Belleza de lo nostálgico en un nuevo poemario de Martínez Serra

Cuaderno japonés y otros poemas breves/ La Garúa.
Cuaderno japonés y otros poemas breves/ La Garúa.
"Después, hojas caducas, arrinconadme con vosotras lejos del claro de luna para que solo el corzo sea tu emblema", rezan unos versos de Cuaderno japonés y otros poemas breves.
Belleza de lo nostálgico en un nuevo poemario de Martínez Serra

Si algo admiro de poetas como Esteban Martínez Serra es el hecho de que su trayectoria literaria responde a una evolución de su percepción estética del mundo. Del yo. Del nosotros. Lo que marca de verdad a un poeta es la persistencia, la profesión, el currículum, el curso, la marcha. Todo esto, antes que la notoriedad y el relumbrón. Y Martínez Serra, hace tiempo, que entendió que es necesario lo monacal para seguir estando ahí, en la vigencia de los que se toman en serio este oficio.

He reseñado varios de sus poemarios y en todos aparece esa tarea de orfebre en la que el simbolismo acontece como una singladura personal en la que, sin traicionar el espíritu del poema, se reconoce a lo que debe aspirar todo poema: transgredir límites que la racionalidad impone. El simbolismo de Martínez Serra ha evolucionado desde el expresionismo en Carencias (Bartleby Editores) hacia estéticas modernistas que lidiaban con la desaparición de los seres queridos en libros como Amarres (Papers de Versàlia) . Y ahora llega Cuaderno japonés y otros poemas breves, donde prevalece ese desafío a la cordura que tantas veces lastra los discursos, las acciones, la técnica, las rutinas, lo común: "Han pasado tres primaveras  --me han dicho--. Solo los árboles las han contado" (pág. 55).

En este caso, Martínez Serra cambia de tradición y opta por rendir un homenaje personal a los haikús, donde la brevedad y la emoción se funden en una sola acción que no es otra que la paradoja. No es la primera vez que los poetas en español han recurrido a esta clase de estructuras compositivas: desde el propio Juan Ramón Jiménez hasta mi querida Chantal Maillard. Si, antes, me refería a lo importante que es la evolución estética en un artista, este poemario publicado por La Garúa busca una mayor madurez expresiva que, en los anteriores, pues Martínez Serra trabaja, con una mayor eficiencia técnica, la condensación, como si de alguna manera quisiera demostrarse a sí mismo que, tras la versatilidad y lo proteico que representa la versificación en sí misma, todavía el deseo, su frustración, la apetencia y sus contrarios pueden hilvanarse desde otras perspectivas: "Veo en los huertos vecinos la mano generosa de la lluvia. Pronto el sol encenderá sus frutos. Yo sólo añoro tus palabras enramadas en el cabezal de nuestra cama" (pág. 51)  "Ayer bebimos compulsivamente la noche hasta abrazarnos. El rocío nos ofrece una última copa" (pág. 34).

El tópico resiste a la forma. La sensibilidad se impone al significante, al esquema, a la categoría: "Han disparado al aire y el cielo entero ha caído como tu bello nombre en mi tristeza" (pág. 40). Lo que permite esta clase de versificación es que los símbolos encajan perfectamente en un código personal entre amantes, una superación del amor cortés donde la pérdida y la ausencia adquieren toda la relevancia: gansos, estanques, árboles, cielo, mirlo, flores, por ejemplo, se reiteran a lo largo del poemario como trazos singulares que describen la inclemencia de un amor fugado, pero inolvidable: "Huérfano soy de tu voz. Esta es la orfandad más alta. Ahora hasta el trino del ruiseñor me atemoriza" (pág. 68).

Es el haikú una forma de querer resignificar su vocación creadora, demostrando el propio autor que la madurez estética de su poesía es un hecho. La elipsis, la escasa adjetivación, el efecto paradójico, la pulcritud y esa habilidad para sintetizar la amplitud semántica de lo vivido a favor y en contra de la adversidad residen en la mayor parte de las composiciones: "Sonome, has dejado que te adelantara para coserme la sombra a la hierba. ¿Qué temes?" (pág. 17).  Así queda en el poemario una sensación antagónica: la belleza formal que implica cada escenario, sin ruido, sin multitudes, sin objetos casi, frente a una nostalgia contenida que una de las últimas partes de la obra, "Manual de árboles", condensa a modo de emblemas que la tristeza aloja, una tristeza que nunca riñe con la sabiduría, con ese afán, a veces tan estéril, de buscar más allá de las cosas: "A veces sueño con un árbol que tiene todas las ramas abastecidas de aves de paso y ahorcados hermosos" (pág. 116). @mundiario

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