Zelenski bajo presión: la encrucijada entre la paz, la cesión territorial y la dignidad nacional
El presidente de Ucrania está cercado por una oposición que exige resultados sobre las negociaciones con Rusia y las presiones de EE UU para que Kiev entregue Crimea y ceda los territorios ocupados por el Kremlin.
El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, se enfrenta en estos momentos a la que probablemente sea la etapa más compleja de su mandato. Cercado por una oposición que exige transparencia sobre el rumbo de las negociaciones de paz, y presionado desde Washington para que ceda territorio a Rusia como condición para alcanzar un cese de las hostilidades, el mandatario ucraniano camina sobre una cuerda floja entre la resistencia nacional y las imposiciones internacionales. En esta tensión reside una de las claves más determinantes para el futuro inmediato de Europa y el orden geopolítico mundial.
En el plano interno, Zelenski afronta una creciente desconfianza por parte del Parlamento ucraniano. La facción de Solidaridad Europea, liderada por el expresidente Petro Poroshenko, ha exigido la comparecencia urgente del presidente en la Rada Suprema para explicar los avances y objetivos de las negociaciones de paz, así como los detalles del controvertido acuerdo sobre minerales con EE UU.
El malestar parlamentario es evidente. Muchos diputados denuncian el hermetismo del proceso y señalan que la información más relevante sobre el destino del país no proviene del Gobierno ucraniano, sino de representantes extranjeros o de la prensa internacional.
“Los ucranianos deberían conocer el estado de las negociaciones por voz de su propio Gobierno, no a través de enviados estadounidenses”, criticó la diputada opositora Iryna Gerashchenko.
Trump y la “paz” a cambio de territorios
Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Donald Trump y su equipo han planteado una propuesta de paz que ha indignado tanto a Kiev como a numerosos analistas internacionales. El plan, escueto y rotundo, exige la entrega a Rusia del territorio actualmente ocupado —aproximadamente el 20 % del país—, la aceptación de la soberanía rusa sobre Crimea y la explotación compartida de infraestructuras como la central nuclear de Zaporiyia. Todo ello sin garantías de seguridad para Ucrania y con la promesa implícita de poner fin a la mediación estadounidense si Kiev se niega a aceptar estas condiciones.
Zelenski, que ha reiterado su negativa a reconocer la ocupación de Crimea y exige garantías vinculantes para cualquier acuerdo de paz, ha calificado estas exigencias de “capitulación”. Desde su perspectiva, Ucrania está dispuesta a negociar, pero no a rendirse. En palabras de la vice primera ministra Yulia Svyrydenko, “no habrá acuerdo que le dé a Rusia una base sólida para reagruparse y volver con más violencia”. “Si la membresía a la OTAN no es otorgada, Ucrania necesitará garantías de seguridad vinculantes, unas lo suficientemente robustas para disuadir futuras agresiones, y lo suficientemente claras para asegurar la paz duradera”, dijo la dirigente.
Paz congelada: la receta del Kremlin
La idea de “congelar” el conflicto en las actuales líneas del frente, defendida por el vicepresidente J. D. Vance y respaldada por el secretario de Estado Marco Rubio, resuena con fuerza en la política estadounidense. Pero este tipo de alto el fuego no es sino una estrategia conocida del Kremlin: ya lo hizo en Georgia, en Transnistria (Moldavia) y en Nagorno-Karabaj (entre Armenia y Azerbaiyán). Un conflicto congelado le permite a Moscú mantener su influencia, desgastar al rival y reactivar la violencia cuando le convenga.
Zelenski lo sabe. También lo sabe la oposición ucraniana, que puede criticar la falta de información o el estilo de liderazgo del presidente, pero que converge con él en un punto clave: no se puede legitimar la ocupación rusa a cambio de una supuesta paz que solo servirá para rearmar al invasor.
La reciente cumbre diplomática en Londres, que aspiraba a relanzar el proceso de paz, fue simbólicamente boicoteada por EE UU. La cancelación de la visita de Marco Rubio deslució un evento que ya se presentaba como poco ambicioso. El enviado especial estadounidense, el general retirado Keith Kellogg, asistió en su lugar, pero no logró avances tangibles. El plan de Trump, que debía ser avalado por Kiev para después ser presentado a Moscú, naufragó incluso antes de zarpar.
El dilema de Zelenski no es solo político, sino existencial. Ceder territorios sería una traición a la memoria de los miles de ucranianos que han muerto defendiendo su soberanía desde 2014. Aceptar el “plan Trump” sería institucionalizar la lógica del invasor y establecer un precedente internacional peligrosísimo: que se puede alterar fronteras por la fuerza y después sentarse a negociar desde una posición de ventaja militar. @mundiario