Confidencias, recuerdos y trampas en una novela de Lola Mascarell

Lola Mascarell./ Culturplaza
Lola Mascarell./ Culturplaza
“Hay algo en la narración, en la propia vida, que nos confunde y nos ata, Algo que superpone nuestras vidas como esas transparencias que usaban en el colegio antes de los proyectores", escribe Lola Mascarell.
Confidencias, recuerdos y trampas en una novela de Lola Mascarell

La literatura de Mascarell está subordinada inexorablemente a un espacio que es un trozo de su vida y de la nuestra. Al igual que, en su poesía, la narrativa de Nosotras ya no estaremos indaga en la relevancia de la memoria como forma de reivindicar la ausencia de quienes influyen, atenazan, estigmatizan y condicionan nuestra forma de ser: "Me voy a encerrar en la casa, en el lugar donde aún viven todos nuestros veranos, y aquí estaré hasta entonces, sentada junto a la niña que todavía corre por los pasillos, intentando escribir las cosas que nos han pasado para que no se esfumen, recuperando los objetos que nos servirán de puerta hacia el pasado" (pág. 35).

Publicada en Tusquets Editores, la novela es una relación de motivos que inspiran esa memoria eidética que casi todos albergamos de los veranos: piscinas, lecturas, las abuelas, naranjos, bikinis, moscas, el rojo incendiado del crepúsculo, el primer beso con lengua: “Hay algo en la narración, en la propia vida, que nos confunde y nos ata, algo que superpone nuestras vidas como esas transparencias que usaban en el colegio antes de los proyectores” (pág. 101).

Cada uno de estos motivos alrededor de la casa de la Pobla en la que la protagonista pasa sus vacaciones repercute en una clase de indagación acerca de cómo la existencia, la nuestra, se arma a partir de las otras, como si, de alguna manera, al igual que la carne, las creencias, la clase, el vitalismo y las carencias se heredasen. Y, en ocasiones, sin voluntad de que suceda. Sería una frivolidad por mi parte entrar en el debate de si lo narrado por Mascarell es autobiográfico. Aquí no importa, la pericia no es lo que le sucede al yo, pues los objetos y las acciones se convierten en un ecosistema donde las presencias se confunden con los ausentes y donde el peligro de perder la casa supone sesgar el cordón umbilical que une a la protagonista con la infancia y la juventud, tiempos que adquieren la dimensión de un espacio eugenésico, ajeno al tedio que abruma el presente: “Que nunca dejará que nadie le diga lo que tiene que hacer. Que hará las cosas que le dan gusto sin dar explicaciones y sin hacer daño a nadie. Quiere huir de la niña que ahora tanto necesita.” (pág. 197).

El juego dinámico entre tercera y primera persona se debate entre esa aproximación aparentemente fiel a la ingenuidad que representa siempre cualquier infancia recordada y esa otra, en la que la voz pertenece a una joven, cuya madurez se enfrenta al descubrimiento del mal y del chantaje emocional que supone persuadir a Moriarty de que no compre la casa: “Somos los antepasados futuros, la correa de transmisión de todos esos temores. Educamos hijos en ese miedo. Enseñamos a alumnos en ese miedo. Nos adiestramos a nosotros mismos en ese miedo. Y luego nos imponemos la carga de digerirlo sabiendo que es un temor falso. Absurdo. Indigesto. Ajeno. Nadie aprende que es el peligroso caerse de un árbol en el relato de los otros.” (pág. 259).

La oralidad aparece como un sostén que vertebra la novela, la oralidad que representa las historias internas de las familias, la relaciones parentales, el idilio de los abuelos que mantuvo firme la casa y la convivencia, los cuentos, los mitos, los poemas de Machado, el descubrimiento de la lectura, la resonancia de las palabras, su vínculo entre significado y onomatopeya, los heterónimos de Pessoa. Referentes en los que vida y literatura se abrazan a causa de lo revelador que puede ser lo cotidiano. Lo más nimio, lo más espontáneo y todo lo accidental son sustrato de un texto narrativo que Lola Mascarell construye como el principio de una épica donde los recuerdos de los que ya no están alumbran nuestra percepción curiosa y fecunda del mundo, al menos para los que escribimos: “Cualquier acción cotidiana, una broma, un saludo, una sonrisa, es susceptible de ser la última. Así empezaban estas páginas y así terminan. Así empezó esta casa, con el deseo de salvar una vida, la de mi abuelo, y así se termina. Al menos para nosotros. Es la historia del mundo” (pág. 256). @mundiario

Comentarios