Los abismos de la mente en El peligro de estar cuerda, de Rosa Montero

Portada del último libro de Rosa Montero y retrato de esta autora
Portada del último libro de Rosa Montero y retrato de esta autora

De una manera envolvente, enormemente fluida, con un tono coloquial, nos lleva a través de un paisaje cambiante, de una diversa mirada que pretende ser exhaustiva y lo consigue.

Los abismos de la mente en El peligro de estar cuerda, de Rosa Montero

Con El peligro de estar cuerda, Rosa Montero vuelve a ese género híbrido, mezcla de lo biográfico, lo confesional, lo ensayístico y lo divulgativo. De una manera envolvente, enormemente fluida, con un tono coloquial, nos lleva a través de un paisaje cambiante, de una diversa mirada que pretende ser exhaustiva y lo consigue, dejándonos bastante saciados en cuanto a los contenidos que toca, aunque también deseosos de acceder a los libros de los que se ha nutrido y nos recomienda.

Cuando apareció el libro, pensé que estábamos ante un nuevo acaparamiento de datos biográficos de los que constituyen la base para los estudios sobre la relación entre la locura y la creatividad —y más allá de esta, la genialidad—, pero al sumergirme en sus páginas hallé —¿cómo pude haberlo dudado? — mucho más; en realidad, una reflexión profunda sobre temas gravemente existenciales. Y es que, junto a esa base que explora las diferentes problemáticas mentales que, en distinta medida, ha padecido una gran mayoría de los escritores más relevantes, hay un recorrido por los diferentes prismas de una cuestión esencial, la de la lucha contra un siempre amenazante vacío succionador, contra ese abismo que—según decía Nietzsche— nos devuelve la mirada.

Rosa Montero nos lleva de la mano, nos anticipa argumentos, y al final de todo nos informa de cómo ha culminado la tarea de hilvanar un gran compendio de datos, de experiencias propias y de las correspondientes reflexiones propiciadas. No le importa incluir las confesiones íntimas que puedan ilustrar el tema del que está hablando, sus crisis de pánico cuando joven, sus migrañas hasta los cincuenta y cinco años, sus manías, su fuerte tendencia imaginativa, sus pertinaces ensoñaciones. Se considera a sí misma perteneciente a ese 15% de PAS —personas altamente sensibles— que suele ser un rasgo común de las mentes creativas. La descripción de esa peculiaridad, la reconoce como un retrato robot del artista: mala memoria, tendencia a los desequilibrios mentales, hipersensibilidad a las críticas.

La autora hace hincapié en que los escritores tienen un cincuenta por ciento más de posibilidades de suicidarse que la población general. Y refiere los casos de numerosos suicidas, extendiéndose particularmente en el de Silvia Plath. Supongo que esta estadística no presupone que el riesgo se deba a la actividad —que la autora resalta como extremadamente placentera, incluso curativa— sino a que el escritor lo es, a menudo, por padecer previamente desarreglos mentales para cuyo aplacamiento esa vocación a veces no es suficiente. El título del libro lo toma de un verso de la poeta Emily Dickinson, mujer que vivió en la extravagancia de no salir de su cuarto durante muchos años. Como les ha pasado a otros autores, a Rosa Montero le da miedo perder esa pequeña locura de la que es consciente y que nada tiene que ver con la más devastadora, de la que nunca estamos completamente a salvo: “Estar loco es, sobre todo, estar solo. Pero estoy hablando de una soledad descomunal, de algo que no se parece en absoluto a lo que entendemos cuando decimos la palabra soledad”. Y es que las novelas contribuyen a controlar la desazón existencial: “Son una pequeña isla de significado en el mar del desorden”. Pero aún es mejor escribirlas que leerlas, porque: “Escribir es jugar con un juguete enorme”. Ella teme curarse, volverse demasiado racional, controladora de lo que está creando. Recuerdo una frase de Ernesto Sabato: “Querían hacerme psicoanálisis y, comprendiendo que podía ser eficaz, precisamente por eso no me lo quise hacer”.

Si para Camus el suicidio era el único problema filosófico, verdaderamente serio, a considerar; para Rosa Montero, de otra manera menos concernida, la atracción que pueda sentirse por esa trágica salida es un clarificador barómetro de la relación que mantenemos con nuestra existencia. Ella sabe que amar la vida no es un seguro de que se va a poder con ella, con su abrumadora y, a menudo, negra presencia. Cuando en uno de los capítulos, habla de esas vistas que fotografía desde las ventanas de los hoteles a donde acude para sus conferencias, afirma: “La vida también es un patio sórdido tapado por una malla sucia y rota”. Pero se empeña en sostener firmemente sus defensas. Es consciente de los peligros. Sabe que querer vivir a veces no es bastante, y vuelve repetidamente sobre la frase que Silvia Plath le dejó al vecino, la noche antes de suicidarse: “No quiero morir, hay tantas cosas que quiero hacer”. Me parece magnífica esa imagen de la discoteca desolada a la mañana siguiente, esa aparición de lo sórdido, lo desangelado e incluso terrible, tras los vivificantes deslumbramientos: “¿Has visto por casualidad alguna vez de día una discoteca en la que en la noche anterior te lo has estado pasando genial? En la oscuridad, con las luces estroboscópicas y los neones y los metales brillando bajo los focos, con la música retumbando… […] Pero, ay, pongamos que te has olvidado las gafas y que regresas a la maña siguiente a recogerlas, una bombilla mortecina ilumina el espacio raído, mortecino y mísero… La existencia es una discoteca barata vista a la luz del día”.

