Un instante eterno, la filosofía de la longevidad de Pascal Bruckner

El filósofo francés Pascal Bruckner y la cubierta de su último libro
El filósofo francés Pascal Bruckner y la cubierta de su último libro
Bruckner no contempla apenas los factores socioeconómicos que podrían aguar la celebración de una vida bastante más larga, pero sí se centra en cómo afrontar filosóficamente ese suplemento de años. 
Un instante eterno, la filosofía de la longevidad de Pascal Bruckner

En estos tiempos, cuando ya se está hablando de la próxima consecución de un aumento importante de dos o tres décadas en la longevidad, o, incluso, de que, salvo accidentes, suicidios o asesinatos, podremos convertirnos en inmortales, se hace aún más necesaria una paralela reflexión sobre las consecuencias psicológicas o filosóficas de un regalo tan inesperado.  Es lo que hace Pascal Bruckner en su muy sustancial ensayo Un instante eterno. Filosofía de la longevidad.

El tema de la senectud es un clásico que ya tocaron autores como Cicerón o Séneca, entre otros, pero estos la concebían a una edad menor y con una expectativa de duración escasa. El autor francés no contempla apenas los factores socioeconómicos que podrían aguar la celebración de una vida bastante más larga, pero sí se centra en cómo afrontar filosóficamente ese suplemento de años, la mayoría de los cuales habrán de desarrollarse en una oficial ociosidad. De todos modos, analizando el momento actual, con la ya lograda extensión de la vida, cabe cierto escepticismo, pues, hoy en día, el vivir más significa, en la mayoría de los casos, padecer una más prolongada decrepitud: “Lo que la ciencia y la tecnología han prolongado no es la vida, sino la vejez”. Dicen que lo que viene será distinto. Ya veremos. Y, por otra parte, frente a estos 

optimismos habrá que considerar el factor social: “La diferencia de esperanza de vida en Francia entre el cinco por ciento más rico y el cinco por ciento más pobre es de trece años”. Quiere decir esto que, si los tratamientos no resultan accesibles para todos —lo que es seguro que sucederá— habitarán nuestro planeta —de forma aún más diferenciada que ahora— al menos dos posibilidades humanas: una precaria, propensa a las enfermedades y a la muerte; y otra, bien nutrida de bondad física, de prometedora longevidad.

Pero a lo que va Bruckner, aunque enfocándose en la actitud que hay que tomar para vivir esos últimos años adicionales, es, en definitiva, a la búsqueda del sentido personal de la existencia, a dilucidar el modo mejor de apreciarla; es decir, de aprovecharla bella y dignamente. Para ello, se basa en una necesidad prioritaria, que es la de no malgastarla: “El secreto de una vida feliz es cultivar todas tus pasiones, todas las capacidades hasta bien avanzada la vida, en no abandonar nunca ningún placer ni ninguna curiosidad, en lanzarse a retos imposibles, en continuar hasta el último día amando, trabajando, viajando y permaneciendo abierto al mundo y los demás”.

Me parece que si, cuando jóvenes, lo que nos urgía era alcanzar la intensidad, en forma de vertiginosa aventura, de experimentación, de rebeldía, de insultante felicidad; cuando vemos próximo el fin estadístico de nuestra vida —¡y qué pronto se ve, si se es consciente de la muerte!—, esa intensidad se traduce en una valoración de cada instante, en la esperanza de 

otra sucesión de descubrimientos, pero esta vez de otro cariz, menos buscados como conmoción, como experiencia privativa, y más como sabia revelación que se desea generalizable. 

Se trataría, pues, de no perder tiempo con lo verdaderamente banal, que no tiene por qué ser siempre lo alegre o lo lúdico. Pero, en la mayoría, la tendencia lleva a esa atracción: “La conquista de lo superfluo da mayor excitación espiritual que la conquista de los necesario”. Para el autor: “Solo hay una forma de retrasar el envejecimiento: permaneciendo en la dinámica del deseo”. Lo que ocurre es que: “Nacer es la promesa de un futuro que no conocemos”, y, en definitiva: “Hasta el final solo somos un esbozo y nos vamos sin estar terminados”. ¿Y qué hacer entonces?: “Frente al tiempo que nos hace y nos deshace, tenemos al menos dos estrategias: el disfrute del instante o la despreocupación de la duración”. Pero lo imprescindible es esa idea que el autor defiende y que enuncia citando a Jean Paulhan: “Espero vivir hasta mi muerte”. Hay quienes no pueden hacerlo verdaderamente, por negligencia, por desidia, o por una 

enfermedad mental. Y hay otros que mueren prematuramente, de los que nunca sabremos su evolución, que no habrán tenido esa oportunidad de crecer que otros han aprovechado tardíamente. Pero esa ansia de vivir, ese apego a una bien nutrida existencia, puede derivar en una actitud codiciosa. La reconozco a veces en mí y en muchos otros, como en este filósofo y otros optimistas, en quienes hemos aprendido a amar tantas cosas de la vida.  

