Biografía de la inhumanidad, de J. A. Marina: un análisis para la advertencia

Cubierta de "Biografía de la inhumanidad" y retrato de su autor
Cubierta de "Biografía de la inhumanidad" y retrato de su autor. / RR SS.

Es alentador leer a José Antonio Marina, por su capacidad estudiosa, y por su optimismo, fundado en las posibilidades que siempre ve de acometer rumbos benéficos

 

Biografía de la inhumanidad, de J. A. Marina: un análisis para la advertencia

Llevaba mucho tiempo queriendo leer un libro como este, en el que se analizaran los mecanismos que conducen al ser humano a desarrollar sus instintos más atroces. Es cierto que hay numerosos estudios, centrados sobre todo en el nazismo, fenómeno que siempre nos ha llamado de una manera especial la atención por su cercanía, por la deriva brutal de todo un pueblo. Recuerdo análisis muy interesantes como los de Hannah Arendt o el que hizo Tzvetan Todorov en Frente al límite. Y no digamos los testimonios de las víctimas, los que conllevaban también un enorme esfuerzo de comprensión, como los de Primo Levi o Victor Frankl. Pero me hacía falta acceder a una mirada un poco más general, englobadora de una variedad de masivas maldades reiteradas por el hombre. José Antonio Marina nos la brinda en esta Biografía de la inhumanidad. Y para ello se vale de la Panóptica, ese saber de un nivel superior, la atalaya desde la que se divisa cada tiempo y cada cultura, su manera de definir un mundo propio, de enfrentarse distintamente a los mismos problemas, de relacionarse entre sí. 

Marina se muestra empeñado en realizar una reflexión sobre nuestro pasado, en intentar averiguar la respuesta a preguntas decisivas, como por ejemplo: “¿Por qué unas culturas fracasan y otras tienen éxito? ¿Por qué, aunque hemos progresado en numerosos aspectos, no hemos conseguido refrenar la violencia? ¿Podríamos ser más conscientes de las motivaciones y efectos de nuestras acciones?” Estoy muy de acuerdo con él en que debemos aprender de la historia (a mí me gustaría leer un estudio complementario, no ya solo de los hechos que terminaron en atrocidades, sino también de asuntos más incruentos pero lesivos para las libertades o el entendimiento, como algunos nacionalismos, dictaduras, conflictos sociales diversos, económicos, etc.) Quizá no les falte a veces la razón a aquellos que piensan que no podemos valernos de ese estudio de la historia, pues alegan que los acontecimientos que se suceden, aunque sean parecidos, resultan lo suficientemente irrepetibles como para incluir una diferencia decisiva, pero Marina nos dice que hay que distinguir entre “Historia”, “historia” y “memoria personal”. “La historia, con minúscula, es el conjunto de los sucesos acaecidos, por ejemplo, en la guerra civil española; la memoria personal es el modo como cada persona la vivió y la recuerda; y la Historia es la ciencia que trata de conocer lo que sucedió, más allá de las experiencias individuales y de la experiencia del propio historiador”. Para la buena salud del futuro global, no estaría mal que cada ciudadano fuese lo suficientemente sensible y tuviera en cuenta lo que el autor de este ensayo les decía a sus alumnos: “Obra como si el futuro de la humanidad dependiera de lo que tú haces”. 

José Antonio Marina considera que somos “seres inquietos, competitivos, peligrosos, deinós, pero también somos altruistas, compasivos y racionales”. Con el empleo de ese término griego, deinós, nos quiere decir que somos a la vez capaces de lo tremendo y de lo fascinante. Lo que nos hace mejores, una característica propiamente humana es la compasión. Y no está de acuerdo con ese lema de “no queremos compasión sino justicia”. “Es tristemente falso”, nos dice, “porque la compasión abre el campo de la justicia”. 

Han sido muchas las monstruosidades masivas perpetradas por el hombre a lo largo de la historia. En su repaso, se detiene en algunas: los genocidios, el esclavismo, la tortura, las violaciones, las guerras sagradas, los exterminios étnicos o religiosos, el maltrato a las mujeres y a los niños, las secuelas de las revoluciones. El hombre ha avanzado mucho, pero al mismo tiempo esa mejora se ha mostrado a veces muy precaria. Parece como si solo lleváramos encima un barniz moral que si desaparece en circunstancias concretas puede liberar nuestro ser más salvaje. Para evitar esas situaciones, uno de los métodos sería “eliminar los grandes obstáculos: la pobreza extrema, la ignorancia, el fanatismo, el miedo al poder y la insensibilidad hacia el dolor ajeno”. El problema es que se ha querido demostrar que “con el condicionamiento adecuado, todo el mundo puede convertirse en asesino”. Solo algunos héroes resisten en las situaciones extremas. En uno de los capítulos finales del libro, para compensar tanto cruel personaje como ha comparecido anteriormente, nombra a unos cuantos seres que demostraron una integridad moral a prueba de circunstancias demoledoras. 