Cada vez que tropieza con la evidencia de una oscura y contundente amenaza, inmediatamente reacciona con un argumento implacable: “Si no hay una creencia religiosa a la que agarrarse, la existencia, bien mirada, es un absurdo. Y entonces te preguntas. ¿Por qué continuar con todo esto?  Yo tengo una respuesta a todo esto: porque la vida se regocija en seguir viviendo”. En realidad, quien se quita la vida ha sido quien más ha esperado de ella: “El suicida es un yonqui de la intensidad al que de repente se le apaga la luz, una persona a la que le es difícil relacionarse con la realidad porque a menudo la percibe como un decorado”.  Y es a que muchos de los escritores los define como “amantes de lo absoluto”. Lo que es estar muy cerca del precipicio, porque, como dice Camus: “Justamente, por esa aguda necesidad de sentirse siempre incendiados, conocen muy bien la oscuridad”. Algunos han buscado ese fervor mediante las drogas: “Entiendo lo que los llevaba al alcohol, lo hemos dicho al principio: aumenta la emocionalidad, potencia la desinhibición, amordaza al yo controlador. …Pero la bebida es una musa maligna y traicionera…” Es más seguro esperar el satori, el sentimiento oceánico, que dice la autora haber conocido alguna vez.

Desde su experiencia propia, Rosa cree, como Claire Legendre, que “hay dos formas de darle un sentido a su vida o de hacerle creer que lo tiene, amar a alguien y escribir libros”. Entonces, le puedes hasta robar unas chispas a la eternidad: “Se consigue con los estallidos de la pasión amorosa; y también cuando escribes, es decir, cuando escribes bien, cuando escribes mejor de lo que sabes escribir. Cuando bailas con las palabras”. Dedica unas cuantas páginas a las euforias de la escritura y no tanto a su reverso, al padecimiento que puede significar tocar algunos temas como heridas abiertas, o a la ansiedad por alcanzar el texto soñado, el dolor de revisar unas páginas escritas con entusiasmo y considerarlas del todo fallidas.

Aunque la autora no elude nunca las consideraciones más oscuras, su intención es siempre combativa, lo que se traduce en un esforzado optimismo. De esta manera se dirige al posible suicida que la pudiera estar leyendo: “Escucha: si alguna vez sientes que avanza el amok, si la lava se acerca con su aliento de fuego, piensa que este que ahora eres no eres tú”. Claro que tal vez el suicida, por esas palabras salvado, podría revolverse, a la vuelta de la esquina, podría reprochar a esa buena voluntad la prolongación de un insoportable dolor. Pero hay que intentarlo. También con los deudos: “Quiero decir que no creo que debamos añadir un tormento de culpabilidades fantasmales a la pura y sagrada pena de la desaparición del ser querido”.

“Siempre he pensado que escribo, entre otras razones, para intentar perderle el miedo a la muerte”. Pero, antes de ese final, viene la vejez: “Ahora bien, si no te suicidas, y si tienes la suerte de fallecer joven, entonces te queda por delante el horizonte de hondo decaer, de un envejecimiento más o menos prolongado, más o menos cruel, ridículo y penoso”.  Y Rosa, ya acorralada por tanta adversidad como ofrece la existencia, exclama: “La vida tiene bemoles”.

Coincido con esta reflexión: “Con veinte años no podía entender cómo los viejos podían moverse tan tranquilamente, sabiendo que les quedaba tan poco de vida”. En lo que confiaba yo era en que la mente del anciano generase una protección, una inconsciencia basada en la imposibilidad de concebir enteramente el concepto de finitud en nosotros mismos. Parece que, de algún modo es así, y que, salvo una minoría de casos —recuerdo el de Susan Sontag que relataba su hijo—, el moribundo agradece al fin la falta de energía que en los últimos años había sentido como merma y que ahora acude en su salvación, invitándolo a deponer sus armas, renunciando al conflicto. Rosa pone de ejemplo deseable a su padre, que “falleció a los ochenta y cuatro años sin mostrar ningún miedo, con una lucidez y una entereza sobrehumanas, la mejor muerte que he visto: No llores, hija mía, que estoy muy feliz, todo está saliendo como yo quería”. También tiene palabras para su madre, para esa otra vida cumplida: “Esa madre longeva, graciosa, independiente, generosa y estoica que jamás se quejó y que pasó por el mundo como un brillante cometa”.

Montero se declara atea: “Soy una completa y convencida incrédula”, pero intuye “que hay algo más allá de este pequeño y molesto yo que nos aprisiona”. Para intentar validar esa intuición se acerca a la neurobiología en busca de respuestas a las más osadas preguntas que uno puede hacerse sobre la vida, pero, de momento, solo hay un deseo basado en escuetas evidencias: “Escucha bien lo que te digo y ten esperanza: puede que en realidad el tránsito final sea así de sencillo, así de fácil; bastaría con lograr acompasar la muerte al ritmo colectivo. Quiero morir bailando, igual que escribo”. Su conclusión es: “La vida es un sueño diminuto, un espejismo de luz en una eternidad de oscuridades. Y eso es nada, y es todo”. Y con ella cierra un libro redondo, intenso, sustancioso, próximo, lleno de numerosos comentarios con los que nos podemos identificar o que pueden abrir nuestra mente a interesantes e infinitos diálogos, a complementarias aportaciones a la reflexión sobre el misterioso hecho de vivir.

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