La anomalía, de Hervé Le Tellier: una hipótesis muy estimulante

Cubierta de la novela "La anomalía", de Hervé Le Tellier.
Cubierta de la novela "La anomalía", de Hervé Le Tellier. / Hervé Le Tellier.

La anomalía es, pues, una novela apasionante, sustentada en una prosa enérgica, perspicaz, humorística, que pocas veces incurre en un tratamiento superficial, dependiente de lo solo espectacular

La anomalía, de Hervé Le Tellier: una hipótesis muy estimulante

Uno compra una novela como La anomalía, de un autor desconocido para él —Hervé Le Tellier—porque ha ganado un premio como el Goncourt, que alberga grandes títulos y autores en su palmarés, y eso es —o debería ser—, en principio, una garantía de buena literatura. Pero, sobre todo —cosa rara en mí, que soy más llamado por la estricta calidad literaria, de la que espero los grandes detalles— uno se interesa por la originalidad del tema que se anuncia. Este, la posibilidad de que se produjera una duplicidad de individuos, me sugiere preguntas de todo tipo, algunas de primer orden.

La escenificación de esta hipótesis se desarrolla a través del inaudito y misterioso hecho de que un vuelo París-Nueva York llegue dos veces a un mismo aeropuerto, con los mismos pasajeros y tripulantes, con una diferencia de tres meses y medio. Sin embargo, iba ya por la página cien y el meollo de la cuestión no había tenido lugar. Esos primeros capítulos introductorios, aunque pueden defraudarnos por retardar el acceso al tema prometido, bien podrían funcionar por sí mismos, como relatos independientes. En ellos se nos va presentando a un puñado de personajes extraídos de entre el pasaje del avión. La prosa, ligera en su ritmo, está construida con sucintos detalles que van componiendo una semblanza muy aproximativa de los rasgos y las circunstancias de estas personas que luego se verán atrapadas en la situación que menos hubieran podido esperar. Por otra parte, es de agradecer que la narración contenga frecuentes muestras de humor, muy bien dosificadas, nunca en exceso, sino incluidas de forma que no se rompa un equilibrio necesario para proteger la relevancia de las capitales preguntas que subyacen, para que no queden desvirtuadas por un afán excesivo de amenidad.

En los capítulos centrales se describe el extraño suceso que podría cambiar nuestra concepción del funcionamiento de la vida tal y como siempre se ha contemplado, con unas leyes de la naturaleza inviolables. Un vuelo París-Nueva York se ve alterado por la entrada en un cumulonimbo. Esta circunstancia produce una importantísima y enigmática divergencia, dos evoluciones distintas para lo que, en principio, es un mismo hecho. Por una parte, el avión sufre las impresionantes turbulencias durante unos minutos y finalmente logra alcanzar su destino el 10 de marzo de 2021; pero, por otra parte, ese mismo avión, cuando entra en esa formación nubosa, inmediatamente la abandona, aparece en la claridad, llegando también a Nueva York, sí, pero en la fecha del 24 de junio. Pero lo más significativo y sorprendente es que ambos aviones son el mismo y, sobre todo, que los doscientos cuarenta y tres pasajeros también lo son. A partir de ese momento, de cada uno de ellos existirán dos ejemplares poblando la Tierra. Estos tendrán exactamente la misma genética, y los mismos recuerdos, traumas, y demás particularidades personales. La única diferencia vendrá dada por que los que han llegado en junio no tendrán la experiencia de los tres meses y medio transcurridos desde marzo. Ello da lugar a curiosas situaciones, como que uno de los pasajeros se había suicidado en ese periodo y ahora reaparece vivo, en esa duplicidad que, en este caso, supone una especie de resurrección.

En esta parte, se describe la estupefacción de las autoridades mundiales, y la búsqueda de una explicación científica, filosófica, religiosa, a ese fenómeno inaudito, que pone patas arriba toda anterior creencia en una forma determinada de realidad. Las conclusiones a las que mayoritariamente se llegan son las de que tal vez los humanos sean parte de un programa de simulación creado por otros seres muy evolucionados. Esta es, me parece, la parte menos lograda del libro.

Los últimos capítulos están dedicados a desarrollar las diferentes hipótesis sobre las consecuencias a las que se verán expuestos los personajes seleccionados. Cada uno de ellos tendrá que enfrentarse a sí mismo, pero no en esa reflexiva forma por la que establecemos un controlado diálogo interior, sino abordando a un yo absolutamente exterior, materializado en un cuerpo idéntico. Esta parte me parece la más interesante. En el libro se desarrollan diferentes supuestos de relación, distintas problemáticas que se podrían presentar. Algunas curiosas, pero la mayoría absolutamente trascendentes para el desarrollo de unas relaciones que se verán problemáticamente afectadas. Los lectores podríamos trabajar unas cuantas más, añadir unos capítulos que serían unas variantes en las que nos enfrentaríamos a lo difícilmente inconcebible desde nuestra más esforzada imaginación. Todos esos supuestos proponen unos interesantes ejercicios de estudio sobre qué significa exactamente nuestra identidad, la existencia de nuestro ser único.

La anomalía es, pues, una novela apasionante, sustentada en una prosa enérgica, perspicaz, humorística, que pocas veces incurre en un tratamiento superficial, dependiente de lo solo espectacular, sino que se demuestra como un buen vehículo para acercarnos a historias inauditas e interesantes reflexiones. Y es un buen punto de partida para hacernos pensar. El extraño fenómeno que se plantea seguramente no suceda nunca, pero sus imaginables consecuencias pueden ayudarnos a reflexionar sobre la naturaleza de nuestro yo. A mí me parece evidente que, si fuéramos uno de esos pasajeros afectados, acabaríamos divergiendo de nuestro ser duplicado, y ya no solo por ese periodo añadido de experiencias en uno de nuestros yoes, sino porque ya no podríamos tener una idéntica visión, al enfrentarnos, al luchar por nuestro espacio, por el amor de una persona o el reconocimiento del mundo. El conflicto, como se ve en la novela, estaría servido, y la solución menos dramática sería el apartamiento de uno de los dos, de quien se reconocería de algún modo como la copia y no el original, como el intruso y no el lícito ocupante del individuo triunfante. @mundiario

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