Grandes esperanzas, de Charles Dickens: sentimiento, ironía y ácida crítica social

Grandes esperanzas, de Charles Dickens.Selecta Librería
Grandes esperanzas, de Charles Dickens.Selecta Librería
El autor fue un severo, fino y comprometido cronista de la sociedad de su época, severo consigo mismo a la hora de retratar los tipos más curiosos, humanos, hermosos, encantadores y desagradables de la literatura realista. 
Grandes esperanzas, de Charles Dickens: sentimiento, ironía y ácida crítica social

Que la tierra abunde en frutos y rebaños; que vivan los ciudadanos en prosperidad, jamás derribada a los golpes del tiempo; que se logren y florezcan los tiernos retoños infantiles. Pero a los impíos ya puedes exterminarlos con más furor que nunca.

Hesíodo

Con el título de este artículo no pretendo iniciar un canto al futuro de la humanidad y mucho menos la recuperación de un humanismo que se nos han escamoteando con todo cinismo y crueldad, la partidocracia que desgobierna nuestra sociedad y así poder explotarla con más ahínco, convirtiéndola en una complicándola tragicomedia. Y es que el trote que nos obligan llevar, pronto puede ser un sarcasmo ensangrentado y la utopía incluso un pecado, el recuerdo del pasado. 

Pero seamos conscientes, el humanismo está entre nosotros aunque perseguido, de aquí defenderlo, hasta ahí llega mi lastimada utopía, debemos alimentar la vida de uno con cierta ilusión, sin caer en la ingenuidad de un ayer perdido en mi “memoria histórica"; del que no me importa condenarlo. La verdad es que existe una gran distancia, no en el tiempo, de las creencias.

Estos anhelos sobre los que escribo esta prosa, los tomo de Charles Dickens, que entre 1860-1861 escribió su novela Grandes esperanzas, de la cual podemos disfrutar en español de una magnífica edición que ofrece a los buenos lectores la Editorial Alba en colección Clásica Mayor. Una excelente versión de R. Berenguer, quien ha elegido para el texto en español la edición en inglés en tres tomos de 1861 “con la salvedad de que los capítulos se han numerado correlativamente”.

Grandes esperanzas está considerada como una de las mejores obras de Dickens, lo que el tiempo confirma cada vez que, solitario, en sus más de seiscientas páginas, ahora tan correctamente editada en un tipo de letra que hace muy agradable discurrir por el contenido de sus páginas; gozo el compromiso elegido, no sin pedantería, sino ajeno a la prisa de la literatura de consumo y premios manipulados. Así que el lector sensible, sin ser forzado, se coloca en un lugar privilegiado, apartado del jolgorio.

Y también porque posiblemente en la España de hoy, aquella muchedumbre que hacía cola en el pasado siglo para conseguir una nueva entrega de la novela antes de que se agotara, nos puede parecer una fábula o cuento de hadas, aunque por otro lado, parte de esta muchedumbre se agolpa ante el televisor para ver pésimos folletones ajenos a la realidad que nos golpea.

Porque la lectura debe ser tomada como placer, nada de pasatiempo o sucedáneo, para eso tenemos los juegos de Internet y las zapatetas de las marionetas políticas; es algo que fortifica no solamente el espíritu, sino también la templanza. Un autor como Dickens nos traslada a un mundo donde la narración posee humor y sentimiento, ironía y ácida crítica social. El autor fue un severo, fino y comprometido cronista de la sociedad de su época, severo consigo mismo a la hora de retratar los tipos más curiosos, humanos, hermosos, encantadores y desagradables de la literatura realista. No se podrá negar que era un devoto lector de Cervantes y el Quijote, por lo que en su obra la influencia del verdadero genio español es patente. ¿Pero existe, tal vez, un autor clásico que leyera al ingenioso don Quijote de Miguel de Cervantes al que no se le palpe esa huella literaria, humana y critica?

Esta historia ficción-realidad que vuela sobre nuestras cabezas, nos cuenta la vida de un niño huérfano y medroso que malvive al cuidado de su hermana mayor, que se encuentra con un preso evadido de un barco cárcel, a quien le procura víveres, que además se mezcla con una curiosa llamada a una extraña mansión donde una rica y recluida dama lo requiere para que juegue con ella, lo que la lleva a descubrir la miseria de su vida en sus manos, los vestidos, su comportamiento. Pero que, de pronto, entra en posesión de una misteriosa fortuna para hacerse un caballero. Lo llevará al interrogante de grandes vacilaciones del joven huérfano “entre la vida humilde, a la que debe todo, y la vida lujosa, de la que espera algo”.

Amor y vanidad, crimen y cárcel, son los motivos de esta crónica social que nunca envejece, porque en cada nueva lectura se puede encontrar el sabor de la literatura viva en el campo de batalla sorprendente de un clásico cada día más vivo y necesario de ser de su compromiso humano. @mundiario 

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