Las guerras han sido siempre propiciadas por las minorías dirigentes. Para implicar al pueblo, para movilizar a los soldados, han construido previamente un feroz enemigo para insertarlo en sus emociones, y crear con ello un odio irrefrenable. En otras ocasiones, cuando el falaz espíritu revolucionario es el que se impone, se esgrime, según Hannah Arendt, una piedad abstracta, globalizadora, charlatana; en lugar de la compasión, que es concreta, singular, y sí produce verdaderos logros sociales. 

Marina discute a Ortega cuando este dice: “Sin misión no hay hombre”. “La historia de la atrocidad y —también la de la grandeza— está llena de personas que se creyeron investidas de una misión, por la que fueron capaces de sacrificarlo todo y sacrificar a todos”. “El hombre regenerado (nuevo), viejo sueño cristiano, acabó conduciendo a los totalitarismos más extremos”. 

Entre las soluciones que se propugnan para la mejora de los ciudadanos, no está de acuerdo con la consideración de panacea de una “educación emocional” que promueve: la empatía (los timadores son muy empáticos), la  autoestima (puede producir un narcisismo insoportable; lo que procede es eliminar la baja estima pero no alentar la autoestima), la motivación (a veces debemos actuar por deber y no por motivación, que es intermitente). Además, la búsqueda del bienestar emocional supone un rechazo de sentimientos como la culpa o el remordimiento, los cuales son necesarios para el proyecto ético. 

Una de las constataciones más repetidas del libro es la que se refiere a la denominada “Ley del doble efecto”. Esta se puede observar en numerosos casos. Por ejemplo: el Estado puede civilizar o incivilizar, el patriotismo puede derivar en generosidad o en violencia, la religión ha contribuido decisivamente a la socialización y a la moral pero ha producido persecuciones y guerras terribles. “Somos, pues, seres adversativos. Todas nuestras capacidades tienen un pero, una posible contraindicación, un efecto no querido”. 

“El deslizamiento hacia la inhumanidad se da en tres etapas: la perversión de los sentimientos, la desconexión moral, la corrupción de las instituciones”. El vacío existencial, la falta de proyectos, de expectativas, de hábitos dignos, de fuentes de sólido placer, puede conducir a la necesidad de ser alterados desde fuera, motivados, enardecidos en patriotismos, guerras, odios diversos. Muchos soldados han confesado ser más felices que nunca en la guerra. Algunos dirigentes, los populistas de hoy en día, por ejemplo, se aprovechan de esa falta de consistencia intelectual y moral de unos ciudadanos que solo persiguen la banalidad y están exentos de toda verdadera capacidad crítica. 

Pero, ¿es el hombre bueno por naturaleza, como decía Rousseau? ¿O al menos bueno, si se le educa libre y solidariamente? “Los humanos se comportan bien porque están siendo vigilados y juzgados por alguien: Dios, el Estado, la sociedad, la propia conciencia, que es la última llegada al elenco de guardianes protectores”. “El hombre es un ser con exceso de impulsividad que necesita que las instituciones le limiten y controlen”. Aunque, por otra parte, en otro momento, nos dice Marina: “La obediencia, por supuesto, elimina el pensamiento crítico y facilita el dogmatismo”. La obediencia, la habituación al horror, es la explicación que han dado muchos ciudadanos que antes fueron ejemplarmente civilizados, para explicar su implicación en crímenes abyectos. 

Para tratar de evitar el mal, tendremos que tener en cuenta la importancia de que exista un buen nivel en estos vasos comunicantes: la psicología, la moral y la política. Es alentador leer a José Antonio Marina, por su capacidad estudiosa, y por su optimismo, fundado en las posibilidades que siempre ve de acometer rumbos benéficos. En su último párrafo nos dice: “Tengo la convicción de que deberíamos introducir la ciencia de la evolución de las culturas, la Panóptica, dentro de los currículos educativos de la enseñanza obligatoria… Así, conseguiríamos que, por fin, la Historia llegara a ser maestra de la vida”. @mundiario 


 

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