La apoteosis de la inercia, de Fernando Mañogil: una llamada a la reacción

Portada del poemario La apoteosis de la inercia y retrato de su autor
Portada del poemario La apoteosis de la inercia y retrato de su autor

La apoteosis de la inercia se revela como un poemario que acierta plenamente en el tono y en las imágenes que logran transmitir un mensaje cuya urgencia nos alcanza

La apoteosis de la inercia, de Fernando Mañogil: una llamada a la reacción

La apoteosis de la inercia (Sapere Aude, 2021) es, tras su Cartas por debajo de la puerta, el segundo poemario publicado por Fernando Mañogil Martínez el pasado año, y es una muestra más de su intensa y fecunda actividad poética. En esta ocasión, nos encontramos con unos poemas íntegramente enfocados en una cuestión social, lo que resulta un hecho casi insólito en la poesía que está apareciendo. No obstante, nada tiene que ver su temática con la de aquella poesía que, en nuestro país, triunfó hace ya bastantes décadas, en circunstancias políticas muy particulares. Aquí el punto de mira aplicado es pertinentemente distinto, traspasa nuestras fronteras, las divergencias ideológicas de los partidos y engloba a todo el mundo desarrollado o emergente. El enemigo no es ahora solo un implacable dictador, ante el cual, todos los ciudadanos capaces de sentir una lícita disensión, desde una fraternidad coyuntural, se reconocen unidos, en la seguridad de un mal concreto e incontestable; sino que, esta vez, la fuerza contraria que hay que afrontar, la que hace rodar el mundo hacia su destrucción, está diluida en una sociedad que está formada por todos, por quienes, en mayor o menor medida, dependiendo de la concienciación y de la actitud aplicada, contribuimos a un mal generalizado, a una gravedad creciente.  

El primer poema, “Sapiens”, nos introduce plenamente en un apremiante discurso que insinúa lo apocalíptico, en el tonante pronunciamiento de una evidencia que procuramos obviar desde nuestra libre sumisión a la inmediatez: “Nosotros tenemos la culpa, /nosotros pagaremos las consecuencias / y solo nuestra extinción devolverá un poco de cordura / a la rotación suicida del planeta”. Es la primera de las muchas llamadas a la duda, al cuestionamiento, a la recapacitación. Y es ya la primera interpelación que nos considera partícipes de las progresivas y nefastas consecuencias germinadas en cada aparente inocente acto de nuestro presente. Escuchamos en esos versos el grito que intenta despertarnos, la develación de tantas realidades equívocas que consentimos. Más adelante, leemos las palabras que argumentan la razón de un imprescindible mea culpa general: “Aceptamos al que tira la piedra, / perdonamos al que esconde la mano…. / Tenemos las manos manchadas / de sangre desde el momento / que depositamos nuestro voto / en alguien que se acaba comiendo / al pez chico sin necesidad de alardes”.

Como bien dice José Luis Zerón, en su excelente prólogo: “La apoteosis de la inercia exige al lector una alta dosis de verdad y autocrítica que a veces bordea la línea roja del panfletarismo sin llegar a cruzarla”. Y es que el tono del poemario es, a menudo, más que el de un sermón, el de una arenga que busca un efecto reactivo en el lector, pero lo hace a través de numerosos recursos poéticos que dotan, a esa resonante cadencia de los versos, de un universo pleno de creatividad literaria. Aunque el mensaje parezca obvio y consabido, la sentida e imaginativa construcción del mismo lo convierte en una llamada honda, inédita y necesaria.  

Si bien la visión del poeta resulta pesimista, las soluciones, que tan difíciles son de implementar por la resistencia de unos ciudadanos que priorizamos el máximo confort y somos adictos a una indetenible y banal estimulación por el miedo al vacío, están ahí y se conocen. Y así lo ha visto también Zerón: “Estos versos suponen una denuncia indignada y descreída, cierto, pero no un himno claudicante y derrotista como pudiera parecer tras una lectura apresurada”.

En “Razona las respuestas”, Mañogil pone el foco frente a la hipocresía, esa que se apoya en la incoherencia derivada de nuestras cómodas convicciones, referidas a diferentes aspectos como el religioso, el político, la ideología económica o a la supuesta preocupación por la naturaleza: “Dices odiar el capitalismo / y su indecente cultura, / pero llevas en la muñeca / un Rolex, vas a restaurantes / donde los platos / son traídos del Olimpo…”

La única esperanza es la toma de conciencia, el examen que hagamos de nuestra participación en la debacle del mundo: “Conócete a ti mismo, reescribe / tu vida en un diario, / salta las barreras de los prejuicios / para asir fuertemente tus ideales. // Transita por tus propias convicciones, / no deambules por inhóspitos senderos / que traicionan tus pasos en la tierra / húmeda bañada de lágrimas ajenas”. En “Planta un árbol, ten un hijo, escribe un libro”, hay un recorrido irónico, desobediente, por los numerosos mandatos convenidos, que termina con estos versos: “Vive dejando vivir / al que quiere odiar, / odia al prójimo / como a ti mismo / y ama, ama como si / fuera el último adiós / y la barca que te espera, / ligero de equipaje, / estuviera a punto de partir”.

En “Espejismos”, se incide en la denuncia de esos deseos producto de una inercia implantada en nosotros por el desbarajuste de un mundo tentador: “Todo aquello por lo que te despiertas / cada mañana, / cada bocanada de aire, / cada parpadeo / suscita obligaciones superfluas / creadas por un dios ficticio, / por uno mismo, / que ha decidido endiosar su ego”. En varios poemas, Mañogil recurre a una narrativa condensada y potente, que se vale también del humor, del sarcasmo. Son buenos ejemplos “La muerte del presidente” o “La llegada del meteorito”. 

La apoteosis de la inercia se revela como un poemario que acierta plenamente en el tono y en las imágenes que logran transmitir un mensaje cuya urgencia nos alcanza. El poeta aquí cree ineludible apartarse de los serenos y privados caminos de la contemplación para meterse de lleno en la denuncia de un mundo que temerariamente insiste en tantos veloces caminos que conducen a una total degradación. En el último poema, “La fiesta”, Fernando Mañogil insiste en la necesidad de potenciar ese grito indispensable para que todos seamos interpelados, para que cese nuestra inconsciencia, el hedonismo irresponsable que oculta el avance hacia el precipicio. Y estos son sus últimos versos, de apoyo y de esperanza, dirigidos a quien es señalado por resistirse a participar en la orgía que encubre su propia estela de devastación: “Tú, que simplemente remas hacia el lado contrario, / hacia donde no sopla el viento, / tú, que eres el que haces de lo mismo vulgaridad, / el que navega por el mundo con un barco desvencijado / y con el que aspiras a ver algún día el horizonte / de la tierra prometida”. @mundiario 

La apoteosis de la inercia, de Fernando Mañogil: una llamada a la reacción
Comentarios