Bruckner defiende cierta regresión a la infancia: “La vuelta a la infancia no es una caída en la puerilidad, sino una franqueza del espíritu, una ruptura beneficiosa que nos irriga con sangre nueva”. Es algo que no contradice la madurez, sino que la enriquece. Sería la superación de las etapas intermedias: “Es el claroscuro lo que permite ver, no la luz cegadora”, o: “Solo los años traen el arte del matiz”. 

Llegados a edades tan tardías, quisiéramos haber alcanzado alguna sabiduría, pero es difícil, más allá de la adquisición de una cierta serenidad que aquiete y aclare lo contemplado o quiénes somos: “Vivimos, opacos a nosotros mismos, en la niebla del presente, sin comprender siempre lo que nos pasa”. “El significado de la vida es, por lo tanto, una pregunta que sobrevive a todas las respuestas dadas”. Y si consideramos el resumen o el alcance de nuestra trayectoria, nos 

tienta valorarla y no sabemos cómo no equivocarnos: “Tal vez deberíamos hablar, en lugar de una vida exitosa, de una vida plena: una vida que se abre a lo inesperado”. “Una vida de éxito es una vida en estado de renacimiento perpetuo en la capacidad de volver a empezar, de superar lo que se ha logrado y alcanzar la fuerza de un fluir ininterrumpido”.

Pero no le seduce a Bruckner la inmortalidad: “La vida sin el horizonte de la muerte no es más que una larga pesadilla”. A mí tampoco. Le restaría valor a la vida. Además, pienso que igual que hay personas necesarias —pero nunca, tal vez, imprescindibles— ¿qué sería de nosotros si no hubieran muerto algunos dictadores aferrados a su cruel cargo? El autor considera que la vida ya es buena así: “Estar a merced de las tripas, los bronquios y las articulaciones es una hermosa lección de humildad”. Y la seguridad de la muerte —sobre todo cuando, en edades avanzadas, deviene próxima— actúa como acicate para intensificar cada momento: “La certeza de que algún día moriremos transforma la vida en tragedia y pasión: la impermanencia de todas las cosas aumenta nuestra voluntad de morder la vida hasta el hueso”. Y hay otra forma de inmortalidad: “Mientras amemos, mientras creemos, seguiremos siendo inmortales”. 

La vejez puede ser triste en su contraste con otras edades: “Llega un día en que las generaciones más jóvenes nos miran como nosotros mirábamos a los mayores: con desdén y compasión. Esta es la terrible acción de la vida”, pero alegre desde adentro: “Hasta el final, debemos permanecer como seres del sí, de la adhesión incondicional a lo que es: celebrar el esplendor del mundo, su deslumbramiento. Residir en esta tierra es un milagro, aunque sea un milagro amenazado. Madurar es entrar en un ejercicio interminable de maduración, encontrar mil oportunidades para maravillarse con la gracia de un animal, de un paisaje, de una obra de arte, de la música”.

Cuando nos acercamos a nuestras postrimerías nos preguntamos qué ha sido, al fin, nuestra vida: “La existencia es a la vez un regalo y una deuda: un regalo absurdo que nos da la Providencia y una deuda que tenemos para con nuestros seres queridos”. “Seguimos siendo seres en tránsito, perdidos en un camino oscuro y tratando de iluminarnos a la luz de la razón y la belleza”. De lo que se deduce que “hemos sido simultáneamente heridos y realizados”. 

Lo único que no me gusta de este libro es que apenas me ha dado oportunidad de establecer con él un debate, como me gusta hacerlo con los ensayos, sino reflexiones añadidas, que ya es importante. Y es que con la conclusión del autor también coincido personalmente, a pesar de su audaz apelativo final: “La única palabra que debemos decir cada mañana, en reconocimiento del regalo que se nos ha dado, es: Gracias. No se nos debía nada. Gracias por este regalo insensato”. Pero no olvidemos que hay que aprender a reconocer su bondad, y tampoco que, a algunos, ese regalo les llega envenenado. @mundiario

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