La estirpe, de Eduardo Boix: disquisiciones en torno a la monstruosidad

Cubierta de "La estirpe", de Eduardo Boix
Cubierta de La estirpe, de Eduardo Boix.

Lo monstruoso es lo que no concebimos en nuestros congéneres, un irresponsable, intrépido y dañino jugar con las posibilidades del vivir, transgrediendo los límites de lo tácitamente pactado.

La estirpe, de Eduardo Boix: disquisiciones en torno a la monstruosidad

La estirpe, de Eduardo Boix, es una perfecta simbiosis entre lo autobiográfico y lo ensayístico, un relato que, en sus dos vertientes, la íntima y la social, explora la propia historia a la vez que los extraños territorios que se hallan dentro y fuera de uno mismo, las desiguales correspondencias, las aberraciones y los trastornos de la herida humanidad.  

El autor se sitúa en un mirador que le ofrece una visión amplia, panorámica, numerosas imágenes que son impresiones que sabe enlazar, en las que se busca la comprensión, pero que a veces se quedan en la antesala donde habita el asombro.  Hay mucho amor y mucha decepción y mucho pasmo en estos textos. Una profunda compasión por los seres queridos. Estupor ante las monstruosidades que se van descubriendo, frente a la espeluznante cercanía con aquello que se nos presenta como consustancial.  

Boix se vale de una prosa ágil, enérgica, de frases cortas, para conducirnos por diversos espacios hábilmente conectados entre sí, como el personal, el histórico, el estadístico, en una clara intención indagatoria. Oscila entre el texto incluso íntimo, de vagas intenciones catárticas, y una forma más ensayística, que a veces roza el periodismo o el trabajo de investigación. No elude mencionar en este libro a autores que le gustan y le influyen, como Javier Cercas, o como el Emmanuelle Carrére más ceñido a la autoficción. Yo encuentro también cierto parentesco con Manuel Vilas en los pasajes que se acercan a lo novelesco, y sobre todo por ese continuo regreso a la familia como el más asentado vivero de sensaciones pertinaces, esas huellas indelebles que dejaron en él los trágicos o inadmisibles sucesos, como lo fueron el suicidio de su tía —que le da pie a hablar de casos famosos, como los de Reinaldo Arenas, Primo Levi, Silvia Plath o Virginia Woolf— o la separación de su tío, hecho que vivió terriblemente y que insertó en él el miedo a ser abandonado.  

Nos habla Boix desde la sinceridad, desde la honradez que reconoce que, en el otro, aunque sea ese otro monstruoso, existe la posibilidad de encontrar algún no demasiado distante paralelismo. Nos cuenta las debilidades que lo han lastrado, los golpes: “He necesitado exorcizar muchas cosas de mi infancia, pero no todas han querido abandonar mi cuerpo. Hay demasiadas incógnitas, muchos cabos sueltos de tanto dolor suministrado en dosis altas”. Se aproxima a las duras visiones. Sabiamente, las ensambla con personajes de la historia que fueron y cometieron una puntual o insistente atrocidad. Así esos nazis tan impunemente refugiados en Denia, o todos esos famosos asesinos que cometieron sus actos contra la más consensuada y sagrada humanidad.

“Óscar no era personalmente un monstruo, pero sí su acción”. El autor se refiere a Óscar Morales, un político al que conoció. Durante años, fingió padecer un cáncer. Entramos en el resbaladizo terreno de intentar averiguar cómo alguien puede trastornarse tanto, hasta el extremo de mantener una tan problemática e insostenible falsedad. “Óscar estaba convencido de su enfermedad. Nunca se arrepintió porque para él era real”. Consiguió una incapacidad permanente, aunque luego fuera descubierto. “De película, pero de terror. Quiero pensar que todo lo sobrepasó. Mi conciencia me dice que no hubo mala fe. Devolvió todo el dinero: 64.904,88”. Opone este personaje a Paco Sanz, o a los padres de Nadia Nerea, verdaderos jetas que montaron una película tremendamente conmovedora, con el fin de mover a una económica compasión a sus espectadores. Y muchos cayeron, se tragaron la verosimilitud de aquel dramatismo que los interpelaba. El daño que infligieron fue sobre sus hijos “que se van a quedar marcados de por vida porque sus padres son unos vividores en tiempos de crisis”, pero también sobre quienes verdaderamente necesiten una ayuda, y ya no la vayan a obtener de los escamados ciudadanos.

