Un amor, de Sara Mesa, el paisaje humano como interpelación

Sara Mesa, autora de "Un amor"
Sara Mesa, autora de "Un amor". / RR SS.
Un amor nos acompaña con su cadencia minuciosa, con el exquisito detalle de cada momento, la atrevida mirada que no espera de nosotros que respondamos desde una determinada posición
Un amor, de Sara Mesa, el paisaje humano como interpelación

De Sara Mesa, solo había leído su novela Cicatriz, de la que tengo un buen recuerdo, pero que no me debió entusiasmar plenamente, pues no puse entonces a esta autora en el pedestal de mis escritores contemporáneos favoritos. Ahora he sentido la curiosidad de saber qué vieron tantos críticos para encumbrar Un amor, su última novela, hasta el lugar de los máximos reconocimientos. Debo decir que, en estos casos, mis decepciones, totales o parciales, son tantas o más que las confluencias. Pero esta vez la buena sintonía ha sido total. Aunque, tal vez, no inmediata. El hecho de que la novela esté narrada en tiempo presente me produjo alguna inicial reticencia. No estoy acostumbrado a él y me parece una variante más difícil, que requiere de una gran intensidad narrativa para evitar la tendencia a una descripción demasiado desangelada. Oí una vez a Javier Marías reírse de la narrativa que se servía en ese tiempo verbal. Seguro que, si leyese Un amor, estaría dispuesto a reconocer en esa obra una excepción.  

Muy probablemente, si hubiera visto todas las charlas o entrevistas que hay en YouTube de esta autora, hubiera corrido antes a leer el resto de sus novelas. Allí, aparte de su encomiable naturalidad y sencillez, nos habla de su concepción de la narrativa que profesa, y que se permite tener tan clara porque lo que defiende no es lo inequívoco sino la ambigüedad, la duda moral, el cuestionamiento continuo, la humildad de saber que, en una misma circunstancia, interviene una nunca del todo abarcable complejidad que se presenta de muy diversas formas.

Es curioso que, mientras leía la novela, me estuviera viniendo a la mente Dogville, de Lars von Trier; y más que, luego, encontrara esa misma apreciación en una reseña; y la sorpresa final es que fuera la propia autora la que comentase que, mientras la redactaba, tenía bien presente esa extraordinaria película. Sin embargo, el argumento de la novela tiene solo lejanos puntos de conexión con ella. En donde coincide es en esa atmósfera ominosa, en el ambiente aldeano, en el peor sentido, el que presupone la existencia de seres rudos, suspicaces, insensibles y prejuiciados.

La historia de la protagonista, Nat, esa joven que se refugia de su pasado en una pedanía, bien llamada La Escapa, en una de sus casas diseminadas, nos produce desde un primer momento una sensación de misterio y de intriga que ayuda al interés de un lector al que no se le dan más que las escuetas pistas de lo visible, unos rasgos suficientes para hacernos idea de la muy bien definida configuración de unos personajes, pero insuficientes para que los podamos juzgar, a no ser con una irresponsable temeridad, con la negligencia de aplicar una parcial ignorancia. Y ello no es por falta de minuciosidad en la descripción psicológica, que se desarrolla siempre a partir de lo concreto, más que por las ocultadoras palabras, por los gestos. No se incide en el aspecto moralizante, sino en una visión que nunca puede ser del todo neutra pero sí al menos liberada de cualquier énfasis distorsionador. Ello conlleva la existencia de unas zonas oscuras en cada personaje, que a veces acaban desvelándose en parte, pero otras solo las intentaremos adivinar.

Hay decisiones que no se comprenden muy bien, que parecen a priori censurables, igual que nos sucede en la vida. Estamos ante una contemplación, aguda, perspicaz, que capta la mezquindad, los malentendidos, las pulsiones y los traumas, que denuncia la humana animalidad como barrunta el influjo de un mal hombre en un perro. Simpatizamos con el carácter vulnerable de la protagonista, pero es difícil seguirla por sus reacciones inesperadas. Y asistimos, frustrados, a alguna esquivada correspondencia. Entre tantos habitantes como Nat percibe, siendo cada uno de ellos, en diverso grado y de forma distinta, integrante de la adversidad que la ha recibido, hay uno, Píter, que es el hombre más amable, más civilizado, con quien desearíamos que ella iniciase una relación, pero es a otro, Andreas “el alemán”, tosco, hermético y desconsiderado, a quien se entrega.

Uno preferiría no conocer las explicaciones que da la autora en alguna entrevista, pues así mantiene en sí mismo el ejercicio de aquilatar esa ambigüedad que ella busca. Al menos, ha sido después de leer el libro cuando las he escuchado. Para Sara Mesa, el que esa chica desorientada se tire en los brazos del hombre que la ha humillado, y que nunca le podrá procurar una cálida comunicación, se debería al despecho de que el tal Píter no intentara seducirla, sino tan solo mantener una cordial amistad. Ella incluso llega a sospechar en él una posible homosexualidad, pero parece más una coartada psicológica que una verosimilitud. En La Vanguardia comenta: “Hay una manera de entender el mundo en torno al sexo, y al poder que las mujeres pueden tener con el sexo, que es totalmente perniciosa para nosotras, pero en la cual hemos sido educadas. Ella no es una víctima limpia, inocente, en realidad asume parte de su rol, hasta que todo eso estalla”.

La novela indaga en la fibra interior de los personajes, en lo que la reveladora luz del paisaje rural permite observar. La incertidumbre sobre la magnitud de las amenazas nos empuja a seguir por el aventurado recorrido que nos propone la lectura. Nos movemos por la incógnita sobre hasta dónde puede llegar una mente alterada por la cerrazón. Pero la misma protagonista, la advenediza en ese mundo aparte, también plantea muchas cuestiones. ¿Por qué se ha ido a vivir allí? ¿Por qué se relaciona con “el alemán”? Son preguntas que se las puede hacer el lector desde una actitud comprensiva, a partir de unos indicios incompletos, pero que la mayoría de los personajes que envuelven a esa joven, se las hacen desde la sospecha, la acusación, la inflexibilidad.

Un amor nos acompaña con su cadencia minuciosa, con el exquisito detalle de cada momento, la atrevida mirada que no espera de nosotros que respondamos desde una determinada posición. Más bien, lo que busca es descolocarnos, plantear cuestiones que resultan difíciles si nos atrevemos a aplicar la honestidad, si nos apartamos durante sus páginas de nuestra tentación arbitraria. @mundiario

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