido un velo de ceguera frente a los ojos de Alemania, un velo que se fue desvaneciendo poco a poco. Esperemos, como latinoamericanos, que el velo que ahora nubla la visión de nuestros políticos y, sobre todo, la de nuestra opinión pública y nuestras juventudes, también termine desvaneciéndose. @mundiario 

 

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