Normalmente, los monstruos no revelan su condición en su exterioridad. Cuando son descubiertos, todos sus vecinos y compañeros hablan de una persona educada, amable, correcta, que no se metía con los demás. Las apariencias engañan. Por el contrario, nuestra sensibilidad más ruin e irracional nos sugiere la existencia de cierta monstruosidad en unos rasgos que no asimilamos, en una pertenencia cultural que nos resulta desagradable. Boix nos cuenta el caso de Ángel, un exlegionario que estuvo en la guerra de Bosnia, un hombre “que tiene muy malas pulgas si no lo sabes llevar”. “Mis compañeros me dicen que tengo un don. Puede que sí y puede que no, lo que sé seguro es que Ángel es un ser perdido entre tantos otros”. Ahí está la clave, en cómo se mira al otro, en la mirada apreciativa. En si uno es capaz de percibir su compleja vulnerabilidad, o solo ve en él la burda presencia de un ser que denota un flagrante antagonismo.

Eduardo Boix no juzga, pero la sociedad siempre lo hace y de ahí se deriva ese eterno debate sobre la culpa. En los juicios, el abogado defensor aduce la insania del reo, ya sea permanente o transitoria. El fiscal excluye la duda de un acto que resulta obvio que proviene de la voluntad de quien lo ha ejecutado. Tampoco sirve como atenuante la previa ingestión de sustancias que ayudan a liberar la latente monstruosidad, como el alcohol o las drogas. ¿Es posible la compasión con el monstruo? Tal vez sí, si se le confiere prioridad a la convicción de que este se ve sometido a una atenazadora naturaleza. O si pensamos que, debajo del monstruo, está el sentimiento bondadoso imposibilitado para emerger en un entorno en el que prima la fácil hostilidad. “Desde que el mundo es mundo, todo ha cambiado en beneficio del egoísmo del ser humano. No existe un solo prisma. Todo está repleto de matices. La vida es un caleidoscopio que cambia de forma, según sople el viento. No existe una pureza en nada”.

En fechas como estas, estando tan reciente el espantoso acto de Tomás Gimeno, parecería una frivolidad intelectual plantearse cualquier juicio que no fuera inapelable para casos como el suyo, tan perfectos en su malevolencia que incluso impiden el castigo o la venganza social; pero habría precisamente que analizar aparte estas terroríficas acciones extremas, tan mediáticas, que no ahondan en la raíz del problema general, esa plaga que, con diferentes intensidades, transversalmente recorre nuestra sociedad, sometiendo a decenas de miles de mujeres al pánico y al dolor.

Nos dice Boix que “todos, alguna vez, hemos sido el monstruo de alguien”, y me parece que así puede ser. Nadie está exento de representar lo temible para el otro. Nuestra ubicación en el mundo produce en los otros muy distintos ángulos de visión, y desde algunos posiblemente se haga preponderante la observación de nuestro lado oscuro. Resulta imposible una absoluta benignidad, evitar alguna contradicción inherente.

Lo monstruoso es lo que no concebimos en nuestros congéneres, un irresponsable, intrépido y dañino jugar con las posibilidades del vivir, transgrediendo los límites de los tácitamente pactado; un acto apoteósico, pero también la intención discreta y constante, fruto de una incansable malignidad. Y sí, lo monstruoso tal vez todos lo llevemos dentro, y sea el vestigio de lo ancestral, el rastro de nuestra animalidad, de la ferocidad que tenemos recluida y atada, pero que, en ocasiones muy excepcionales, incluso con argumentos afectivos o morales, creeríamos legítimo soltar. Un monstruo interior que tal vez se exteriorice en algunos signos que emitimos, en el extrañamiento propio que a veces podemos sentir en la inesperada visión que puedan tener de nosotros los demás.

Estamos tejidos por una misma naturaleza, y la eclosión de algunas perversiones tal vez provenga de que una química contingencia se vea azuzada por una recurrente actitud inmoral o por heridas infinitamente dolorosas. Según nos dice Eduardo Boix, en este libro apasionante, nuestro monstruo “es el temor a lo desconocido que nos incomoda. Nos hace ver que nada de lo que nos aterra está en el exterior. Todo lo que tememos está en nuestro interior. En las entrañas. Nuestro monstruo somos nosotros mismos. Mi monstruo soy yo”. @mundiario

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