La isla de las musas, ¿una novela gótica?

La isla de las musas, libro de Verónica García-Peña. Vicky Rego (1)
La isla de las musas, libro de Verónica García-Peña. / Vicky Rego

Cuando nos dejamos envolver por la ficción, hay una necesidad imperiosa de creer, nuestra mente no se dispersa y se vive a fondo.

La isla de las musas, ¿una novela gótica?

Volví de España, en marzo, leyendo en el avión La isla de las musas, de Verónica García Peña (Ed. Suma). Cuando vuelo prefiero no entrar en una literatura profunda onda Pascal Quignard, a quien amo, pero con él tenemos nuestros momentos íntimos. No, cuando estoy a treinta y cinco mil pies de altura, y ya me explicaron por enésima vez todo lo que hay que hacer si el avión se viene abajo: con una sonrisa ponerse la máscara que va a caer divinamente desde el cielo, dejar todas las pertenencias y tirarse al vacío con un salvavidas que hay que inflar con gran regocijo antes de saltar; en ese momento en que me relajo, solo quiero distraerme. Ver una peli divertida o leer un libro que me lleve sin plantearme nada.

Fui entrando en la isla gallega y en la vida de Ricardo Pedreira Ulloa como cuando era chica y leía Robinson Crusoe”, La Isla del tesoro, o Cumbres Borrascosas. Sin juzgar el estilo literario, sin pensar en su estructura, sin analizar, solo dejarme llevar. Me perdí en la desmemoria inexplicable de Ricardo. Y empecé a sospechar las causas a medida que la historia avanzaba. Mientras la guerra civil española la rozaba de lejos, solo para situarnos en una época y explicar el por qué da algunas cosas.

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Le Horla, de Guy de Maupassant. / livredepoche

Sin proponérmelo se me aparecía Le Horla de Guy de Maupassant, ese hombre invisible que atormentaba al protagonista y se apoderaba de su ser. En ambas historias hay un gran arraigo por el lugar donde se vivió la infancia, la casa donde se creció. Pero en las dos, de golpe, una tristeza transforma todo “como si una desgracia me esperara en mi casa”. Ese ser invisible que bebe su agua, toma su leche, lee sus libros y lo vigila todo el tiempo llega a obsesionarlo. Como Julia —o Ana— en la novela de Verónica.

Cuando me di cuenta de que Le Horla (en francés Hors-là: fuera de aquí) podía ser ella, entendí que se trataba de una novela gótica, pero escrita en este siglo.

Como estaba tan atrapada no me cuestioné si un escritor puede crear hoy literatura del siglo XIX, si sería o no un anacronismo.

No recuerdo en cual de sus novelas, Milan Kundera habla del anacronismo de un músico que no podría componer hoy la quinta sinfonía de Beethoven. Siempre estaría contaminado por sus vivencias actuales.

Nadie puede escribir, en el XXI, Mme Bovary, ni Anna Karenina. A pesar de que las releo cada tanto muchas veces. Hay un pacto con el lector que hace verosímiles las tramas en otro contexto histórico.

Yo me creí La isla de las musas, me dejé llevar haciendo desaparecer mi permanente tentación de analizar con ojos de escritora. No me cuestioné cuándo había sido escrita.

La terminé cuando aterricé en Buenos Aires.

Psicosis, de Alfred Hitchcock (1960). Productora
Psicosis, de Alfred Hitchcock (1960). / Productora

Esa noche, en casa, vi por tercera vez Psicosis, la gran película de Alfred Hitchcock (1960) con ese magistral Anthony Perkins. Y me volví a tapar los ojos en la escena de la ducha. Y el suspenso me magnetizó como la primera vez.

No quiero hacer paralelismos que arruinen la sorpresa del lector. Solo pienso que, cuando nos dejamos envolver por la ficción, hay una necesidad imperiosa de creer, nuestra mente no se dispersa y se vive a fondo. Una y mil veces el mismo terror, las mismas dudas, la misma necesidad de destapar una incógnita. Nos volvemos a engañar y a sorprender.

Ese el mérito de Verónica. No escribió de nuevo Le Horla ni Cumbres Borrascosas, pero escribió La isla de las musas en septiembre de 2020, gótica, muy gótica. Es que en el inconsciente de un escritor está todo el bagaje de lo leído, de las películas que ha visto, aunque no las recuerde. La literatura se renueva y se hace infinita. @mundiario

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