El fuego divino de la poesía, un libro de Rüdiger Safranski

El fuego divino, de Rüdiger Safranski. / Editorial.
El fuego divino, de Rüdiger Safranski. / Editorial.
Es un libro que hace biografía y, al mismo tiempo, crítica literaria. Indaga los meandros íntimos del poeta, así como las preferencias literarias que lo llevaron a elevar su arte
El fuego divino de la poesía, un libro de Rüdiger Safranski

Hace muy poco tiempo se ha publicado el último libro de Rüdiger Safranski, ensayista y pensador alemán de gran talento y quien ha dedicado gran parte de su vida a las vidas de otros grandes alemanes, como Goethe, Schiller, Schopenhauer, Nietzsche o Heidegger. El alemán al cual su última obra está dedicada no es menos descollante, y aunque su nombre y su vida no han resonado mucho, su depurada poesía sí lo hizo. Muerto en 1843, recién el mundo conocería su maestría a partir de 1900. Su nombre es Friedrich Hölderlin.

Si bien Stefan Zweig ya dedicó un largo texto al poeta de Lauffen am Neckar (se trata de su libro La lucha contra el demonio), es probablemente Safranski el primer escritor en ocuparse de la manera más amplia y profunda del autor del Hiperión.

Hölderlin o El fuego divino de la poesía (Barcelona, Tusquets, 2021) es un libro que hace biografía y, al mismo tiempo, crítica literaria. Indaga los meandros íntimos del poeta, así como las preferencias literarias que lo llevaron a elevar su arte hasta las cotas más elevadas. Revisa los males de su espíritu, indaga los fantasmas que lo persiguieron y también analiza las mieles que lo ilusionaron. Todo con una prosa brillante y atractiva.

¿Cómo habrá sido aquel cuartito de monasterio en el que por mucho tiempo durmieron juntos Hegel, Schelling y Hölderlin? Leían y debatían todo el día, pero sin dejar tener un tiempo para las reuniones sociales o los amoríos. Cada uno cavilaba sus preocupaciones intelectuales y espirituales. Una de éstas, para el jovencísimo Hölderlin, fue la de la divinidad. Fue cristiano protestante, mas luego se distanció del cristianismo ortodoxo imbuido por su madre, para unir el pensamiento panteísta de Spinoza con el de los dioses griegos del Olimpo: unió el razonamiento de que Dios está en el todo natural con el de que los diversos elementos naturales están gobernados por los distintos dioses griegos. Sin embargo, y al igual que Schelling y Hegel, parece nunca haber dejado de creer en Jesucristo como milagro humano.

En el contexto de su biografía, es interesante notar cómo la Revolución francesa sedujo a los jóvenes intelectuales de Alemania, mas fue repelida por los maduros y viejos. Así, Hölderlin y Hegel se sintieron fascinados primero por las reformas de la Revolución y luego por las hazañas de Napoleón Bonaparte, mientras que Goethe y Schiller fueron indiferentes y hasta enemigos de aquéllas. Tiempo más tarde, ya en sus últimos años de creatividad y lucidez, Hölderlin, cuando pase por el bosque de la Vendée, se estremecerá por las atrocidades cometidas por los revolucionarios durante los años del terror en contra de los campesinos rebeldes.

Hölderlin fue un eterno buscador: buscó el fuego divino de la poesía y un empleo que lo pudiese sostener mientras creaba poemas, actividad que era la única que de verdad le importaba. Fue sorteando dificultades y al mismo tiempo buscando a la musa. En un momento, cuando fue echado de la casa burguesa donde trabajaba como preceptor de un niño, intentó fundar una revista literaria, pero grande fue su desazón cuando recibió negativas por parte de las personas a las que había pedido colaboraciones. Schelling fue el único que lo apoyó. Pero el proyecto terminó fracasando. También se dedicó a hacer traducciones de Sófocles (tradujo el Edipo rey y Antígona) y Píndaro, todo por evadir el oficio parroquial, que era al que su madre le había empujado desde niño.

Rüdiger Safranski, como es usual en sus biografías, hace profundos análisis de las obras más importantes de sus protagonistas. En este caso, analiza el Hiperión, la tragedia La muerte de Empédocles y varios poemas del vate alemán. Y también interpreta muchas de sus cartas. Una de las cosas más tristes de la vida de Hölderlin fue el tormento por un amor no correspondido: el de Susette Gontard. Fue un amor de idas y venidas que, al final, se transformó en amor epistolar. Curiosamente, no hay en la poesía de Hölderlin muchos poemas de amor o madrigales; el fondo de su poesía tiene que ver sobre todo con las ilusiones y esperanzas que se ceban durante la niñez y la juventud y con la trágica mirada de la vida a partir del clasicismo griego. Leyó a Píndaro y Homero como referentes de la poesía. En los últimos años de lucidez, antes de caer en la espiral lenta pero inexorable de la locura, compuso himnos de notable calidad.

Treinta y seis años de su vida vivió nuestro poeta sumido en la locura. Encerrado en una torre, se dedicó a tocar el piano arrebatadamente, ver el hermoso paisaje que desde ahí se tenía y escribir algunas cosas de manera esporádica. Recibía algunas visitas, y se cuenta que su conversación era en ciertos momentos muy lúcida, como la de alguien en sus cabales, tanto que se creyó que eso de su locura era solo una invención. Lo cierto es que, aunque siguió bello y esbelto (un rostro fino, unos ojos claros), su aspecto era lamentable: el pelo desarreglado, las uñas de las manos largas, la ropa desaliñada.

El 7 de junio del 43 dio el último suspiro. «El 10 de junio de 1843 se celebró el funeral en medio de una fuerte tormenta. No estaba presente ni uno solo de los antiguos amigos y conocidos, o del gremio de profesores. Pero un centenar de alumnos iban detrás del ataúd».

Para Zweig, en las antípodas de Hölderlin está Goethe, quien nunca se dejó dominar por su demonio interno y llevó una vida prudente y mesurada. Hölderlin, en cambio, sucumbió a los susurros de su demonio creador, el cual finalmente lo terminó despeñando a la locura (igual que a Kleist o Nietzsche). Es que el arte constituye verdaderamente un demonio interno, que vive constantemente susurrando palabras al poeta, al pintor, al novelista… Y se debe saber domarlo, so pena de sucumbir a su opresión mortal.

Ese demonio de los artistas no es otro que el de la fatalidad de la vida. El artista profundo, pues, sabe que la vida es efímera y un montón de otras cosas más relacionadas con la filosofía y con Dios. Cosas no siempre agradables o no fáciles de digerir. Si no se las sabe dominar, terminan despeñando al creador a los abismos de la depresión o la locura. Hölderlin sucumbió.

La poesía de Hölderlin es magistral. Quizás, en términos formales de manejo de lenguaje, incluso mejor que la de Goethe. Dominó el arte de la rima, conocía a la perfección las diversas combinaciones estróficas y si bien en ocasiones la sintaxis termina siendo forzada, los pasajes y las metáforas son arrebatadores. No se rinde a los arrebatos irracionales del romanticismo, sino que el poeta se yergue olímpico en los montes de la serenidad, desde donde puede contemplar la materia poetizable y ser señor de la misma, para luego dominarla y versificarla. Hölderlin es, definitivamente, uno de los grandes de la literatura universal. Un clásico de las letras. Y Safranski, obviamente, un gran biógrafo.  @mundiario

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